Subjetivaciones rockeras / El subterráneo ante el paradigma cibernético

Subjetivaciones rockeras / El subterráneo ante el paradigma cibernético

La dificultad estriba en que ya no hay «underground». La sociedad moderna ha suprimido el arriba y abajo, el aquí y el allá. No hay espacio. Nadie está solo pero tampoco nadie está acompañado. No hay «underground» porque no hay «ground». – Octavio Paz.

En varias ocasiones, he hablado sobre las corrientes alternas que dan paso a los estilos musicales o estéticos en general, esos flujos que corren por debajo del mainstream y que han sido conocidos como el underground, el subterráneo. Hace15 años todavía era fácil reconocer todas las manifestaciones provenientes de ese mundo marginal, en el que se cocinaban (o cocinan) manjares artísticos caracterizados por su frescura y genuinidad, y pese a que el gusto fuera relativamente breve, para muchos fue la fuente de la que abrevábamos de manera casi permanente; no quiero decir que todo lo que brotaba del sótano era de una calidad indiscutible, pero mínimamente venía cargado de una buena dosis de honestidad, lo que se agradece siempre.

El paradigma que contrajeron las nuevas tecnologías, a partir del surgimiento de la Internet, fue difuminando paulatinamente la frontera que dividía lo comercial de lo (permítaseme el término) contracultural. Durante los primeros años de la era digital, parecía que todavía era perfectamente distinguible ubicar lo genuino de lo repetitivo o lo prefabricado; en el ámbito de la música comercial, recuerdo dos acontecimientos que marcaron el antecedente, pese a la victoria que en su momento obtuvo Metallica sobre Napster: La independización de Nine Inch Nails y de Prince de las firmas mega monopólicas que los cobijaban, optando por las productoras independientes y los medios de difusión cibernéticos.

Esos hechos, aparentemente inadvertidos, vinieron, desde mi particular punto de vista, a dar una pauta a seguir para muchas agrupaciones que habían estado esperando la oportunidad de la firma por muchos años. Desde entonces, hemos conocido bandas realmente interesantes que a través de los medios de difusión convencionales jamás hubiéramos escuchado, dada la irreverente y demasiado libre (valga la expresión) propuesta, que seguramente habría chocado con los estrictos lineamientos impuestos por aquellos mega consorcios rígidos y anquilosados. A partir de ese momento, y gracias a los avances tecnológicos que han vuelto relativamente sencillo lo que años atrás exigía mucho tiempo de especialización, y donde se recobró el valor del ingenio creativo, por encima del monstruo presupuestal y todos sus artilugios “artificialistas”, las formas, no sólo de escuchar música, sino de darnos cuenta de lo que sucede en el mundo, cambiaron radicalmente.

El mundo del underground quizá no desapareció, pero en todo caso se transformó profundamente. Hoy resultaría difícil decir que esta o aquella propuesta son subterráneas; la web y todos sus fenómenos han permitido que una expresión que hace años estaba destinada para élites bastante definidas, llegue hoy a quienes menos nos imaginemos. Una banda que antaño sólo era acogida y discutida por un grupo limitado de camaradas, hoy se puede estar disfrutando en el entorno menos pensado. Ciertamente, esto tiene sus ventajas, ya que la música y otras manifestaciones del arte y la información ahora fluyen y se comparten con más libertad, aunque no podemos negar que, como en todo, también hay un lado obscuro y hasta siniestro.

Mencionaba casi al inicio del presente texto que lo underground, en los años en que era perfectamente distinguible, se disfrutaba por un tiempo relativamente breve, eso debido a que la mano de Salomón siempre ha buscado convertir en oro lo que toca, es decir, fueron muchas las bandas que, habiendo dominado la escena subterránea, fueron finalmente seducidas por las jugosas contrataciones que les ofrecieron los grandes sellos y todas las posibilidades de proyección que iban adjuntas; no quiero decir con eso que la calidad de sus propuestas decayera; no estoy peleado con lo comercial, sino con lo carente de calidad, frescura, originalidad y honestidad.

Lo que trato de decir es que, ante el profundo hito que marcó la tecnología cibernética en la forma de ver, escuchar y comprender el mundo, las grandes firmas no se quedaron de brazos cruzados e hicieron gala de sus poderosas infraestructuras, procurando que la fuga de ganancias fuera mínima, de tal suerte que, pese a lo que puedan hacer los creadores para mantener sus proyectos al margen de los intereses comerciales, la industria siempre hallará la manera de persuadir y, en la medida de lo posible, descafeinar o desvirtuar las propuestas originales, ya sea, como lo dije antes, mediante atractivos y casi irresistibles contratos, o en el peor de los casos, prefabricando productos similares a los que, siéndoles atractivos, insistan en quedarse fuera. Desconozco si así seguirá siendo. Lo que sí puedo decir, es que seguiré apostando por la calidad y los demás atributos que señalé, al decidir si una propuesta es de mi agrado o no y eso, pienso, está lejos de ser conformista.

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