No hay que darles finales felices ni siquiera a los niños: Ricardo Chávez

No hay que darles finales felices ni  siquiera a los niños: Ricardo Chávez

■ Se requiere hablar de muchos temas que surgen por la realidad mexicana tan violenta, dice

■ El autor define a la literatura como el contagio de la creencia en una humanidad distinta

“Yo creo que no hay que darles finales felices ni siquiera a los niños”, sentenció el escritor Ricardo Chávez Castañeda (Ciudad de México, 1961). Las historias de las que habla no los admiten y ofrecerlos sería una manera de decirles: “ya puedes darte la vuelta y el problema se quedó en el libro”, argumenta.

Estas historias no terminan cuando las páginas se cierran, “en realidad están afuera”: el incesto, el abuso sexual, el divorcio, el suicidio, el miedo, la pobreza y el maltrato; temas sobre los que asevera, nadie quiere hablar ni oír.

El autor los aborda desde la subjetividad de los “humanos en construcción”. Unos todavía no moldeados por esta sociedad –niños-, otros, que aún no deciden entrar totalmente en ella –jóvenes-.

Sus novelas llevan aparejada la advertencia: “ten cuidado porque este mundo no es lo que parece, es mucho más complejo y mucho más duro”.

Así contestó Chávez Castañeda a la pregunta sobre el reto que tiene un escritor de libros infantiles y juveniles para ofrecer un final feliz, “de que no todo está perdido”, propuesto en cita a Juan Villoro y que recuperó como tema de conversación, Carlos Navarrete conductor de la serie de La Jornada Zacatecas TV, Acentos.

El autor propuso, no el reto de un final feliz sino el de “la esperanza”, que dice no está en el final, -por lo menos en sus historias-, pues más bien terminan “de una manera muy rara”.

Ofrecer esperanza para este autor es “crear arenas movedizas”, sobre todo si se habla de los “temas que preferiríamos que no existieran en la realidad, pero existen”.

El primero en meterse en esas arenas movedizas es el propio Ricardo Chávez, mientras se hunde lentamente en ellas, observa qué es lo que la historia puede ofrecer como una posibilidad de esperanza…pero no siempre ocurre.

“Yo escribo libros donde me ahogo, no vi nada”, mismos que lo enfrentan ante el dilema ético de publicarlos o no.

Pero hay otros donde es visible esa esperanza, “y es como si se detuviera el hundimiento”.

Cuando avizora esta asidera trata de subrayarla a los lectores para que también puedan detenerse.

“Eso es para mí la esperanza, y eso es lo que yo tendría que dar. No hay finales felices”, reitera. Proponerlos de antemano, “parece como un as bajo la manga, y no es cierto, el final tiene que surgir de la historia”.

 

Entrar “por accidente” a la literatura infantil y juvenil

Ricardo Chávez Castañeda escribe para adultos, jóvenes y niños, pero su literatura se dirigió a estos dos últimos públicos, “por accidente”.

Relató, fue en Balacar, Quintana Roo en 1991 que luego de una estancia de un mes invitado por la Sogem, tuvo que participar en una mesa de lectura que no obstante haberse programado con anticipación, fue olvidada por el autor. “No sé, nunca le di la real importancia”.

El evento fue propuesto en la Casa de Cultura del pequeño pueblo, un espacio convertido en el centro de interés de toda la comunidad.

Dos días antes, se dio cuenta que “yo no podía leerles lo que estaba escribiendo porque era una mala manera de agradecer” las atenciones recibidas durante un mes con “una de esas novelas terribles mías”.

Así se enfrentó al reto de escribir con escaso tiempo, una historia que pudiera ser contada ante esa comunidad.

El problema fue resuelto recuperando una leyenda local en la que los propios pobladores de Bacalar aparecieron como personajes.

El libro así surgido ganó posteriormente el Premio de la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil del año 1992-93.

De esta manera inició su relación “ambigua” con la literatura infantil, pues sentía que escribirla “era demasiado fácil para mí y que iba a hacer trampa, iba a engañar a los lectores escribiendo malas historias”.

Se propuso entonces “no volver a escribir” historias para niños y jóvenes, pero ha cedido a su negativa cada vez que siente la necesidad de hacerlo. La primera vez en 1994 cuando pensó: “¿y por qué no escribes sobre el miedo? No historias de miedo sino sobre el miedo de los niños”.

De esta manera nació el que dijo entonces, sería su último libro infantil, Miedo al mundo de al lado (Alfaguara juvenil). Pero luego vino La valla (Everest), obra en que trató el tema del abuso sexual en los menores.

Sus historias son para niños, no para papás ni maestros, subraya. “Siempre digo: nunca vuelvo a escribir literatura infantil o juvenil salvo si logro escribir esta historia y siempre son historias terribles”.

La gran pregunta alrededor de sus obras, “¡lo increíble!”, es que sean leída a pesar de su dureza, muestra de que estos públicos son “mucho más complejos de lo que los adultos solemos pensar”.

Carlos Navarrete y Ricardo Chávez

Escribir para subjetividades

La subjetividad del niño se sujeta a un proceso de construcción promovida por los adultos hasta convertirla en “una subjetividad humana, todavía no son humanos”, pues han sido moldeados a una época, expone su premisa.

La literatura es una de las formas de construir esta subjetividad y lo que los escritores hacen es proponer “qué humanidad pensamos que debe prevalecer”.

El egresado de la Licenciatura en Psicología de la UNAM escribe historias que “cuestionan el mundo adulto en que vivimos y al que estamos trayendo a los niños”.

En cambio la subjetividad juvenil está ya convertida en humana, “pero todavía no han decidido si quieren ser esos que están viendo allá”: sus papás, mamás, maestros, los adultos, por esto es que tienen una visión tan crítica, dice.

Lo que intenta este autor a quien se incluye en la Generación del Crack, es ponerse en “su perspectiva” y en lugar de darles el mundo que para el caso de los niños tendrían que conocer, propone que vean “vean cómo estamos construyendo niños o cómo hemos ya construido seres humanos, que son los adultos y los ancianos”.

En los dos casos lo que se propone es un cuestionamiento sobre lo que ya existe, y que los adultos ya no ven “porque nosotros ya nos acomodamos en este mundo”.

Otra vez en alusión a Villoro, amigo además de Francisco Hinojosa, otro autor destacado de obras infantiles, el conductor de Acentos trajo su concepto de que la literatura infantil “es una especie de rama de la filosofía porque emite cuestionamiento e incentiva la duda”.

Chávez Castañeda propuso que sería más bien una rama de la religión, pues todo arte lo es, “o incluso diría que la religión es una rama del arte”.

Ambas tienen que ver con la capacidad de creer, dijo, pero la literatura es el contagio de la creencia, no en un ser divino sino en un humanidad distinta.

“En una manera distinta de ser un padre y un hijo, o de resolver un problema específico”.

Los escritores saben que los cambios que proceden del arte son lentos pero a la larga son verdaderamente sustanciales, afirma.

Como artistas que son, contagian su capacidad de creer “en algo” que al extenderse como una especie de idea, de ideología, “se puede constituir en una especie de materialidad de un mundo distinto”.

Esa es la semejanza del arte y la religión. La diferencia, es que la primera quiere hacer creer en algo aún inexistente, mientras que la segunda obliga a creer en “algo” que ya existe.

 

Las historias que deben contarse

La respuesta del Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar 2012 es antecedida por la aseveración de que algunas, que él ya ha escrito, “nadie las va a querer publicar”, pero son las que desde su perspectiva tendrían que serlo: la sexualidad y la violencia masculina o “el mal que viene de los niños”.

Sobre el bullying, el abuso entre niños, agrega, se habla mucho de la víctima pero no del victimario: “nadie le da voz (…) y yo creo que se necesita un libro”.

En sus obras no hay pedagógico o didáctico, pero sí muestran subjetividades con las cuales los niños o jóvenes pueden identificarse o empatizar, o desconocerse, decir: “yo esa subjetividad preferiría no tenerla”.

Chávez Castañeda afirma, se requiere hablar de muchos temas en este país, “de ciertas subjetividades” que están surgiendo por la realidad mexicana tan violenta.

Los niños y jóvenes están siendo expuestos hoy a la “violencia en bruto” a través de los medios de comunicación, por tanto la literatura debería aceptar el reto de abordar estos temas sobre los que nadie quiere hablar, “porque es la única manera en que puedes ayudarles”.

La literatura conjura en parte ese mal, pues elabora estas temáticas para que puedan ser convertidas en bien. Por esto pierde sentido la autocensura, censura y el tabú en este tipo de literatura.

Tras hablar del “reto de la esperanza” inmerso en arenas movedizas que a veces no ofrecen “otros mundos” alternativos, Ricardo Chávez Castañeda comentó sobre la conquista de la felicidad como una búsqueda humana, propuesta por Navarrete, su reenfoque de la frase: “la conquista de la esperanza”.

El país, asevera, no da para conquistar la felicidad sino tan sólo para aspirar a conquistar la esperanza. “No podemos estar felices aquí”.

El que una encuesta realizada hace un año exhibiera que 90 por ciento de los mexicanos “están felices” de lo que habla es de su capacidad para adaptarse “a cualquier cosa. Somos un pueblo cómodo, está bien, nos ayuda a sobrevivir…pero no está bien”, concluyó la charla.

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