spot_img

El jardín no es un paraíso. Iconografía bosquiana y exilio en la poesía de Manuel Iris [Parte 3 de 3] Por Jorge Manzanilla Pérez

Más Leídas

- Publicidad -

Por: La Gualdra •

La Gualdra 737 / Libros / Poesía

- Publicidad -

La voz poética no es un narrador omnisciente ni un testigo indirecto. Es un sobreviviente que habla desde el milagro de no haber muerto. El verso Todavía ayer lo veníamos hablando introduce una cotidianidad que el horror interrumpe. La noticia habla de 19 personas; la voz poética dice: A los demás. El poema individualiza lo que la estadística generaliza. En el verso final, iba quedando oscuro todo el cielo y yo por dentro igual, iba quedando oscuro, el  poema oscurece como en el contexto al que se construye. Se vive una agónica desgracia. Este poema, junto con “Alba”, forma un díptico: el primero establece que Bosch vio el infierno humano; el segundo demuestra que ese infierno se ha materializado en la frontera.

Por otra parte, Omar Julián Álvarez Tabares sostiene que la poesía es una forma de conocimiento distinta de la racionalidad instrumental. El lenguaje poético, afirma, es analógico y plurívoco: una expresión poética dice muchas cosas, y el lenguaje científico tiende a ser explícito. Iris opera en esa lógica: su poesía no explica la migración, la nombra desde la metáfora, el símbolo y la analogía. Esta operación poética, que entrelaza el discurso pictórico del Bosco con el discurso testimonial de la migración, puede ser iluminada desde el marco del análisis interdiscursivo de Tomás Albaladejo. Para Albaladejo, el análisis interdiscursivo es “un instrumento metodológico para el conocimiento de la literatura, analizando y explicando de modo comparativo diferentes discursos”. Iris, al yuxtaponer el discurso visual del tríptico bosquiano con el discurso verbal de la poesía migrante, no establece una relación intertextual, sino que opera en el plano de la interdiscursividad, entendida como las relaciones entre discursos y clases de discursos. El poemario se convierte en un espacio que permite comparar los discursos sobre la base de sus semejanzas y diferencias.

Jerónimo Bosch, El Bosco. El jardín de la delicias. Óleo sobre tela. 205.5 x 384.9 cm. Entre 1490 y 1500. Museo del Prado.

Iris ha escrito un libro sobre un migrante, aquél que la sociedad ha convertido en monstruo. Al hacerlo, transforma su poética: la poesía ya no es un ejercicio de erudición, sino un acto de testimonio. Esa postura de acompañamiento, que se abstiene del juicio moral inmediato, no resuelve, sin embargo, el problema de la mediación. La voz de Juan Domínguez, el migrante cuyo rastro recorre el poemario, aparece filtrada por la escritura de Iris, y esa filtración exige interrogar los límites de la representación poética del dolor ajeno. Gayatri Chakravorty Spivak ha formulado la pregunta decisiva: “¿Puede hablar el subalterno?”, para Spivak el subalterno, el migrante indocumentado, el desposeído, es silenciado por las estructuras discursivas occidentales que pretenden representarlo. El riesgo del poemario es el de estetizar el dolor, convertirlo en materia prima para el verso. No obstante, la obra sortea ese escollo mediante un procedimiento formal: no construye una voz ficticia para el migrante, sino una voz híbrida que reconoce su propia artificialidad. No le otorga un discurso que pueda ser reconocido por el lector como auténtico, sino que expone las condiciones de su silencio, a las que se expone todo migrante. Esta operación distingue al poemario de otras aproximaciones literarias a la migración que, al dar voz al otro, incurren en lo que Spivak denomina “violencia epistémica”: la violencia de representar a quien no puede representarse a sí mismo dentro de los códigos del discurso hegemónico. Al no llenar el vacío de la voz del migrante, el libro de Iris hace visible la estructura que produce ese vacío: la frontera, la ley, el lenguaje de la prensa, la indiferencia de las estadísticas. 

El poema “Ardor” ejemplifica esta estrategia: la voz lírica no se identifica con el migrante calcinado, sino que se sitúa en el margen del sobreviviente, en la distancia de quien ha visto. Esa distancia no es un defecto, sino una conciencia crítica que reconoce sus propios límites. Spivak no ofrece una salida a la aporía de la representación, pero Iris, al asumirla como principio compositivo, transforma la imposibilidad de hablar en un problema estructural del poema: el lector no asiste a la voz del migrante, sino a la experiencia de su ausencia, y esa ausencia interpela al lector de un modo más radical que cualquier identificación ficticia. De este modo, Spivak no es un marco que se aplica al libro, sino una pregunta que el libro mismo formula y que, al no resolverla, la mantiene abierta como una herida del lenguaje.

A modo de cierre, conviene volver sobre el título que articula la obra. Toda la tierra es un jardín de monstruos admite, una vez recorrido el poemario, dos lecturas que no son necesariamente excluyentes pero que definen dos modos de habitar el texto. La primera, de signo pesimista, sostiene que el horror está en todas partes: la frontera no es un lugar específico, sino una condición extendida que convierte cualquier geografía en escenario de violencia y despojo. La segunda, más radical en su apuesta, postula que, si toda la tierra es un jardín de monstruos, entonces el monstruo no es una excepción ni una anomalía, sino una figura que habita en todas las culturas y todos los tiempos. Esta segunda lectura no minimiza el dolor del migrante, sino que lo universaliza hasta hacerlo reconocible para un lector que no ha cruzado un desierto pero que ha conocido el desamparo, la exclusión o la pérdida. Iris se inclina por esta segunda interpretación no porque alivie la crudeza de lo narrado, sino porque inscribe la experiencia del migrante en una condición humana compartida que trasciende nacionalidades, estatutos migratorios y diferencias lingüísticas.

El poemario, sin embargo, no se limita a proclamar esa universalidad como un consuelo. La fusión de la iconografía bosquiana y el relato de la frontera contemporánea produce un dispositivo formal que impide toda lectura complaciente. Los monstruos de Bosch, que en el tríptico original funcionaban como advertencia moral, se convierten en el libro de Iris en figuras que atestiguan una catástrofe histórica: el infierno no es el lugar de los tratados teológicos, sino un espacio producido por la mano del hombre, por la frontera, por la ley que excluye y por el lenguaje que reduce el cuerpo a estadística. 

El título, leído desde esta perspectiva, no es una afirmación, sino una pregunta. Si toda la tierra es un jardín de monstruos, ¿qué lugar ocupa el lector en ese jardín? ¿Es un visitante, un cómplice, un testigo o un monstruo más? El poemario no responde, pero instala la pregunta en el centro de la experiencia de lectura. La obra de Iris no resuelve las aporías del mundo, pero provee un lenguaje más preciso para nombrarlas. No ofrece consuelo, pero tampoco se entrega al cinismo. Su apuesta, en última instancia, es literaria: hacer del lenguaje poético un espacio donde la herida de la frontera, el silencio del subalterno y la monstruosidad del desarraigo puedan ser nombrados sin ser reducidos a consigna ni a espectáculo. En ese sentido, Toda la tierra es un jardín de monstruos no es un libro sobre la migración, sino un libro que interroga qué significa ser humano en un mundo en el que la humanidad ha sido puesta en cuestión.

* Iris, Manuel. Toda la tierra es un jardín de monstruos / The Whole Earth Is a Garden of Monsters. Traducido por Manuel Iris y Kevin McHugh, The University of Arizona Press, 2026.

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_737

 

- Publicidad -

Noticias Recomendadas

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Últimas Noticias

- Publicidad -
- Publicidad -