Subjetivaciones rockeras / Zapatero… a tu zapato

Subjetivaciones rockeras / Zapatero… a tu zapato

Por demás interesante y contundente resultó la entrevista que la periodista Alida Piñón, de El Universal, realizó hace algunas semanas al compositor mexicano de música de concierto Mario Lavista, sin duda uno de los referentes más importantes para la música universal en México, así como uno de los más imprescindibles críticos y difusores sobre temas musicales en nuestro país.

En la mencionada charla, Lavista rememora algunos de sus artículos publicados, y de entre ellos, señala el que hace tiempo dedicó a Los Tres Tenores, de los cuales manifiesta su admiración, en especial para Plácido Domingo, al que considera, como muchos, uno de los más grandes tenores de la historia.

El punto que llama la atención es aquel en el que el compositor comenta que algo con lo que no está de acuerdo es que estos cantantes incluyan en sus repertorios temas que no corresponden a la formación, perfil, vocación o como se le quiera llamar, señalando atinadamente que su preparación académica fue destinada para otro tipo de interpretaciones; de la misma manera, señala a otros prestigiosos artistas.

Lavista agrega que no es que esos otros artistas sean malos, o que no reúnan las características que les brinden todos los méritos, sino que el género o estilo que cultivaron es diferente, y que arriesgarse a explorar en otros campos que no les son propios, la mayoría de las ocasiones tiene resultados poco afortunados o de plano desafortunados. Incluso, en la mayoría de los casos, lo que sucede, es que realmente no entienden plenamente ese ámbito que pretenden explorar.

Lo anterior puede aplicarse a cualquier género musical y, muy probablemente, artístico. No quiere decir que no se lleguen a presentar excepciones exitosas, en las que dicha incursión resulte más que convincente; se han dado casos en los que un artista adopta el cambio, al ver que funciona más en otro estilo, pero hay que insistir, son casos excepcionales.

Lo principal es definir desde un inicio la vocación y, en un ejercicio de honestidad y autocrítica, reconocer si funciona o si de plano mejor dedicarse a otra cosa. Son abundantes, por ejemplo, los casos de bandas de rock a las que se les adaptan voces muy académicas que no logran conectar mutuamente, y mucho menos con el público. Son propuestas que, en algunos casos, podrán estar muy cuidadas, pero que cuando se escuchan no logran convencer.

Se señala al rock, en cualquiera de sus estilos, por poner un ejemplo, pero la situación se puede extender, como se refirió anteriormente, a cualquier otro género o expresión artística. Vale señalar que los ejercicios multidisciplinarios son punto y aparte, ya que por lo regular son benéficos y enriquecedores en el arte.

A lo que se refiere esta parte del texto es que sólo, muy excepcionalmente, un cantante de ópera podrá interpretar con el mismo poder conmovedor un tema de thrash metal o incluso de progresivo. Aquél será, sin duda, un golpe de suerte. O dicho de manera más coloquial: Zapatero a tu zapato.

Post data: Uno de los fenómenos que más llama la atención a nivel global es, sin duda, el de la emigración de grandes cantidades de personas en diversas partes del mundo. El fenómeno se ha considerado ya como una crisis humanitaria, y lejos de disminuir, por todas las eventualidades que suelen presentarse, da la impresión de que se agrava.

Entre las citadas eventualidades que enfrentan quienes se deciden a abandonar su lugar de origen, encontramos, por citar tan sólo algunos pocos ejemplos, las vicisitudes que tienen que sortear los migrantes en su trayecto, o mejor dicho, en su huida; el cruce de fronteras, que se vuelve cada día más peligroso; el rechazo de quienes son originarios de los lugares que esas infortunadas personas se fijan como destino, y por supuesto, quien más lo padece, invariablemente, es la infancia.

Hay que insistir que el fenómeno se presenta en diversas regiones del planeta; para no ir tan lejos, basta darse cuenta del impresionante flujo de niños solos que, desde la frontera sur de México, se aventuran por este territorio, con el propósito de cruzar el Río Bravo hacia Estados Unidos, quedando expuestos a un sinfín de riesgos. Y ni qué decir de todos aquellos migrantes procedentes de centro y Suramérica que, lamentablemente, pierden la vida en el camino.

Es casi imposible creer que aquellas personas, esos seres humanos, tomen la determinación por gusto. Muchos están conscientes de que son las difíciles e insoportables circunstancias que viven en sus países de origen las que los llevan a tomar tan drásticas decisiones; hay que tener en cuenta también que la mayoría de los que salen de lo que debería ser su hogar siente que tiene frente a sí la oportunidad de cambiar su vida para bien, frente a los que quedarán en aquellos lugares, por no tener la más mínima esperanza de salir.

Algunos medios de comunicación dan cuenta de lo que gobiernos y gobernantes de los países receptores de migrantes hacen al respecto. Se instalan refugios, se destinan zonas para su recepción, se organizan movimientos altruistas con la intención de atenuar, en cierta medida, las dificultades que habrán de enfrentar en una tierra que les resultará y tratará como a extraños, en otras palabras, en donde pasarán a ser la alteridad, el ajeno, el peligroso, adjetivos que en muchos de los casos resultarán infundados.

Si bien todas esas estrategias oficiales para la recepción de migrantes indocumentados poseen una fuerte carga humanitaria digna de todo respeto, también es cierto que no acabarán con el complicado fenómeno. La raíz de los problemas que padecen esos seres humanos que, por diversas circunstancias, han pasado a la marginalidad de sus tierras, de sus naciones, está precisamente allí, en sus países.

Lamentablemente, mientras la situación que viven esos sectores vulnerables en sus lugares de origen permanezca igual o se complique, sin que se atiendan a fondo los problemas, el triste fenómeno de los desplazamientos sociales por miedo e inseguridad —que, lamentablemente, quien más lo padece es, invariablemente, la infancia— continuará, y todos los esfuerzos llevados a cabo por los países receptores, por loables que sean, resultarán como si se tratara de construir una casa a partir del techo. ¿O usted qué opina, estimado lector?

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