Otra colección de muerte y posible coincidencia

Otra colección de muerte y posible coincidencia
Andrea Reyes. De la exposición "Por la paz, contra la violencia y el olvido", del Taller Central de Grabado, a inaugurarse el lunes 25 en el Teatro Calderón.

La Gualdra 310 / #FuerzaMéxico

 

Heredó de sus padres una deuda inmensa: mira, el refri con tres cajas de leche casi vacías, caducas, lo mira de momento, como que de su corazón sólo sabía llenarse las grietas de humo y de páramo. Cada vez que cierres los ojos, el mundo ecándose, se tambalea, se derrumba… oíamos… oíamos todos…

Atolondrado, ya nostálgico.

Vista de cuatro-lentes, de a 360°: con dos de sus amigos hablando de arte contemporáneo, subiendo desde un tanque de gas a la parte más alta del edificio, llegan, vienen para saber saciarse uno del otro. Berenice se reseca la lengua con una de esas luciérnagas de tabaco que enciende con tres fracasados intentos y entonces practica volutas de ensueño-largo-e-imposible-de-inocencia-corta-e-intrépida-ignorancia-de-joven-muy-joven-carácter. Mientras Laurencio se mide la mecha del poema tigresco (de un tal Jorge, que últimamente es el artista amateur del grupo), Alejandro, el de la herencia maldita, no duda en preguntarle sobre su último hallazgo y unos cuerpos salientes que se podían observar en su piel quemada, con los ojos amordazados en la luz que no se va, y no se fue nunca…

—Posiblemente, el problema está en que el chico tiene oído, pero no disciplina: sinceridad y una vida de gato callejero, corazón social y solidario, no tiene política en los zapatos. No, no tiene nada —dice, pero con voz de envidia, pero con su constante humo de asmático. Entonces las luces cambian. Se hace la noche, todos se percataron, porque las lechuzas de un completo blanco, en tropeles de a dos, van acechándose en el eco de las negras-nubes de una cima más allá de ellos, y todos, con los ojos cerrados, fingen seguir con la conversación.

—El problema es que no escucha mis consejos.

—Debemos tener calma, es un buen muchacho.

—Espera, ¿es mi imaginación o el mundo está tambaleándose?

 

***

El Alejandrito que de su Alejandría no se quita la imagen de letrado, conserva en el gusto un sabor a escombro, a arena en los cuerpos mojados; y es, si es que vale la pena mencionarlo, un borgiano minificcionista de mediopelo, renovador constante de su desgracia; se sirve la leche en un vaso que dice “feliz conmemorativo rulfiano FIL”, ya falta poco para que den las horas de absoluto silencio y se ponga sobre el teclado a fingir que escribe, a ser un héroe público, un detective sin inspiración; porque de nuevo le faltan dos melones de musa para ser o hacerse al contento, pero también le falta fuerza. Insultar no es mi estilo. Dice. Y borra media cuartilla de a doble espacio, casi nada. En su depa hay un ventanal que da al parque, de donde vienen los pájaros a chocar contra el vidrio, dejando una mancha de sangre y unas cuantas plumas; ha de ser zenzontle, un cao, se piensa, se queda aturdido y recuerda que debe darle de comer a su periquito: un verde macho alado: Edipo.

Un mensaje sale del teléfono: “estuve de visita en tu poblado, quería verte”, pero olvida que está ciego desde hace unos años y que nunca logró quitarse las piedras de encima.

 

***

Alejandro no recuerda haber tenido amigos. O no quiere recordarlo.

Alejandro es un bibliotecario de la central que apuesta su vida en reproducir palabras que solía escuchar de la boca de su abuela. 7:19 A.M. Hora del desayuno: la cuarta parte de una taza de leche y un pan obsequiado por doña Tere, una veterana no tan diferente a él. A esa hora no hay actividad; conversan de familia, de política, de abandono. Doña Teté es la viva imagen de su abuela. Su abuela era su madre. En pocas palabras, la cabellera blancuzca y los lentes de botella vidriosa dan el antojo de un chocolate caliente, o las ganas de mirar una película mexicana en blanco y negro.

Después de pasearse por los estantes, se detiene en la sección de obras primas de la ciudad, el libro polvoso parece estar empastado de malagana, es una crónica del 85; al abrir la pasta, los ojos de Alejandro se viran pa’ atrás, pues en el cuerpo del libro hay una frase de antaño “heredó de sus padres una deuda inmensa”. La situación empeora. Un recuerdo se le aviva de a montón entre él y su yo, entre su yo y él; un nosotros que pone la imagen suya, mía, la de: niño que juega a la guerra nuclear con piedritas en las azoteas, esperando a que anochezca y arrojarlas, para romper ventanas, para fingir serse un francotirador americano por diversión, para sacudir los cuerpos de árbol hasta la raíz, arrancarse el alma, agrietarse el grito, fisurarse el brazo. El cuarto donde está no es tan diferente al de hace unos años, por eso cierra los ojos. No es su historia ni son sus amigos, pues el techo solía ser de otro color. Es un alivio, pero…

Las siguientes horas serán: trabajo de orden, de limpieza; lo primero es cargar la roca que amputó la pierna izquierda de Teté. Así, se traga el coraje y decide sacarla antes de irse solo. Porque recuerda a sus amigos hablándose uno al otro sobre poesía en la sociedad; ahogados, después, por su propia sangre; eso sí, cerrar los ojos seguía siendo igual a un milagro.

 

***

A continuación, el armazón de una de sus colecciones en la cabeza por instrucción de su mano artesana —la que quiere olvidarse de toda ruina, a como dé lugar—, se acerca para levantar y oler la peste de la lactosa incrustada en las paredes del vaso, y recuerda.

El olor de Berenice y de Laurencio no es el humo de tabaco ni el polvo de los libros, sino humo y páramo. Nomás no alcanzó el tiempo pa’ decir adiós… con eso bastaba.

Duele más, por supuesto, una piedra en el pecho, como saber también, que va morirse uno, que va ahogarse y que alguien allá fuera, quizá, está pidiendo ayuda y repitiendo nombres.

Por eso Alejandro, tras haberse salvado en el 85, no quiso que nadie viniera por él. Aunque en su mínima conciencia viva, espera lo que todos esperan; en una corazonada inocente, se le salpicaron las lágrimas de poquísima esperanza y sobrevivencia. Había decidido. El lugar sabía a verdadera tierra; los dientes, si acaso, eran la forma de mencionar un gris-escombro. Por eso cuando cierra los ojos piensa en sus amigos; no cabía nada más entre sus párpados y era ésta su última respiración, o eso creía.

 

Porque a Alejandro, el recuerdo se le apaga y vuelve al vaso con leche. Llaman al teléfono y es Jorge, quien se comunica después de tantas horas. Eran las noticias, inacabables. Y el único de sus amigos residentes en la ciudad, el único sin abandono ni quebranto, padecía aún de todo eco en las azoteas y de toda la ceguera ante los barquinazos.

—¿Cómo estás, Jorge? Acabo de ver por la televisión lo del temblor, ¿estás bien?

 

*Mérida, 1997.

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_310

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