Paro global #M8: a ochenta años de “Una habitación propia” de Virginia Woolf

Paro global #M8: a ochenta años de “Una habitación propia” de Virginia Woolf

Hace ochenta años, en una serie de conferencias celebradas en Newnham College y Girton College, compiladas y publicadas para 1929, Virginia Woolf explicó que “Una mujer debe tener dinero y una habitación propia para poder escribir novelas; y esto, como veis, deja sin resolver el gran problema de la verdadera naturaleza de la novela [y la mujer]” que a mí entender es: el lugar de la mujer en el mundo. Quienes hayan leído, al menos una novela de Virginia Woolf, entenderán los porqués del título de la conferencia “Una habitación propia”. Quienes no han tenido la oportunidad de explorar su mundo literario, deben saber que en novelas como “La Señora Dalloway”, “Orlando” o “Las olas” el lugar de la mujer es siempre incierto, tambaleante, pero enraizado en una posición que no la define, pero si la cuestiona e interpela. En nuestro tiempo, posiblemente, estas reflexiones aparecen superadas, en la Inglaterra de las entreguerras mundiales, las palabras de Woolf resonaban a modo de confrontación, y como ella misma enunció al debatir su rol en el oficio literario “He faltado a mi deber de llegar a una conclusión a cerca de estas dos cuestiones, las mujeres y la novela […] en lo que a mí respecta, problema sin resolver. En las primeras hojas de “Una habitación propia” Virginia se encarga de describir el proceso de redacción de su discurso, que después recitaría en plazas académicas. En el texto hay sencillas pero ilustrativas imágenes de la confrontación entre mujeres y hombres que se conciben en distintas situaciones.
Virginia se encontró caminando presurosa por un cuadro de hierba al costado de la vereda y se cruzó con un hombre que preparaba, conforme se acercaba, gestos de indignación y horror dirigidos hacia ella [él era un badel y ella una mujer], todo se debía a que sólo los profesores destacados de los colegios universitarios y estudiantes con méritos recibidos podían pisar el césped; obviamente ella no pertenecía a ninguno de estos gremios. Por tanto, “al volver al sendero, cayeron los brazos del badel, su rostro recuperó [la] serenidad usual y, aunque el césped era más agradable al pie que la grava, el daño ocasionado no era mucho”. Esta imagen literaria me provoca más de lo que me gustaría, ¿las mujeres hemos logrado caminar sobre el pasto sólo porque es más agradable al pie? o ¿las mujeres logramos posicionarnos fuera de la vereda sin que se nos señale con horror e indignación? Me gustaría responderme que sí, y escribir una nota en mi edición de “Una habitación propia” donde suscriba que el problema de la novela y la mujer está concluido, que en Virginia Woolf comenzó la discusión y terminó cuando miles leyeron sus novelas, mi pluma sigue esperando ese momento, pero al día de hoy, no llega.
He insisto, resulta casi irónico que a ochenta años del pronunciamiento de Woolf, la habitación que ocupamos como mujeres nos determina y constriñe, que sigamos reclamando una habitación propia. Con esto no niego los esfuerzos feministas que recorren la historia del siglo XX, lo que señalo son las razones simbólicas y culturales que siguen condicionando a las mujeres y que se reflejan en estadísticas del horror y la violencia contra nosotras, con las sutilezas y legitimaciones machistas de la vida cotidiana, de la vida laboral, de la propiedad de nuestra integridad, de nuestro cuerpo, de nuestro espacio, de nuestro albedrío. Sin embargo, y pese a todo, los bríos feministas siguen sumando, porque sin duda, una mujer necesita dinero y una habitación propia [palabras metafóricas] para posicionarse en el mundo. Y a ochenta años del mensajes de una escritora indispensable en la historia de la literatura mundial, en Latinoamérica, principalmente, surge el “Paro Global #M8” una movilización que demanda respuestas a la exigencia de #niunamenos (ni una menos), donde se propone una huelga en cada una de las ciudades, provincias o comunidades del mundo. Que se paren laborares, intercambios comerciales, que el mundo se pare porque existen países como México, donde cada cuatro horas una mujer es asesinada violentamente (INEGI, 2017). Sí, que el mundo cese porque no hay territorios seguros para las mujeres en América Latina y en otras latitudes, que a los políticos, diplomáticos y académicos les gusta llamar “el tercer mundo”. Desde principios del siglo pasado, Virginia Woolf se propuso pensarse fuera de la habitación compartida (la del almuerzo o costuras) que por ser mujer se le había asignado. Y me pregunto, ¿no es acaso esta habitación compartida la primera fase de violencia contra las mujeres?, ¿un lugar donde somos blanco de supresión?
Así, a ochenta años de “Una habitación propia” de Virginia Woolf repaso el final de su conferencia: “yo creo que si vivimos aproximadamente otro siglo, me refiero a la vida común, que es la vida verdadera, no a las pequeñas vidas separadas que vivimos como individuos, y si cada una de nosotras tiene quinientas libras al año y una habitación propia; si nos hemos acostumbrado a la libertad y tenemos el valor de escribir [llegaremos a entender el problema de la posición de la mujer en el mundo, pero] si nosotras no nos preparamos, no nos esforzamos […] esto no lo podemos esperar, porque es imposible. Pero yo sostengo que vendrá si trabajamos por [ello], y que hacer este trabajo, aún en la pobreza y oscuridad, merece la pena”.

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