Subjetivaciones rockeras / He llegado a pensar que…

Subjetivaciones rockeras / He llegado a pensar que…

He llegado a pensar que…

…Hay que cuidar lo que se llega a decir frente a un micrófono

Hace unos días escuchaba en la radio local un programa cerca del mediodía, el espacio radiofónico goza de una popularidad y prestigio ganados a pulso a lo largo de varios años, posee también un estilo y personalidad propios, así como una nutrida audiencia; en síntesis, si bien no soy escucha de ese programa, reconozco que está bien conducido, sin embargo, en aquella ocasión, me llamó la atención por una de sus secciones (buena también, lo reconozco); en ella programan algunos éxitos que después son recreados por otros cantantes o agrupaciones, es decir, trata de covers; hasta allí, nada del otro mundo.

Lo que llamó mi atención fue cuando los locutores (titular e invitado) aludieron a un tema (honestamente, no recuerdo cuál) del que posteriormente hizo un cover Marilyn Manson; allí el titular del espacio mencionaba que a él no le gustaba la recreación que hizo el autor de The beautiful people, y que, de hecho, sólo le gustaba una o dos canciones del artista, algo que en lo personal me parece bastante respetable, yo tampoco soy, ni en lo más mínimo, fan del susodicho cantante. Lo que realmente me saltó al oído fue un comentario que, desconozco si de manera inconsciente o queriendo quedar bien, el invitado dijo, palabras más o palabras menos, que “ésa no era música para transmitirse en la radio”.

No pude menos que sentir pena ajena por el tan desafortunado comentario. Decir que tal o cual música no debe programarse en radio nos habla de una mentalidad bastante retrógrada. Si por algo la mayoría de los medios de comunicación electrónicos no ofrecen una verdadera alternativa para escuchar o ver, es, desde mi punto de vista, por dos cuestiones: la primera, porque el medio es visto como una empresa, y por tal motivo, hay que programar lo que más vende, y/o, porque persisten criterios miopes, chatos, anacrónicos o moralinos que deciden, desde la trinchera de poder que les otorga el ser programadores, qué música debe o no debe escuchar la audiencia, algo que incluso me parece fascistoide.

Es cierto, existen estaciones especializadas en distintos géneros, así las encontramos al menos en nuestra entidad, enfocadas al pop, a la banda, a la ranchera, al pop, a la banda, a la ranchera (ay, perdón, lo repetí, pero es porque es realmente abundante ese tipo de radiodifusoras), y por ahí, alguna cultural. No así en las grandes urbes, donde encontramos una diversidad más interesante de propuestas. No espero, pues, escuchar thrash metal en una estación pop, o a System of a Down en una ranchera, como tampoco esperaría escuchar a la Cumbiamba Tropical en una estación pop (aunque con esos experimentos hipsters tan de moda, quién sabe); no obstante, no estoy ni en lo más mínimo de acuerdo con el tan desafortunado comentario de que “hay música que no se debe programar en radio”. ¡Claro que se debe programar, de hecho toda, pero toda la música, debería salir al aire! Es cierto que cada santo debe ir en su nicho, pero eso no implica que se deba excluir algún estilo del cuadrante radiofónico, por insignificante o pesado que parezca, en esto también consiste la democracia. Espero, de veras, que el comentario que me motivó a escribir estas líneas se haya dicho a la ligera y sin pensar; de cualquier manera, la ardilla corrió.

 

…El rock de por acá tiende a perder su esencia

Me doy cuenta de que cada vez hay menos tocadas de rock en espacios públicos, y que las pocas que aún se realizan cuentan con una difusión prácticamente nula. Los únicos asistentes suelen ser los amigos de los integrantes de las bandas, quienes llegan justo cuando van a tocar sus cuates y se van justo cuando terminan, o sea que pocas veces se quedan a escuchar las propuestas de las agrupaciones que conforman el cartel. La mayoría de las tocadas se realizan en bares, antros o cafeterías, con lo que se vuelven cada vez más elitistas, dejando fuera a quienes no pueden pagar ni el consumo mínimo y a quienes no gustan de visitar dichos recintos.

Yo, en lo particular, creo que esta tendencia va contra la esencia misma del rock y una de sus cualidades, su tendencia democrática. El rock, desde sus orígenes, estuvo dirigido a los jóvenes en general; independientemente de su estrato socioeconómico, el género pretendía expresar el sentir de una juventud y, por qué no, de una sociedad inconforme, y para ello buscaba los espacios más accesibles posibles. Todos los jóvenes y aficionados tienen derecho tanto al rock, como al resto de las expresiones artísticas. ¿O qué los integrantes de una agrupación ya no sueñan con ver una plaza llena coreando sus rolas? ¿Ahora se conformarán con los aplausos de la reducida concurrencia a un bar?

No sé si esto sea sintomático de una crisis más generalizada del rock. Estoy de acuerdo en que los grupos tienen que cobrar, mal harían si regalaran su trabajo, de eso he hablado en otras participaciones. Asimismo, estoy consciente de que en ocasiones debemos pagar por escuchar en vivo a una banda que es de nuestro pleno agrado; no estoy en contra de que se realicen toquines en los bares, antros o cafeterías, de hecho, se deben seguir efectuando, ya que le dan un plus a esos negocios. Lo que trato de decir es que las bandas no deben permanecer encerradas allí; también deben salir a buscar plazas públicas para compartir sus creaciones con quienes, por los motivos que gusten, no entran a esos lugares.

Las instituciones también deben contar con programas que fomenten este tipo de actividades, todo está en que los equipos de las bandas se lo propongan y los hagan efectivos. No esperen que se los vayan a pedir.

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