México y Estados Unidos en la Nueva era de la Globalización

México y Estados Unidos en la Nueva era de la Globalización

 

Los tratados comerciales han sido la espina dorsal  de la globalización económica durante los últimos 150 años. Desde el primer acuerdo comercial moderno el tratado Cobden-Chevalier entre la Gran Bretaña y Francia en 1860 que introdujo la cláusula de la Nación Más Favorecida (NMF) – cláusula que establece que todos los países que comercien con alguno de los signatarios del tratado enfrentaran los mismos aranceles que aquel socio comercial al que los signatarios cobran el arancel más bajo- Este tratado comercial marco el inicio del gran periodo de globalización del siglo XIX entre los años de 1870 y el preámbulo del estallido de la Primera Guerra Mundial en 1913.  Tras el periodo de las dos guerras mundiales el nuevo orden mundial que nace de la posguerra queda enmarcado en el acuerdo de Bretton Woods, dando un segundo auge a los tratados comerciales en el mundo y con ello una nueva fase de gradual aceleración en el comercio internacional.

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Fuente: Elaboración propia con datos del secretariado del Banco Mundial.

Como se puede observar en la figura 1, el número de acuerdos comerciales vigentes ha venido creciendo de forma acelerada desde finales de la década de los años cuarenta. Incluso aquellos países que no cuentan con tratados comerciales se han visto favorecidos por la existencia del Tratado General de Tarifas y Aranceles (GATT) y ahora por la Organización Mundial del Comercio (OMC) y la generalización del principio de la nación más favorecida. En esencia una buena parte de la historia económica de la segunda mitad del siglo XX y principio del XXI ha sido la gradual desaparición de las barreras arancelarias al comercio exterior, en un proceso largo de apertura económica y desregulación financiera.

En este contexto mundial podemos enmarcar el desarrollo de la fuerte relación comercial entre México y Estados Unidos dentro del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). El TLCAN ha representado para México un crecimiento casi sin precedentes en el mundo en tanto al comercio internacional. México en los años ochenta tenía un comercio exterior por un volumen equivalente a 8 puntos del PIB, hoy tiene un comercio exterior que representa 35 puntos.

 

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Fuente: Elaboración propia con datos del Banco Mundial.

 

Hace 22 años México exportaba cerca de $123 millones de dólares diarios hacia Estados Unidos, hoy esta cifra esta próxima a los $950 millones de dólares diarios. La inversión extranjera en México se multiplico en más de 300 por ciento. Todas estas cifras hablan de éxitos, sin embargo, también hacen que sea fácil olvidarnos de otros detalles de la relación comercial.

Es fácil olvidar por ejemplo, que antes de la entrada en vigor del TLCAN e incluso antes de que México se adhiriera al GATT el país ya se había abierto al comercio con el mundo al disminuir fuertemente sus aranceles en 1982. No siempre recordamos que el salario por hora de trabajo en el sector manufacturero apenas ha mejorado marginalmente en México desde la entrada en vigor del TLCAN, un incremento de $2 dólares por hora en 22 años, o que la brecha entre el PIB per cápita entre México y Estados Unidos ha crecido en lugar de disminuir.

 

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Fuente: Elaboración propia con datos del Buro de Estadísticas Laborales del Gobierno de Estados Unidos

 

También ha sido fácil olvidar que si bien la apuesta a crecer hacia el exterior resultó positiva para algunas regiones del país y para algunas de sus industrias como las manufacturas avanzadas; no fue así para una parte del país, el sur de México no ha podido integrarse a la economía mundial; el país en su conjunto ha experimentado muy poco crecimiento. Una tasa promedio del 2.4 por ciento anual durante los últimos 30 años, es apenas alrededor de 1 por ciento anual per cápita. La teoría económica y la evidencia empírica en el mundo muestran que el comercio tiene una correlación positiva muy fuerte con el crecimiento económico, México es un caso atípico por sus pobres resultados.

Con todo este contexto, es hora de poner sobre la mesa la pregunta más obvia en los últimos tiempos: ¿qué efecto puede tener la administración Trump sobre el TLCAN y la economía Mexicana?

Sería una ingenuidad pensar que el binomio nacionalista-proteccionista en la retorica de la administración Trump no tendrá efectos sobre la economía mexicana. Desde antes de la inauguración del 20 de enero ya los tiene. La incertidumbre que genera la mera posibilidad de renegociar el tratado ha causado una aceleración en la salida de capitales del país, provoca que las decisiones de inversión dentro de los sectores de la economía más integrados a la economía de Estados Unidos se pospongan en espera de mayor certidumbre.

Todo esto ocurre en un clima económico difícil en el mundo, con la gradual normalización de la política monetaria, en un entorno de aun baja demanda global; a la vez que en México el mercado interno desacelera y las finanzas públicas no son tan solidas como el en el pasado. Por tanto, resulta evidente que tanta incertidumbre tendrá efectos sobre la economía mexicana.

Un par de economías tan integradas como las de México y Estados Unidos, con un flujo comercial que excede el millón de dólares por segundo enfrentaran serias dificultades si de pronto comenzaran a tener barreras comerciales sean arancelarias o no arancelarias. El comercio internacional hoy en día esta dominado por la integración vertical de cadenas de valor, es decir por un modo de producción donde distintos componentes de los bienes finales se producen y ensamblan en distintos lugares alrededor del mundo.

Lo que Estados Unidos exporta al mundo tiene componentes -bienes intermedios- que a su vez fueron exportaciones mexicanas hacia ellos. Nuestras exportaciones de la misma manera tienen integrados componentes de otras partes, por esta razón el comercio internacional actual le otorga más importancia al valor agregado que cada país pone en las cadenas de valor globales. Por ejemplo: Las manufacturas mexicanas de exportación hacia Estados Unidos tienen 41 por cierto de valor agregado Mexicano y en su mayoría son bienes intermedios, por lo tanto cada exportación de bienes finales que hace Estados Unidos al mundo tiene aproximadamente 41% de valor mexicano.

Si tal nivel de integración de pronto se encontrara con un arancel del 35 por ciento, como ha sugerido el Presidente Electo Trump, los efectos de los dos lados de la frontera podrían desestabilizar seriamente algunos elementos de ambas economías y sobre todo causar fuertes efectos regionales. Los estados del norte de México que se encuentran sumamente integrados a la producción en Estados Unidos sufrirían más el obstaculizar las cadenas de valor en las que se encuentran integradas. De igual forma, estados como Michigan o Texas donde México representa el 31 y 35 por cierto respectivamente de su comercio exterior tendrían efectos adversos, para el caso de Texas esta relación representa más de $177 mil millones de dólares al año.

Los grandes perdedores serían más de 6 millones de empleos que dependen del comercio bilateral en Estados Unidos y otros tantos de nuestro lado de la frontera. Los perdedores serían los consumidores de ambos países que enfrentarían precios más elevados en un numero importe de insumos y bienes de consumo. Una poco probable desaparición del TLCAN llevaría a ambos países a regresar a las reglas de la OMC para mediar su comercio por el principio de la nación más favorecida. En ese escenario Estados Unidos enfrentaría un costo al comercio más elevado que nosotros, pues su arancel NMF es más bajo que el nuestro.

Por el enorme costo económico de dar marcha atrás a una integración tan profunda es que parece poco probable que se llegue al extremo de liquidar al TLCAN. Resulta más probable desde mi perspectiva que una eventual renegociación ocurra a través de los famosos acuerdos paralelos, regulando cuestiones como los derechos laborales, impactos ambientales y derechos de propiedad intelectual, lo que los principales asesores de Trump llaman “la modernización del acuerdo”.

No obstante, los efectos adversos pueden no sólo ser comerciales. No es descabellado que en una eventual renegociación se pudiera pedir de México concesiones en materia de seguridad. Por ejemplo, haciendo más estricto el control de la frontera Sur o endureciendo la militarización a lo largo del territorio.

Los efectos migratorios sobre la economía tampoco pueden ser descartados, en caso de una aceleración de las deportaciones hacía México los mercados laborales en las ciudades fronterizas y en los principales centros urbanos del país podrían sufrir un choque, aumentando el numero de personas que compiten por un número escaso de puestos laborales en una economía de bajo crecimiento; tal efecto podría tener un impacto en la pobreza urbana del país.

A pesar de que desde mi punto de vista el escenario más extremo es poco probable, vale la pena considerar al menos un aspecto del mismo, sobre todo para entender el cambio que está  ocurriendo en la globalización. La imposición de medidas proteccionistas severas como la de un arancel del 35 por ciento por parte de Estados Unidos representaría un rompimiento histórico con la OMC y con el orden internacional que Estados Unidos estableció desde la posguerra de la Segunda Guerra Mundial. Un orden basado en el multilateralismo y la cooperación económica, el orden liberal moderno parte en una de sus premisas básicas del comercio como ruta de pacificación.

Implementar medidas tan drásticas sería mandar un mensaje al mundo de que Estados Unidos ya no cree en los principios básicos de la llamada “Pax Americana” y del liberalismo embebido que guió la economía política internacional por la mayor parte de los últimos 60 años. Sería un mensaje desesperanzador si consideramos la gran fuerza civilizatoria que la cooperación económica ha tenido en gran parte del mundo, sobre todo en Europa. Más preocupante aún si consideramos la trampa de Tucídides –La tensión entre dos potencias por el ascenso de una y el descenso de la otra-  que hoy parece dominar las relaciones entre China y Estados Unidos en una región donde transita el 70 por ciento del comercio global.

La globalización esta cambiando, durante los últimos 30 años vivimos un fenómeno de “híper-globalización” donde el comercio internacional crecía a una tasa superior a la que crecía la economía del mundo, este tiempo esta llegando a su fin. Durante el periodo 1981-2012 el comercio mundial creció en promedio 1.6 veces más que la economía del mundo, desde 2012 hasta el presente ha disminuido a 1.1 veces y en 2016 será apenas 0.8 veces. El mundo esta regresando a su normalidad histórica en dónde el comercio mundial crece en línea con el crecimiento económico del planeta.

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Fuente: Elaboración propia con datos de la OMC y el Banco Mundial.

En la actualidad parece que hemos alcanzado el punto máximo entre las tensiones de la globalización y sus perdedores. No podemos olvidar que la globalización ha generado grandes ganadores y un numero igual o mayor de perdedores. Los economistas han sobrevendido los aspectos positivos de la globalización y la apertura económica sin ponderar sus efectos distributivos, sin pensar en la forma de compensar a los perdedores que produce.

Es necesario que frente al realineamiento de la economía global repensemos la tensión que existe entre los intereses globales de las economías y sus demandas domesticas, es necesario que prestemos atención a los efectos que la dupla globalización y cambio tecnológico tienen sobre las sociedades y su vida democrática.

El cambio tecnológico es la fuerza gemela de la globalización y a diferencia de esta, no parece atenuarse, su profundización continuará trayendo retos para los estados nación. Es ingenuo y un tanto simplista culpar a estas dos fuerzas del malestar entre los ciudadanos de los países, puesto que son fenómenos prácticamente constantes para todo el mundo y existen países que han sabido reaccionar mejor que otros. Los verdaderos culpables quizá debemos encontrarlos en las políticas implementadas –o la falta de ellas- por los estados para mitigar las consecuencias de dichos fenómenos.

Los países que han sabido ofrecer alternativas para sus poblaciones, que han fomentado el desarrollo de capital humano, que han reestructurado sus economías y ofrecido opciones de reentrenamiento y redes de seguridad para aquellos que pierden de dichos procesos hoy son países más prósperos, más igualitarios y menos propensos a inestabilidad política.

México es uno de los países con más apertura en el mundo, no es ajeno a los efectos de amplificación que el comercio tiene sobre las malas decisiones y la conducción deficiente de la economía. Es más importante que nunca que a la luz de las dificultades que la economía mexicana enfrenta y las que puede enfrentar en el futuro, que reflexione con seriedad sobre cambiar el rumbo de su economía, sobre voltear al interior y activar el motor interno del crecimiento, sin renunciar al exterior, pero asegurándose que sea un crecimiento inclusivo, que los ganadores no siempre sean los mismos y que los perdedores no lo pierdan todo.

Gran parte de los efectos que la administración Trump puede tener sobre la economía mexicana y la economía mundial son inciertos y dependen de muchos intereses y eventos impredecibles dentro de la economía de Estados Unidos y de la economía global. Empero, lo que si podemos hacer en un panorama lleno de incertidumbres es de una vez aprender la lección sobre la importancia que tiene el Estado en incentivar la actividad económica, en no seguir permitiendo su descomposición y tener alternativas para el desarrollo más allá de la dependencia absoluta de una relación comercial. México debe aprender rápido las lecciones que parece haber olvidado durante los últimos 30 años, de ello depende su futuro.

 

[1] Asesor en el Senado de la República (México).

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