El crecimiento de la desigualdad es inherente al neoliberalismo

El crecimiento de la desigualdad es inherente al neoliberalismo

James K. Galbraith, uno de los economistas norteamericanos más agudos y relevantes del momento, quien fuera asesor de Yanis Varoufaquis, ex secretario de economía en el gobierno de Syriza en Grecia, estuvo en Zacatecas el viernes pasado en la Unidad Académica en Estudios del Desarrollo de la UAZ, para ofrecer una conferencia sobre el incremento de la desigualdad en el mundo y su relación causal con el dominio del capital financiero global, en que analizó el fenómeno desde 1963 al año 2008, en 149 países. Sus referencias estadísticas, y sus conclusiones más relevantes son consistentes con otros estudios publicados sobre el tema: La riqueza acumulada en conjunto por la mitad de la población global es equivalente a la de los ocho hombres más ricos del planeta, y está comprobado que el dogma neoliberal produce una desigualdad creciente. Por su parte los especialistas de Oxfam han denunciado que los grandes corporativos del planeta están esquivando el pago de impuestos, reduciendo los salarios de sus trabajadores y los precios pagados a los productores para invertirlos en sus negocios y elevar sus ganancias, con lo cual han logrado maximizar los rendimientos de las empresas a costa de los salarios de sus trabajadores, y con ello han propiciado una brecha mayor en la desigualdad mundial, argumentan que “entre 1988 y el 2011, los ingresos del 1% más rico del mundo se han incrementado 182 veces más que los recursos que ha logrado acumular el 10% más pobre de la población global”.

Oxfam refiere que las grandes empresas están reduciendo al mínimo los costos de la mano de obra en todo el mundo, impidiendo que los trabajadores y productores de sus cadenas de suministro se beneficien del crecimiento económico, lo cual incrementa la desigualdad y ahoga la demanda y el incremento de los empleos formales; las grandes empresas también han optado por un modelo de maximización de sus beneficios a costa de pagar la menor cantidad de impuestos posible, utilizando paraísos fiscales, sacando provecho de tasas impositivas cada vez más bajas o logrando que los países compitan agresivamente entre sí para ofrecerles privilegios fiscales, lo que ha debilitado la capacidad de los estados para garantizar los derechos sociales de sus poblaciones.

En lo que a México se refiere, el 1% más acaudalado de la población posee la tercera parte de la riqueza nacional y el 10% las dos terceras partes de los activos totales. Sin embargo, pese a estos niveles de desigualdad, en el país no hay un impuesto específico sobre el patrimonio o las herencias, según se indica en el estudio “La distribución y desigualdad de los activos financieros y no financieros en México”, elaborado por el profesor-investigador Miguel Del Castillo Negrete para la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). Si el monto total de activos se distribuye de manera equitativa entre los mexicanos, cada uno de ellos tendría un patrimonio –según el mismo investigador- ligeramente inferior al millón de pesos (56,300 dólares), una cantidad “más que suficiente” para que tuvieran una vida holgada.

Al respecto, el investigador Gerardo Esquivel ha advertido que, en las últimas décadas, México ha experimentado un crecimiento de la desigualdad extrema mientras la economía se ha estancado. El crecimiento económico es magro, los salarios promedios no crecen, la pobreza persiste, pero la fortuna de unos cuantos sigue expandiéndose. Revela que nuestro país está inmerso en un círculo vicioso de desigualdad, falta de crecimiento económico y pobreza. Siendo la decimocuarta economía del mundo, hay 53.3 millones de personas viviendo en la pobreza. Mientras el PIB por persona crece a menos del 1 % anual, la fortuna de los 16 mexicanos más ricos se multiplica por cinco. Las personas más afectadas por esto son las personas más pobres. La desigualdad limita el desarrollo del capital físico, social y humano necesario para mejorar las condiciones de vida y el bienestar de las personas. En su reporte, los analistas de Oxfam Internacional destacan que esta desigualdad creciente ha incrementado la delincuencia y la inseguridad; enfatizan que socava la lucha contra la pobreza y hace que cada vez más personas vivan con más miedo y menos esperanza. Señalan que se debe prestar más atención a la desigualdad de la riqueza y a sus implicaciones sobre la concepción de justicia, la democracia y la estabilidad social.

Por lo tanto, combatir la desigualdad para reducir la pobreza es una tarea que nos implica a todos y nos beneficia a todos. Es hora de cambiar las reglas del juego, tanto económicas como políticas, que benefician a unos cuantos, afirma Oxfam México, pues tiene la confianza de que la desigualdad se puede revertir a partir de la colaboración entre actores políticos, sociedad civil y sector privado. México necesita un Estado que trabaje para los muchos y no para los pocos, en donde se gaste con sentido en educación, salud y servicios básicos. Que impulse políticas para que las personas no trabajen para seguir siendo pobres, para que paguen más los que más tienen y para hacer un Estado más transparente. Reducir la desigualdad en México es condición indispensable para garantizar el futuro de todos, y ello no ocurrirá si los mexicanos no somos capaces de derrotar con votos al grupo neoliberal que mantiene el poder nacional desde 1982. n

 

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