Cinismo monumental

Cinismo monumental

Nos habían dicho que la cristiandad había muerto, es decir, la forma de cristianismo sostenida por las fuerzas del Estado: la alianza orgánica entre el cristianismo y el poder temporal. Sin embargo, ahora observamos una versión inactual de este. La promoción de la imagen de la virgen de Guadalupe y una cruz gigante por el poder político de los gobernantes en turno. Una imagen monumental no es cualquier cosa. La pregunta es, al edificar una meta estructura religiosa, ¿qué cosa están edificando?

Hay, al menos, dos versiones de la virgen en la cristiandad. Una, la que se simbolizó como reina, que aparecía vestida y ataviada como las reinas europeas del final de la edad media. Eran imágenes que identificaban a la madre de Dios con las damas del poder monárquico, que refleja el ideal de los poderes sociales conservadores: los ideales del orden jerárquico como orden sagrado. La virgen es la que ayuda a la resignación: se le piden fuerzas para aceptar el destino. Esta virgen es sinónimo de resignación. Fuerzas divinas para soportar y aceptar las tribulaciones del mundo. En la religiosidad barroca, se destaca la referencia a “los desterrados hijos de Eva (…) gimiendo y llorando en este valle de lágrimas”. En la religiosidad barroca de la virgen-reina, el rosario es el vehículo para hacer efectiva la resignación en un mundo que nos hace sufrir. Y el dolor, en este contexto, tiene valor salvífico.

Muy otra es la virgen que sirvió como estandarte de la independencia en manos del cura Hidalgo. Una virgen liberadora, acorde a las palabras de Lucas: “destrona a los poderosos y enaltece a los humildes”. Una virgen del contrapoder: despojada de ropajes nobles y ataviada como una pobre mujer del pueblo. Una María liberadora con la piel del color de la tierra y animando a salir de la esclavitud. Lo contrario a la resignación: no rezar para soportar y aguantar y llorar; sino orar para tomar valor y hacer de la justicia una realidad. No fue casual que fuera el estandarte del cura de Dolores. A Hidalgo lo persiguió hasta matarlo no sólo el poder del Estado, sino la propia jerarquía clerical, que lo declaró “mil veces maldito”. Esa María liberadora enalteció al pueblo pobre que se rebeló contra el poder colonial y no se resignó a llorar su destino en una esquina del templo.

Así las cosas, podemos volver a preguntar, ¿qué virgen están edificando? La respuesta amerita otra pregunta, ¿quién y por qué la edifican? Es una virgen atada a las intenciones del poder político y los mercaderes (del turismo). Y de una iglesia acomodada a estas intenciones. Esto es, un símbolo mariano dentro de una neo-cristiandad. Y con agravante: millones de pesos edificados sobre la colonia más pobre del estado. Y objetivada como un instrumento de comercio. Esto es, no sólo los argumentos del Estado Laico, o el gigantesco absurdo presupuestal (más grande que la virgen gigante) sino los propios argumentos de autenticidad del símbolo que pretender construir, descalifica el proyecto. Por donde se le vea, es una gigantesca mentecatez disparatada y una desproporcionada necedad. Del mismo tamaño de la monstruosa insensatez gubernamental. Oremos: virgen de Guadalupe, Santo Niño de Atocha, sálvenos de estos gobernantes.

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