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Oposición de utilería

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Por: JUAN BECERRA ACOSTA •

Hay una palabra que la oposición en México pronuncia con devoción casi religiosa: democracia, pero no parece conocer su significado. Los hemos escuchado invocarla en tribuna, estamparla en desplegados, usarla de escudo cuando Morena avanza una reforma, siempre bajo la acusación de que esa misma democracia estaría en riesgo.

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Vaya usted a saber qué entienden por democracia; tal vez sus ejemplos sean las elecciones de 1988 o de 2006. ¿Será que de tanto proferir en vano la palabra democracia, el PRI y el PAN adoptaron su significante como significado?

¿Será para ellos democracia el fraude contra Almazán en 1940?, cuando el gobierno declaró la victoria de Manuel Ávila Camacho con el 93 por ciento de los votos tras una jornada electoral marcada por la violencia y el robo de urnas. O la compra masiva de votos con Monex en 2012, o la represión a los henriquistas en 1952, o la “caída del sistema” de 1988, o el fraude de 2006 y con él la ruptura de la confianza en las instituciones democráticas. ¿O simplemente no asumen que la decisión soberana de una mayoría que los convirtió en oposición sea democracia?

Acusan falta de democracia, pero se lamentan porque son los ciudadanos quienes eligen en urnas a los representantes del Poder Judicial. “No tienen la capacidad” dicen, e intentan a como dé lugar boicotear un proceso de participación ciudadana, en lugar de proponer mejoras que le son necesarias.

Las elecciones de 2018 en México canalizaron el descontento social a través del voto masivo que mandató una transición pacífica, misma que –también democráticamente– se reafirmó en 2024 y consolidó la confianza ciudadana en las urnas como el único método legítimo de acceso al poder.

La reforma constitucional de 2019 consolidó la paridad de género obligatoria en los tres poderes del Estado y en los órganos autónomos, lo que abrió el camino para alcanzar, por primera vez, congresos totalmente paritarios y la elección de Claudia Sheinbaum como la primera mujer Presidenta de México.

El PRI arrastra, además de un pasado que nadie quiere resignificar, un problema no sólo electoral, sino existencial: no ha logrado definir qué representa en el México de hoy; parece haber colocado en el olvido selectivo el lugar de donde viene y las atrocidades cometidas; intenta evadir el repudio que produce el escuchar sus siglas, en una respuesta colectiva que ya es un asunto de identidad nacional; finalmente se dirige a su propia antropofagia ante la imposibilidad de encontrar el anhelado hueso que roer, teniendo que devorarse a sí mismo por su voracidad.

Por su parte, el PAN pierde cada vez más coherencia ideológica y no logra conectar con nuevas generaciones mientras desencanta con las viejas, en mucho por haber construido una alianza con el PRI, que diluyó por completo su ideología y coherencia. Sus mecanismos de afiliación exprés y digitales no han funcionado debido, dicen algunos, al bloqueo de liderazgos locales conocidos como “padroneros” que controlan el padrón para imponer candidatos y cuotas de poder.

El partido que se hace llamar joven, el de “la nueva política”, Movimiento Ciudadano, convierte la ambigüedad en estrategia y se ve a sí mismo más como una marca que como una organización política. Entre los tres partidos de oposición, ninguno ofrece lo único que importa: un proyecto de nación. Por ello la encuesta de El País-Enkoll de finales de 2025 muestra una oposición fragmentada, incapaz de disputar prioridades ni imaginar un futuro distinto.

Como el hueso cada vez está más difícil de encontrar en partidos de oposición –a lo que se suma el “cascajo” que ya ni PAN PRI o MC quieren recoger–, hay intentos de construir nuevos partidos, algo que a pesar de lo caro que salen no sería una mala noticia si en verdad se tratara de nuevas opciones.

Lamentablemente están lejos de eso; son las mismas caras de siempre con los mismos intereses de antes, pero con un nuevo logo; es decir, una especie de reunión de ex alumnos donde todos se conocen las mañas, pero ahora buscan cobrar con otra sigla. Y no es que no tengan convicciones, tienen tantas que les alcanzan para estrenar una diferente en cada periodo electoral. Son tan innovadores que su propuesta de cambio consiste en los mismos personajes que provocaron el problema, pero ahora con una playera de distinto color.

Si alguien opera para asfixiar la democracia en México es la oposición. Su carencia de proyecto no defiende la libertad e impide contrapesos y equilibrios. Se centran en el chantaje político y el rechazo sistemático al tiempo en el que, sin agenda propia, se desconectan de la gente para defender justo aquello que los llevó a la derrota.

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