La perpetuación del caos

La perpetuación del caos

A Doris Lessing parece molestarle que no la entiendan, o al menos, que no enfaticen sus lectores lo que ella encuentra más valioso en sus obras. Posición absurda, si las hay, porque eso remite al campo de los medios que los lectores tienen de recibir la obra: comprender una obra es, de acuerdo a la estética de la recepción, decodificar el lector implícito del texto, lo que a su vez remite al problema de la univocidad de la recepción. Toda obra literaria tiene un público en particular, lo que significa que el autor codifica ciertos límites y restricciones en la narración, dando forma a un universo estético que algunos lectores encontrarán satisfactorio y otros no. Obvio que los lectores que comulguen con el universo estético de la obra la frecuentaran, y harán de sus personajes elementos de un diálogo constante. Si los lectores consideran el universo estético de cierta obra un dislate, un asco o una acumulación de deseos impuros no la frecuentaran, ni siquiera terminarán de leerla y pretenderán que no es literatura. Lessing nos ofrece, sin embargo, una racionalización de su artera posición. En la introducción a la sexta reimpresión de 1977 de “The Golden Notebook” por Bantam Books (un libro sobre la liberación de la mujer que enojó a muchas feministas, y no sólo porque Lessing escribió: “…el mundo está siendo sacudido hacia un nuevo patrón debido a los cataclismos que estamos atravesando, quizá para cuando todo haya pasado, si acaso pasa, los objetivos de la liberación de la mujer lucirán pequeños y pintorescos”, p.ix.) podemos leer la siguiente gema del breviario anarquista de la educación:

“Estás inmerso en un proceso de adoctrinamiento. No hemos logrado, no sabemos cómo, desarrollar un sistema educativo que no sea doctrinario. Lo sentimos, pero es lo mejor que podemos hacer. La enseñanza que te ofrecemos es una amalgama de prejuicios vulgares y elecciones arbitrarias atinentes a la cultura en particular en la que vives. Pero un ligero vistazo a la historia mostrará lo transitorio, parroquial y limitado de esas elecciones. La gente que te educará es gente que se ha adaptado al sistema y que supedita su pensamiento a las enseñanzas de sus predecesores. Es, como cualquier sistema, un sistema que se auto-perpetúa. Notarás con el tiempo que aquellos de ustedes que sean más fuertes e individualistas serán invitados a abandonar el sistema para que busquen por si mismos los medios de su educación, desarrollando un juicio personal sobre el mundo. Verás también como los que permanecen en el sistema serán moldeados para encajar en los estrechos criterios y particulares necesidades de la sociedad en la que viven”, p. xvii.

Todo para explicarse a sí misma, y a nosotros, porque los críticos que la leyeron no supieron decodificar su mensaje. Si los críticos no pueden decodificar el mensaje es porque no tienen un pensamiento libre, sino uno moldeado por normas ya caducas que se perpetúan. Por supuesto, los escépticos de la educación institucionalizada la ven como algo incorregible, mientras los adalides de la perpetuación de la sociedad en la que vivimos, infectados del modernismo del progreso, la conceptualizan como algo por realizar, siempre en marcha y corregible. Lessing, ¡por suerte!, escapó del sistema educativo a los catorce años, por lo que pudo recomendarnos que:

“Sólo hay una manera de leer, que consiste en vagar por librerías y bibliotecas, tomando los libros que te atraigan y leer únicamente esos, dejando de lado los que resulten aburridos y omitiendo lo que parezca trivial. Y nunca leer algo por obligación o porque es parte de una tendencia o movimiento. Recordando que los libros que te aburrían a los veinte o treinta años abrirán nuevos mundos para ti a los cuarenta o cincuenta”, p. xviii

Es claro el mensaje: el sistema completo de la educación y producción de conocimiento literario es inútil. Pero atrevámonos a más: la estructura de la educación presente debe ser desmontada si queremos lograr algo como la búsqueda de la verdad, no del reconocimiento, del prestigio o del poder. Hay un obstáculo, sin embargo, percibido por O. Veblen en la sociedad en su conjunto pero que está mejor dicho por Henry Miller: “Querer cambiar la condición de las cosas me parecía fútil; nada podría ser cambiado, estaba convencido, excepto por un cambio en el corazón de los hombres. ¿Y quién podría cambiarlo?”. Los seres humanos no son ni individual o colectivamente racionales, pese a los modelos neoclásicos o la dialéctica marxista, lo que buscan no responde a objetivos definidos o planes claros, sino a la erupción de sentimientos encontrados. Por eso es que rara vez buscan el bienestar colectivo, y más raramente aún se decantan por análisis detallados de problemas complejos. Prefieren ir construyendo, o destruyendo, como lo dicte la circunstancia. Esto mismo acontece cotidianamente en el sistema de partidos de las democracias representativas, construido para darle cauce a las decisiones de una sociedad cada vez más caótica e inmanejable. Pero la creencia aquí, esa sí ciega y derivada del ambiente político mismo, es que las cosas pueden cambiar sin alterar radicalmente la organización social. Lo que se auto-perpetuará en este caso es el desastre en el que estamos viviendo. ■

 

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