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Es tiempo de mujeres: la frase que se volvió realidad

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Por: Verónica Díaz Robles •

Hace unos días, en Santo Domingo, República Dominicana, México firmó la mejor actuación de su historia en unos Juegos Centroamericanos y del Caribe: 407 medallas. De ellas, 198 las ganaron mujeres, con 83 preseas de oro. Una nadadora, Celia Pulido, volvió a casa con once medallas colgadas al cuello. Por primera vez, las atletas mexicanas subieron al podio más veces que sus compañeros. No fue una buena participación: fue el motor de un récord nacional.

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Lo que hacen las mujeres lo hacen bien.

Durante demasiado tiempo, a las mujeres de este país se les pidió permiso para todo, para estudiar, para competir, para decidir, para gobernar como en 1954, cuando Aurora Jiménez llegó a San Lázaro, era la única diputada federal de México. Hoy somos 251 diputadas y 64 senadoras, y 13 mujeres encabezan gobiernos estatales. Ambas cámaras del Congreso son paritarias, y México figura entre los apenas ocho países del mundo que lo han conseguido.

Nada de esto ocurrió por casualidad. La primera reforma constitucional que envió al Congreso nuestra querida presidenta de México, la Dra. Claudia Sheinbaum Pardo, fue la de igualdad sustantiva: elevó a la Constitución que a trabajo igual corresponde salario igual y obligó a que la justicia se imparta con perspectiva de género. La primera decisión de la primera Presidenta fue para nosotras.

El cambio también se mide en los laboratorios. En seis años, la presencia de investigadoras en el Sistema Nacional creció más de 60 por ciento: pasamos de 11 mil 504 a 18 mil 445 científicas mexicanas. Hasta el nombre del sistema tuvo que cambiar, porque la realidad ya no cabía en el masculino. Cuando una niña ve a una mujer con bata, deja de preguntarse si puede y empieza a preguntarse cuándo.

No todo está ganado, y decirlo también es honestidad. Las mujeres somos 54 por ciento de la matrícula universitaria del país, pero apenas una de cada tres estudiantes de carreras de ciencia, tecnología e ingeniería. En inteligencia artificial la proporción es todavía menor. Ahí está la frontera que falta por conquistar, porque quien no participa en el diseño de la tecnología termina obedeciéndola.

Y está el campo, donde las mujeres sostienen mucho más de lo que poseen. Son la mitad de la población rural y 43 por ciento de la mano de obra agrícola, pero sólo una cuarta parte de los títulos sobre la tierra lleva su nombre. Por eso importa que más de 667 mil productoras reciban hoy Producción para el Bienestar y que se hayan simplificado los requisitos para acreditar la posesión de su parcela. En Zacatecas, más de 36 mil mujeres reciben ya la Pensión Mujeres Bienestar: un ingreso propio que reconoce toda una vida de trabajo que nunca nadie pagó.

Como mujer y como zacatecana, tengo claro que estos avances no se defienden solos. Hoy recorro los 58 municipios de Zacatecas y en todos encuentro lo mismo: mujeres que ya no piden permiso. Mujeres que producen, que compiten, que investigan, que curan, que enseñan y que sostienen a sus comunidades cuando nadie más lo hace. Ninguna de ellas pidió que le regalaran nada: pidieron que no les estorbaran el camino.

Cada una de esas cifras tiene rostro, apellido y horario. Detrás del oro hay madrugadas de entrenamiento; detrás de la investigadora, años de aulas prestadas; detrás de la productora, una parcela que trabajó sin escritura durante décadas. Es tiempo de mujeres no es una frase para los discursos: es una cuenta pendiente que este país por fin comenzó a pagar. Y se paga en la escuela, en la parcela, en el laboratorio y en el podio, hasta que ninguna mujer tenga que demostrar dos veces lo que es capaz de hacer.

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