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Despido de Comey, un ataque premeditado contra el sistema de EU

Despido de Comey, un ataque premeditado contra el sistema de EU

Nueva York. El inesperado y asombroso despido del director de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI) James Comey este martes dispuesto por el presidente Donald Trump detonó una tormenta política que ha generado comparaciones con el escándalo Watergate y advertencias de que está en riesgo el orden constitucional del país.

Hay sólo un precedente en la historia en que un presidente despida a un oficial que encabezaba una investigación contra la Casa Blanca: Richard Nixon, quien ordenó el cese de Archibald Cox, el fiscal especial que estaba a cargo de la investigación del escándalo conocido como Watergate, en octubre de 1973, orden que el procurador general y el subprocurador general de ese tiempo rehusaron acatar y renunciaron, marcando la etapa final de esa presidencia.

La FBI investiga interferencia rusa en las elecciones presidenciales de 2016, incluyendo si socios de la campaña de Trump estaban de alguna manera trabajando en coordinación con el gobierno de Vladimir Putin.

Es sólo la segunda vez en que un presidente cesa a un jefe de la FBI (Bill Clinton fue el primero cuando expulsó del cargo a William Sessions por violaciones éticas) en los 109 años de su existencia. Los directores de la FBI son nombrados al puesto para periodos de 10 años justo para mantener un grado de independencia del juego político.

La justificación oficial del cese inmediato de director de la FBI, escrito por el subprocurador general Rod Rosenstein se centra en la acusación de que había cometido serios errores en la forma en que realizó la investigación del año pasado sobre el manejo de los correos electrónicos de Hillary Clinton cuando fue secretaria de Estado, no convenció a casi nadie -ni los demócratas que acusan que eso les costó la elección y con otros recordando que Trump elogió a Comey por ese trabajo. Al contrario, solo nutrió sospechas de que la decisión de despedir a Comey se trataba de algo relacionado con su investigación sobre los vínculos de Trump y su equipo con el gobierno ruso.

Por lo tanto, durante las últimas 24 horas los ecos de Watergate, sobre todo el aspecto de un encubrimiento, han dominado el ámbito político.

Sólo 24 horas antes del despido dramático, la ex procuradora general en funciones Sally Yates confirmó ante un comité del Senado (uno de tres comités legislativos que investigan la interferencia rusa en las elecciones) que ella había informado al abogado de la Casa Blanca que el entonces asesor de Seguridad Nacional, Michael Flynn estaba mintiendo sobre sus conversaciones con diplomáticos rusos y que, por lo tanto, era vulnerable a un posible chantaje por los rusos. El ex director de Inteligencia Nacional, James Clapper, en la misma audiencia, había confirmado que la inteligencia británica ha compartido información sobre interacciones entre agentes rusos y asesores de Trump, el año pasado era verídico y contenía información “muy sensitiva”.

Por cierto, Comey justo había solicitado más recursos para esta investigación sólo en los últimos días, reportó este miércoles el New York Times. Pero Trump ya había solicitado a Sessions desde hace una semana de que buscara “alguna manera” de deshacerse de Comey, refirió Politico.

Sólo para que todo fuera aún más raro, en un día en que se intensificaba la especulación sobre si Trump buscaba frenar la investigación sobre el papel de los rusos en su elección, el presidente recibió este miércoles en la Casa Blanca al canciller ruso Sergey Lavrov y su embajador Sergey Kislyak cuyos contactos con el procurador general Jeff Sessions, Flynn y otros cercanos a Trump son parte de la investigación.

Pero hay más: Trump también este miércoles se reunió con Henry Kissinger, quien, entre otras cosas, fue el secretario de Estado y estratega de Nixon. Fue ahí -durante una sesión de fotos- que Trump respondió a una pregunta sobre por qué echó a Comey: “porque no estaba haciendo un buen trabajo”.

Ahora los demócratas, analistas, ex políticos de ambos partidos y juntas editoriales están exigiendo que se nombre a un fiscal especial independiente para encabezar la investigación sobre los vínculos de asociados de Trump con los rusos.

El líder de la minoría demócrata en el Senado, Chuck Schumer, declaró que la única manera de superar la sospecha de que el despido de Comey no fue “un encubrimiento” es con el nombramiento de una fiscal independiente. Eso fue compartido por casi todos los demócratas, pero rechazado de inmediato por el líder de la mayoría Mitch McConnell y poco después por el propio Trump.

La influyente senadora demócrata Elizabeth Warren afirmó que “no hay duda” de que Trump hizo esto para frenar la investigación. “Nunca desde Watergate han estado tan amenazados nuestros sistemas legales y tan sacudida la fe en la independencia e integridad de esos sistemas”, declaró el senador demócrata Richard Blumenthal.

El liderazgo republicano, por ahora, expresó su apoyo del presidente, y criticaron el trabajo de Comey, pero por lo menos tres se sumaron al llamado por un fiscal independiente, mientras otros como el jefe del Comité de Inteligencia Richard Burr comentó que “no le veo sentido al razonamiento” para la decisión de Trump. Otros republicanos buscaron caminar sobre una cuerda cada vez más floja, buscando como expresar su extrañeza por el despido pero sin criticar al presidente.

Juntas editoriales y comentaristas influyentes, incluyendo conservadores, se sumaron al gran debate, al subrayar que la decisión de despedir a Comey sólo nutre la incertidumbre y las sospechas, y mina la credibilidad de las instituciones democráticas.

El despido de Comey ha resultado en imponer “grave duda sobre la viabilidad de cualquier investigación sobre lo que puede ser uno de los escándalos políticos mas grandes en la historia del país”, opinó el New York Times. Afirmó que Comey “fue despedido porque encabezaba una investigación activa que podría tumbar a un presidente”, y señaló que el paralelo más cercano es Watergate, aunque concluye que “el país ha alcanzado un momento de aún más peligro” que el de entonces.

“El despido ha minado la credibilidad de una investigación vital de seguridad nacional”, comentó el Washington Post.

No pocos columnistas declararon que Trump, con esto, ha confirmado su desdén del proceso democrático y comprueba que es, como lo dijo Dana Milbank del Washington Post, ‘un tirano de segunda”.

“Es un abuso grotesco del poder… este es el tipo de cosa que suceden en las no-democracia”, dijo el abogado y comentarista legal de CNN Jeffrey Toobin. Según John Cassidy, del The New Yorker, esto fue “un ataque premeditado y aterrador sobre el sistema estadunidense de gobierno”, algo que podrá llegar a una “crisis constitucional”.

Max Boot, del Consejo de Relaciones Exteriores, resumió lo ocurrido en un tuit: “primer presidente jamás investigado por la FBI por colusión con un poder extranjero hostil. Primer presidente en despedir al director de la FBI encargado de la indagación”. El legendario periodista Bill Moyers advirtió que la situación se acerca a un “intento de golpe” por parte del presidente.

Hasta Edward Snowden, quien tuiteó este miércoles que aunque Comey deseaba encarcelarlo, se oponía a su despido y que todo estadunidense necesitaba “condenar tal interferencia política” en el trabajo de la FBI.

John Dean, el abogado de la Casa Blanca bajo Nixon, comentó este miércoles que el despido de Comey fue “una movida muy nixoniana” y, por otro lado, consideró que “cada movida que hacen continua señalando ‘encubrimiento’”.

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