El viernes pasado, a las ocho de la mañana, caminé hacia la Facultad de Odontología de la Universidad Autónoma de Zacatecas. Una lluvia ligera acompañaba la mañana. Había acudido por invitación del Dr. Sergio Casas Valdez, Enlace Federal de la Secretaría de Bienestar en Zacatecas, para realizar un recorrido por algunos planteles y conocer de manera directa los efectos de distintos programas sociales en comunidades educativas de Zacatecas.
Llegué con algunos minutos de anticipación y me acerqué a un pequeño remolque donde dos jóvenes vendían café. Una de ellas me preguntó si yo era el mismo que solía acudir a un establecimiento del centro de la ciudad. Le respondí que sí. Entonces me dijo: “Ahí trabajaba yo. Ahora ya tengo este pequeño negocio”. Aquella conversación duró apenas unos minutos, pero me dejó una primera impresión: había jóvenes que no solamente buscaban oportunidades, sino que comenzaban a construirlas por cuenta propia.
A las ocho y media comenzó una reunión informativa en el auditorio de la Facultad. Cerca de 200 jóvenes universitarios recibían información sobre la Beca de Transporte Gertrudis Bocanegra. La explicación sobre el registro avanzaba con naturalidad: para ellos, la tecnología ya forma parte de la vida cotidiana y de su manera de relacionarse con las instituciones.
Lo más interesante estaba detrás de aquella reunión. Muchos de esos estudiantes ya habían sido beneficiarios de la Beca Benito Juárez durante su paso por el bachillerato. La política social comenzaba a observarse como una trayectoria: permanecer en la escuela, continuar los estudios y reducir una de las barreras más concretas para hacerlo, el costo del traslado.
Más tarde conocí a Lupita, originaria de Fresnillo. Me contó que parte del recurso de su beca lo utilizaría para trasladarse a un jardín de niños donde, como parte de su formación, participa impartiendo actividades relacionadas con la cultura de la higiene bucal. Ahí apareció ante mí algo difícil de explicar: el beneficio de una política pública puede multiplicarse cuando quien recibe un apoyo también lo convierte en conocimiento, servicio y experiencia para otros. La beca no solamente ayudaba a una estudiante a trasladarse; también podía acompañar una actividad que alcanzaría a otros niños.
A la una de la tarde llegué a un plantel del Conalep en la zona conurbada. Más de 400 estudiantes se encontraban reunidos y, nuevamente, apareció ante mí una historia de continuidad. Por tratarse de estudiantes de educación media superior, ellos reciben la Beca Benito Juárez, un apoyo destinado a favorecer la permanencia y conclusión del bachillerato. Muchos de los jóvenes ya conocían la dinámica del programa y hablaban de él con la naturalidad de quien lo ha incorporado a su trayectoria escolar.
En ese plantel encontré además una historia personal. El director había sido mi maestro durante mi etapa universitaria. Mientras conversábamos, me mostró parte de los beneficios obtenidos mediante el programa «La Escuela es Nuestra». La entrada había sido habilitada para mejorar la seguridad y también se había fortalecido la iluminación. El recurso, administrado por el comité escolar conformado por padres, alumnos y docentes, permitió atender necesidades concretas y, al generar economías, contemplar incluso la adquisición de equipo de cómputo.
Salí del plantel con una sensación difícil de describir. Durante años, el debate sobre los programas sociales ha estado dominado por estadísticas, posiciones políticas y discusiones sobre su pertinencia. Pero existe otra dimensión: la experiencia cotidiana de quienes reciben esos apoyos.
Ese viernes entendí que quizá estamos frente a una generación que está creciendo con una relación distinta con las oportunidades educativas. Jóvenes que comenzaron su trayectoria con una beca en el bachillerato y ahora buscan continuarla en la universidad; estudiantes que convierten un apoyo económico en movilidad, formación o servicio; comunidades escolares que reciben recursos y participan directamente en las decisiones sobre sus planteles.
No significa que todos los problemas educativos estén resueltos. Los programas deben evaluarse por sus resultados, cobertura y efectos reales. Pero tampoco sería correcto ignorar las historias que ocurren frente a nosotros.
La política social de los gobiernos de Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum puede analizarse desde distintas perspectivas y ser objeto de debate público o en muchas ocasiones de descalificación.Pero aquel viernes me permitió observar una dimensión que difícilmente aparece en una discusión política: lo que sucede cuando un apoyo público se convierte en permanencia escolar, movilidad, aprendizaje o una oportunidad para construir un proyecto propio.
Quizá por eso la jornada me resultó tan conmovedora. No estaba viendo solamente beneficiarios de programas públicos; estaba viendo estudiantes, familias y jóvenes que intentan convertir una oportunidad en una posibilidad concreta para su futuro y para su comunidad. Porque al final, las políticas públicas también tienen rostro.
A veces es el de Lupita. O el de los cientos de jóvenes que quieren permanecer en la escuela. O el de aquella joven que, bajo una lluvia ligera, decidió que además de trabajar en un café podía construir su propio pequeño negocio.
Ahí, lejos de los debates pasionales, es donde una política social comienza a contar su verdadera historia.



