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La cuarta herida: teatro y ciencia ficción en Zacatecas

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Por: La Gualdra •

La Gualdra 722 / Teatro

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Por Armando Navarro

 

Para Paulina,

por llevarme al teatro

 

El Teatro Ramón López Velarde se convirtió de pronto en un portal hacia el futuro. El escenario nos mostró un Zacatecas posible, anclado en el porvenir. Los espectadores, aferrados al espacio liminal de nuestras butacas, reconocimos la ciudad enseguida. A nuestras espaldas estaba la vida que habitamos a diario, pero frente a nosotros se erigía una pesadilla hecha de capital, abandono, coerción y soledad. Sin embargo, la escena también dejó espacio para la esperanza. 

La cuarta herida es una pieza zacatecana de teatro, en todos los niveles posibles. Su autor y director, Horacio Rodríguez Contreras, ha desarrollado aquí su trabajo de escritura y cine. En la obra, además, Zacatecas funciona como un espacio onírico y vital: las avenidas son las mismas, la cantera y los cerros siguen ahí, pero resultan extraños, amenazantes. En las calles del Centro Histórico, un grupo de adictos escucha a su proveedor, el Paletero: el gracioso del teatro del Siglo de Oro ha mutado aquí en un tecnólogo nostálgico y fársico. Es él quien nos introduce en este Zacatecas distópico y abandonado. Corre el año 2107. Se cumplen treinta años de la primera y única visita extraterrestre a la Tierra. A la brutal impresión de nuestra no unicidad en el universo, se sumó el abandono definitivo de nuestros semejantes interplanetarios. Esa alteridad se ha sustituido con inteligencias artificiales cada vez más racionales, eficientes y humanas, en el peor sentido posible. 

Valeria y Camila viven juntas. La primera (interpretada por Paulina Trejo) es una exitosa ejecutiva, propietaria del departamento que comparten. La segunda (encarnada por Andrea Valle) es una joven desprotegida y enferma, acogida por Valeria. El hogar es controlado y administrado por Lucía, una IA que busca optimizar todo lo posible sus funciones. Ambas mujeres deambulan y conviven en la casa. La inteligencia artificial aparece en ocasiones como un voice over, y en otras interpretada por Valeria Ortiz, una joven actriz magnética que llega a parecer un bufón o un demonio. 

Camila, desempleada, enferma y masturbadora compulsiva, necesita un tratamiento costoso para recuperarse. Pero aunque se someta a él, su resultado no está garantizado. Lucía, por su parte, insiste en que se pague su actualización: así su funcionamiento será óptimo y permanente. Valeria recibe un jugoso bono extra por los buenos resultados en su trabajo. En la junta de notificación, ella dice que aún tiene esperanza en el futuro de la Tierra. Esa esperanza también está depositada en Camila. Valeria decide pagar el tratamiento, pero Lucía está decidida a impedirlo: ¿qué sentido tiene salvar a una joven moribunda, irascible y onanista, que no produce ni consume?, ¿no es mejor actualizar una máquina de eficiencia, productividad y organización? 

La inteligencia artificial decide llevar a su contrincante al suicidio. El horror que ejerce no proviene de un tormento explícito y directo, sino de la manipulación de la publicidad, las noticias y la música que dispone para Camila: en las pantallas ya no hay pornografía alien ni anuncios de consoladores, sino comerciales y noticieros grises, mandatos de consumo y tristeza. El final es desolador y, aun así, arroja un poco de luz: estamos solos, en efecto, pero la soledad y la herida pueden compartirse. 

Con La cuarta herida, Horacio Rodríguez Contreras presenta un análisis doloroso y brillante sobre el capitalismo, el desamparo y el amor. La voz de Lucía es aterradora, sí, pero el pavor no proviene de su ser tecnológico, sino de un discurso muy humano y localizable sobre la utilidad y el valor en el mundo contemporáneo. No es necesario viajar al Zacatecas de 2107 para constatarlo. Camila vive a través del cuerpo: es un organismo que sufre, se arrastra y goza; una entidad orgánica en cuyas fibras podemos reconocer lo más falible y vivo de nosotros. Valeria encarna una dimensión humana cada vez más escasa en la realidad: la capacidad de perder, de desasirse del triunfo y la acumulación, de inaugurar con ello la dimensión rota y frágil que nos coloca en la posibilidad de amar. 

La sola existencia de La cuarta herida, me parece, es un milagro. Un grupo de jóvenes zacatecanos se reunió para dar vida a un universo rabioso y conmovedor, no muy distinto del nuestro. El trabajo de Rodríguez Contreras, desde el papel hasta la escena, es una proeza dramática y técnica que sólo puede explicarse a través de sus riesgos. Si aún existe Zacatecas en 2107, La cuarta herida servirá a aquellos pobladores para apreciar un espejo quizá no tan torcido de sí mismos. 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_722


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