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Ya se asoma el ocaso de la era neoliberal

Ya se asoma el ocaso de la era neoliberal

En el año 2012 tuve la fortuna de asistir al Auditorio Ho Chi Minh de la Facultad de Economía de la UNAM, a la presentación del libro titulado La Revolución de los ricos, escrito por Carlos Tello Macías y Jorge Ibarra. El libro inicia con un epígrafe muy adecuado: “Desde luego que hay una guerra de clases, pero es mi clase, la clase rica, la que la está haciendo y estamos ganando”, declaración del multimillonario Warren Buffett al periódico New York Times el día 26 de noviembre de 2006. El libro inicia enunciando las tendencias de la economía mundial desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta la crisis del petróleo de 1973, mostrando el claro predominio de las políticas keynesianas en el mundo capitalista de entonces. En seguida explican cómo las clases pudientes y sus intelectuales orgánicos, Friedrich von Hayek, Ludwig vos Mises, Karl Popper, Milton Friedman y muchos más, quienes nunca estuvieron de acuerdo con la intervención del Estado en la economía que veían como amenaza a sus libertades. Pero estos liberales radicalizados no se limitaron a llevar a cabo estudios y reuniones de discusión académica, sino que comenzaron en muchos lugares del mundo a penetrar en los ámbitos académicos y empresariales, incluido por supuesto, México.

El keynesianismo se tornó predominante debido a la presencia, en ese momento poderosa, de la Unión Soviética, que emergió como una de las potencias que triunfaron sobre los ejércitos hitlerianos, lo que propició que los ricos de Europa occidental, temerosos de que los asalariados se vieran atraídos por las ideas comunistas, cedieron espacios que hicieron posible la conformación de economías mixtas, con mayor o menor intervención del Estado en la economía y, con la creación de los estados de bienestar, ahí donde sindicatos y partidos obreros habían alcanzado mayor poder político en la sociedad: en Europa occidental.

Al entrar en crisis el sistema financiero capitalista a principios de los años 70, propiciada por la imposición del dólar como divisa obligatoria; la flotación de los tipos de cambio, la internacionalización acelerada del capital financiero, el hundimiento del perfil tecnológico surgido de la revolución industrial, expresado en la caída por casi dos décadas de la productividad global de la economía del norte, así como la revolución de los nuevos materiales y las nuevas tecnologías, Estados Unidos y los países desarrollados en general cambiaron casi de inmediato sus objetivos de política económica, desde el crecimiento y el empleo, objetivos keynesianos, a la estabilidad macroeconómica a toda costa, objetivos neoclásicos y neoliberales. La hegemonía neoliberal se aceleró con la crisis de la Unión Soviética y su consecuente desaparición. Así se configuró el momento político que permitió que la señora Thatcher afirmara: “La gente que pide constantemente la intervención del gobierno está echando la culpa de sus problemas a la sociedad. Y, sabe usted, no hay tal cosa como la sociedad. Hay individuos, hombres y mujeres, y hay familias. Y ningún gobierno puede hacer nada si no es a través de la gente, y la gente primero debe cuidar de sí misma”. Y remató lapidariamente: “there is no alternative”. Esta nueva era, la era neoliberal, está en una profunda crisis desde 2008.

La hegemonía ideológica neoliberal pronto propició la vigorosa irrupción en el tablero político mundial de gobiernos neoclásico-neoliberales que impusieron como prioridad la estabilidad macroeconómica a toda costa, y afianzaron un sistema de pensamiento con ideas repetidas millones de veces por la red mundial de telecomunicaciones a su servicio: debe permitirse al mercado tomar decisiones sociales y políticas importantes; el Estado debe reducir su rol en la economía y dar completa libertad a las corporaciones; debe restringirse la actividad de los sindicatos; dar mucha menos protección a los ciudadanos en lugar de darles mucha más. Se integró así una economía mundial que, después de cuatro décadas, sólo ha engendrado anomia, individualismo exacerbado y consumismo enloquecido.

Obras como la de Zygmunt Bauman han explicado cómo el neoliberalismo crea un mundo de individuos aislados e idealiza el mercado libre y consumista. También nos muestran cómo fueron derruidos gobiernos comprometidos con los derechos sociales, cómo los funcionarios públicos adquirieron una mentalidad de empresarios e impusieron dogmas como los siguientes: el mejor gobierno consiste en la autorregulación del mercado, el mejor gobierno es el no-gobierno; la desregulación de la economía; el libre tránsito de capitales; la liberalización del comercio y la industria; la privatización de las empresas públicas; la reducción de los impuestos y el gasto público para disminuir gradualmente las medidas de protección social.

En nuestro país, los neoliberales mexicanos avanzaron gradualmente en instituciones de educación superior donde se enseña Economía, en las publicaciones especializadas, hasta apoderarse de la mayor parte del campo de la enseñanza, de la crítica, de la toma de decisiones, hasta que lograron que el presidente López Portillo designara a Miguel de la Madrid como su sucesor en 1981. Hoy, después de 35 años y de seis presidentes convencidos del dogma neoliberal, es evidente su fracaso: crecimiento económico mediocre, profundización de las desigualdades sociales y territoriales, inseguridad y violencia; impunidad y corrupción crecientes. También es evidente que el presidente Trump está torpedeando varios de los dogmas señalados, y que en México están surgiendo fuerzas que pueden derrotar en el 2018 al PRI y al PAN, por lo que se puede afirmar que ya se asoma el ocaso de la era neoliberal.

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