Subjetivaciones rockeras / Sobre la naturaleza de la música

Subjetivaciones rockeras / Sobre la naturaleza de la música

Sin duda, uno de los fenómenos estéticos más interesantes ha sido y seguirá siendo el que representa la música, esa expresión artística dotada de una materia singular, etérea, capaz de permear de diversas maneras en muchas de las actividades que realizamos cotidianamente y de disponer, en buena medida, nuestro estado de ánimo. Sin música, ya lo comentó el filósofo Friedrich Nietzsche, la vida sería un error, y craso, me atrevería a agregar. Empero, nadie puede negar que resulte difícil imaginar nuestras existencias sin esta manifestación del arte, ya que da la impresión (al menos a mí en lo particular) de que, desde el momento en que aparecemos en este mundo, lo hacemos acompañados de un ritmo, mismo que nos acompañará por el resto de nuestras existencias.

Ciertamente, nadie lo puede asegurar, pero es muy probable que la primera sensación que obtenemos de la realidad es el rítmico latido del corazón de nuestras madres en su vientre, ritmo con el que se cree llegamos a divertirnos, a arrullarnos y, por qué no, a estremecernos. Según los antiguos, todo el universo, con sus esferas, se movía no sólo de manera rítmica, sino armoniosa; todo en la naturaleza visible e invisible era música. La armonía era considerada el símbolo del orden universal, cohesionador de los elementos básicos, de las formas elevadas de vida, de los astros, los planetas, el sol y la luna. Los pitagóricos sostenían, incluso, que la bóveda celeste era una inmensa escala musical. La armonía era, pues, la unidad, y el uno, para Platón, debía ser la máxima aspiración. Hasta la fecha, es común escuchar con frecuencia la expresión “Música de las Esferas”, aludiendo a lo que he mencionado. Todo estaba regido por la música; por eso y por muchas cosas más, es por lo que creo que más que errónea, la vida sin música (o su inexistencia) sería prácticamente inconcebible.

En ese sentido, como nos lo menciona Lewis Rowell, la música, “el arte de las musas”, ha cobrado un profundo significado a lo largo de la historia de la humanidad, ya que ha formado parte sustancial en la versificación, en la danza y la actuación, en la inmensa mayoría de los ritos practicados y actos litúrgicos, en la “especulación cósmica”, así como en procesos educativos y de creación artística, siempre moviéndose entre la mesura y la excitación emocional, es decir, entre los eternos Apolo y Dionisos[1]. En este tenor, Rowell nos comenta que la música llegó a ser considerada “algo valioso y desconfiable a la vez”, ya que, por un lado, era capaz de despertar en el oyente buenas cualidades, así como “regular el alma”, pero, por el otro, podía “sobreestimular, drogar, distraer y llevar a excesos en la conducta”, ambivalencia que ha perdurado hasta nuestros días, al menos en la civilización occidental[2].

Debido a lo anterior, no han faltado desde tiempos inmemoriales quienes han querido ver en la música un medio a través del cual se pueda formar un carácter determinado en los oyentes; Platón, por ejemplo, creía que por medio de ciertas expresiones musicales, se podían “implantar” en los individuos todas las virtudes requeridas para formar buenos ciudadanos, incluso, él proponía que la música se utilizara como continuación de la política estatal, ya que moldeaba no sólo el carácter de los individuos, sino del Estado en su totalidad; de hecho, ya para entonces, los griegos daban ciertos usos a la música, especialmente en los ámbitos educativos y de terapias alopática, aplicándolas tal y como se suministraría una droga, con la intención de devolver al “paciente” el equilibrio y la salud física y mental.[3]

La música, dentro de esta concepción griega, llegó a ser dividida en cuatro tipos por Aristóteles: “moderadas, entusiastas, tristes y relajadas”, y consideraba más adecuada para la paideia a la moderada.[4] Incluso siglos después, seguía siendo concebida con una naturaleza trascendental; quizá de una manera un tanto platónica, Boecio nos ofrece una “clasificación de la música en tres partes”:

La música mundana, la música de las esferas, no oída por el hombre; la música humana, la armonía que existe dentro del hombre, entre alma y cuerpo; y la música instrumentalis, la música hecha por el hombre, imitación imperfecta de las músicas superiores.[5]

Vemos pues que las propiedades de la música tienen la capacidad de dar dinamismo a una naturaleza aparentemente ajena y que su percepción no deja de ser una forma de conocimiento peculiar, quizá reminiscente, al estilo que Platón nos lo decía. No cabe duda de que el fenómeno musical no ha sido tema menor, ni mucho menos, en la historia del pensamiento, y que su naturaleza ha despertado el interés de los más eminentes filósofos de la historia. Lo abordado aquí es tan sólo una faceta de las múltiples que se han estudiado y reflexionado acerca de esta manifestación del arte, no obstante, hay otras más que son dignas de ser conocidas y tenidas en cuenta y que, en la medida de mis posibilidades, me permitiré comentar.

[1] Rowell, Lewis, Introducción a la Filosofía de la Música Antecedentes históricos y problemas estéticos, Barcelona, Editorial Gedisa, 1990, 2ª Edición, cf. p. 47.

[2] Cf., ibidem.

[3] Op. cit. cf. p. 59.

[4] Ibid. v. p. 60.

[5] Ibid. v. p. 52.

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