Aquel señor llamado Juan

Aquel señor llamado Juan

Hace días que vuelvo con insistencia a los libros de Emmanuel Carballo (1929-2014).

Al menos a dos de sus títulos, Diario público 1966-1968 y Párrafos para un libro que no publicaré nunca, apenas circulado este último por el editor semanas antes de la muerte del también autor de Protagonistas de la literatura mexicana y Protagonistas de la literatura hispanoamericana del siglo XX. Obras de referencia obligada, cada una de ellas, como ineludible resulta ahora evocar la tarea del mismo Carballo en la lectura de la literatura mexicana y en la promoción de espacios periodísticos para su divulgación.

Fue Carballo el primer lector de muchos de nuestros escritores, aun antes de conocerse públicamente y, en muchos casos, su propio editor. Como, pienso ahora en oportunidad del centenario del nacimiento de Juan Rulfo (1917-1986), fue también uno de los que mejor lo leyó y quien nos sigue invitando a leerlo. Esto sin desconocer la exigua pero prodigiosa obra del autor de El llano en llamas, Pedro Páramo y El gallo de oro, que desde su aparición a mediados de los cincuenta cautiva a todos.

Al margen de las recientes polémicas en torno a la difusión de la obra del escritor jalisciense y cuando cotidianamente se convierte en noticia, también del lado la impresión más personal acerca de su obra (todavía recuerdo el Pedro Páramo que me tocó leer, en la serie Letras Mexicanas del Fondo de Cultura Económica) y de la vastísima bibliografía rulfiana acumulada, vuelvo a Carballo.

Que sea él quien nos lleve a Rulfo.

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Designio. “A lo largo de su vida como escritor Juan Rulfo estuvo más próximo a las mieles que a las hieles del quehacer literario. Gozó y padeció los honores rendidos al creador de asombrosos y modificantes textos literarios…”.

Soledad. “Más que escritor se le consideró un fenómeno mítico: el hombre huraño, solitario, al margen de grupos y capillas, quien contra su voluntad (o a pesar de ella) escribió dos libros excepcionales y, se dijo, estuvo a punto de crear una tercera obra maestra, proyecto que se fue desbaratando conforme transcurrían los años y el escritor jalisciense continuaba hundido en un mutismo obstinado…”.

Eficacia. “No recuerdo, entre las de nuestros escritores del siglo XX, una carrera literaria más fulminante ni mejor cimentada que la suya: por encima, incluso de las de Octavio Paz y Carlos Fuentes, hábiles promotores de sus abundantes y excelentes libros. La fingida o verdadera humildad de Rulfo resultó a la larga más productiva que la jactancia de Paz y Fuentes, hecha con las mejores armas (ofensivas y defensivas) con que están dotados los escritores y artistas que luchan por el poder literario abierta y francamente…”.

Luto. “No recuerdo, tampoco, un duelo parecido al que produjo su muerte no sólo entre los escritores sino también entre los lectores e, incluso, entre el público cautivo de la televisión y la radio. No ocurrió así, pongo tres ejemplos, cuando murieron Alfonso Reyes, José Vasconcelos y Martín Luis Guzmán. Y no se puede sostener que Rulfo haya sido más grande y trascendente que los tres ateneístas: fue, simplemente, escritor de un momento distinto (el de la aldea global de McLuhan) de aquél en que vivieron y murieron nuestros tres grandes abuelos…”

Autocrítica. “Taciturno, de pocas palabras, inmerso en un mundo recurrente y contradicción, el de su infancia y madurez, implacable crítico de sí mismo, Rulfo fue un enigma en movimiento, un narrador terriblemente elemental y angustiosamente complicado…”.

País. “El México de Rulfo, a ratos, es alegre y vibrante como la infancia y triste y poco dado a la esperanza, casi siempre, como la madurez. Cuando el autor lo mira con ojos de niño es verde, jugoso y lleno de vida, y gris, reseco y presidido por la muerte cuando lo contempla con los ojos desencantados del adulto…”.

Sufrimiento. “Sus textos están escritos desde el punto de vista del hombre maduro, quien cuando no puede soportar más horrores y calamidades de la realidad cede por un momento la palabra a los recuerdos tiernos y emocionados del niño. Se pasa así del infierno atroz y sin salida a un purgatorio poco menos calamitoso pero que no tendrá fin. Sus criaturas, verdaderas almas en pena, nacieron y vivieron para sufrir, y seguirán sufriendo toda la vida…”.

Muerte. “Rulfo tuvo la suerte de morir en el momento en que su obra obtenía el beneplácito de los lectores y la crítica. Hoy […] sus libros no se han marchitado: están más vivos que en los años cincuenta, década en que aparecieron. Así como supo enmudecer a tiempo, también supo morir en el momento oportuno…”.

Final: sólo en voz de Carballo he escuchado referirse a Rulfo de la manera más natural y sincera posibles. No el maestro, el don, el diminutivo, el título o cualquier otro apelativo para vanagloriar al otro, eficaz manera de hacerlo a sí mismo.

Juan…, simplemente Juan

Aquel señor llamado Juan.

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Humildad y soberbia

“Juan José Arreola, Carlos Fuentes, Octavio Paz, Juan Rulfo y Alfonso Reyes… son los nombres más citados en Diario público 1966-1968: un apretado volumen de los escritos que Carballo publicó en esa etapa de su vida; muestras de ese júbilo con el que vivió siempre la literatura mexicana.

Interesado en saber la posible relación entre Reyes y Rulfo, Carballo se fue a la capilla Alfonsina de la Condesa (c. 1968) a escudriñar su imponente biblioteca. Aquí lo que descubrió: ´En la Alfonsina existen ejemplares de El llano en llamas y Pedro Páramo, pero ninguno de los dos está dedicado. Los escritores de la edad de Rulfo, e incluso mayores como Paz y caso todos los poetas de la generación de los Contemporáneos buscaron afanosamente la amistad de Reyes y le enviaban puntualmente cada uno de sus libros. Rulfo no lo hizo, imagino, por dos razones: por humildad y soberbia. Una y otra se complementan. Juan jugó con maestría a la modestia (y en cierto sentido, en lo que tenía de provinciano, era modesto) y escondió con impecable destreza su orgullo cósmico´”.

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Emmanuel Carballo, Diario Público 1966-1968, Conaculta, México, 2005, 566 pp.

* [email protected]

 

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