Cuando la violencia es norma

Cuando la violencia es norma

La banda presidencial al pecho desprovista de todo el poder y control que le prometieron venía con ella, sentarse en la silla presidencial en medio de un arrebato digno del juego del panadero (o de las sillas) que divierte a los niños, fueron los mejores símbolo de que Felipe Calderón Hinojosa llegaba al máximo cargo de este país sin un ápice de respeto popular.

Frustrado quizá porque el “haiga sido como haiga sido” lograba colocarlo en la presidencia de la República pero esto no se traducía –como cualquiera hubiera pensado- en tener el poder real, Calderón encontró el pretexto para enfundarse en el verde olivo que le quedaba grande –como elocuentemente muestran las imágenes de la época- y para desplegar las fuerzas militares en el país.

En la búsqueda por legitimidad, se nos metió pues a una “guerra contra el narco”,  que ha dejado bañado de sangre al país.

Desde entonces, estados como Zacatecas en el que hace unos años las páginas de noticias policiacas se llenaban de incidentes de tráfico y esporádicos suicidios, ahora viven diariamente una, dos, tres, cuatro ejecuciones, muchas de ellas ocurridas en territorios que en otro momento se hubieran considerado seguros, como el Centro Histórico de la capital.

El lugar común entre las autoridades para intentar tranquilizar a la población por los índices de violencia que nos comparan con países en guerra como Siria, es decir que “se matan entre ellos”, o que el 90% de las víctimas de homicidios son gente que “andaba en malos pasos”.

Esto, además de ser falto de ético porque olvida que en un estado de derecho como el que gustan vanagloriar, el responsable de un delito es sometido a juicio donde se le establece una pena legal que cumplir, no se le ejecuta por ahí sin haber sido escuchado y sin posibilidades de defensa.

Por otro lado, con este argumento se omite también que esas víctimas de ejecuciones son hijos, hermanos, esposos, padres o gente querida de alguien, y que sea cual sea la circunstancia, sus muertes duelen y sus ausencias calan.

Sin embargo ante los reproches suelen decir que hay que cuidar bien las amistades, saber con quién nos juntamos, a qué fiestas asistimos, etcétera. Olvidan que en esta guerra los que caen no son los “malos” necesariamente, sino “los de abajo” de cualquiera de los bandos. Es decir, mueren los halcones y los sicarios menores; mueren los policías operativos y los trabajadores administrativos son secuestrados. Los altos mandos de unos y de otros están bien resguardados tras sus escritorios o sus escoltas.

Se exponen a la violencia los “simples mortales” cuyo pecado es tener por vecino a un narcomenudista, un halcón, un traficante o cualquier trabajador de la delincuencia organizada. En cambio los que comparten el club y el restaurante de lujo con el lavador de dinero piensa que la violencia es parte de una realidad que le es ajena.

Pero además, el falaz argumento del “se matan entre ellos”, se desmorona si aunado a eso se analizan las estadísticas de los delitos del fuero común. Zacatecas ha visto crecer las cifras de robos y asaltos en los últimos años de forma paralela al aumento de las ejecuciones. Los secuestros, ese delito que antes nos parecía tan lejano, un problema de ricos que aquejaba a los millonarios o clases altas y medias altas de las grandes ciudades, hoy es el temor de pequeños comerciantes, profesores y ciudadanos de todos los niveles socioeconómicos.

Incluso las estadísticas del feminicidio se incrementan con la cotidianidad de la violencia. Así se deduce del estudio La Violencia Feminicida En México, Aproximaciones Y Tendencias 1985-2014 en el que Zacatecas está en quinto y sexto lugar en este delito en 2012 y 2013, años en los que la violencia en general aumentó en la entidad, mientras que en el año 2000 estábamos orgullosamente en el último lugar de la incidencia de feminicidios.

La caída del mito de que el Ejército Mexicano y más recientemente de la Marina Armada eran fuerzas invencibles capaces de mantener el control en las situaciones más complicadas nos ha dejado sin tener a quién recurrir si es que respetamos la soberanía del país. Ha desmitificado el poder de la fuerza del estado que ahora es rebasada por cualquier delincuente menor.

La normalización de la violencia ha provocado que en casos como el de ayer en Fresnillo, en el que un hombre fue asesinado en un campo de futbol enfrente de cientos de personas entre ellos niños, sea sólo tema de conversación por unos días.

En el vídeo de ese momento que circula en redes sociales nada es más preocupante que la indiferencia con el que un niño de cerca de diez años sigue brincoteando y jugando mientras un hombre herido de bala agoniza frente a él. ¿Qué puede pedírsele si no conoce otra realidad? ¿Qué esperar de su vida adulta si seguimos en el camino por el que actualmente transitamos?

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