Urge la unidad de quienes aspiran a sustituir el neoliberalismo

Urge la unidad de quienes aspiran a sustituir el neoliberalismo

Desde 1982, los gobernantes neoliberales han aplicado un modelo económico que responde a su obsesión por la estabilidad macroeconómica, el equilibrio de las finanzas públicas, la desregulación de la banca, el libre comercio y las reformas estructurales. Diversos economistas han denominado al modelo resultante “estancamiento estabilizador”, la versión mexicana del modelo neoliberal.

A 20 días de que se realicen las elecciones de gobernador del importante Estado de México, y a casi un año de las elecciones de presidente de la república y de renovación del Congreso de la Unión, conviene hacer un balance muy sintético de su desempeño que sirva para definir el sentido del voto, recordando lo certero de la frase “Por sus obras los conoceréis”. En el balance de los seis sexenios, desde 1982, gobernados por neoliberales, predomina lo negativo: Un crecimiento económico mediocre, de 2%, que todavía puede bajar al 1% o menos; fuerte crecimiento de la deuda (33 a 50% del PIB) de manera que todo el IVA se va al pago de servicio de la deuda; grandes incrementos en gasto corriente y burocracia; la inversión, como porcentaje del PIB, más baja que en los años 50 con tasas negativas de crecimiento; la inversión en infraestructura, la más baja del continente; depreciación del peso en los últimos 10 años de alrededor del 50%, la mayor del mundo; un severo problema de pensiones a nivel federal, estatal y de las universidades; un Pemex desmantelado y quebrado.

México ha perdido competitividad y las exportaciones han perdido dinamismo. Como lo ha señalado Jaime Ros y otros especialistas, tenemos “un modelo de crecimiento sustentado en las exportaciones, que no genera crecimiento”, porque no hay cadenas de valor con la economía doméstica, hay poco contenido local, y el motor del consumo interno es todavía débil. Por falta de políticas compensatorias, el TLCAN ha generado dos países: los estados del norte de México, conectados con empresas multinacionales exportadoras, y el resto, sobre todo el sur, al borde del conflicto social. No hemos logrado cerrar la brecha de ingresos con Estados Unidos, como sí lo ha hecho la Unión Europea. Tenemos un país que se desindustrializa, con una estructura industrial desconectada entre grandes empresas prósperas y “changarros” de baja productividad. La política de ciencia y tecnología es un fracaso por el monto que se invierte (0.4% del PIB) y la escasa generación de patentes.

En resultados sociales: una mitad de la población en pobreza, una quinta parte en pobreza extrema, sin expectativas de cambiar. Uno de cada cinco jóvenes es “nini”, 23% más que el promedio de la OCDE. Los salarios reales no crecen desde los 80, y lo hacen en menor medida que la productividad. Como porcentaje del PIB, los salarios representaban el 40% en 1982, ahora sólo 28%. El capital, 72%. En los países industriales es al revés, los salarios son 65%. Somos de los países más desiguales, el 20% más rico detenta el 60%; el 20% más pobre, el 4%. Las instituciones de salud y seguridad social vienen subrogando al sector privado cada vez más servicios, lo que obliga a millones a incrementar su gasto en este rubro.

En ese contexto socioeconómico no hay porque sorprenderse de que estemos inmersos en un proceso de destrucción institucional y pérdida de control territorial por parte de quienes detentan las riendas del poder del estado, acercándonos peligrosamente a la condición de estado fallido. La desenfrenada corrupción corre pareja con la inseguridad y la violencia, que se ven empujadas por la vergonzosa impunidad en más del 90 % de los delitos. El anuncio de un organismo británico de que ocupamos el deshonroso segundo lugar entre los países más violentos del mundo, sólo después de Siria, con 23 mil víctimas de asesinatos dolosos durante el año 2016, entre ellas más de 40 periodistas y los 43 estudiantes de Ayotzinapa, así como activistas de derechos humanos, es sólo una expresión entre muchas en el plano internacional que perfilan la imagen de  México como un país inviable, sin ley, donde decenas de miles son víctimas de desaparición forzada, con un territorio lleno de fosas comunes y, lamentablemente, con un pueblo incapaz de sustituir a la élite gobernante.

En este panorama es evidente que se requieren cambios de fondo, no cosméticos. Empezando por asumir y explicar el desolador panorama construido en 35 años de neoliberalismo, sin dejarnos distraer con asuntos menores. Lo más grave es que estamos rezagados en el debate mundial y no percibimos las críticas cada vez más airadas a la aplicación de los dogmas neoliberales y sus resultados. Somos una sociedad pasmada por miedo al cambio, que no se da cuenta de que la permanencia en el poder de los ministros mexicanos del culto al “pensamiento único” (Meade, Carstens, Francisco Gil, etc.) es la causa de las causas de nuestros problemas. El primer paso en la ruta del cambio debe ser la unificación de todos quienes entienden la grave situación y que, a escasos meses de iniciar el proceso electoral del 2018, todavía anteponen intereses muy menores ante el imperativo de actuar unidos para transformar el hartazgo en un cambio de conducta electoral de las mayorías populares. Las personas que se han formado en las izquierdas zacatecanas, y en todas y cada una de las entidades federativas, harían muy bien en poner manos a la obra para lograr el cambio electoral en cada demarcación territorial. Si no se unen ya, no lo lograrán.

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