La Gualdra 722 / Libros
Por Aída Chacón-Castellanos
La primera vez que vi Reservoir Dogs, de Quentin Tarantino, me pareció una película impresionante debido a la simpleza y, al mismo tiempo, complejidad del guion. Ahora bien, con un presupuesto bastante ridículo para una producción hollywoodense, y escandaloso para una filmación independiente, el director logró equilibrar lo mejor de dos mundos y realizó una obra que pasaría a la historia como todo un hito. El guion era simple puesto que es una historia minimalista: unos delincuentes profesionales planean un robo, el robo sale mal, se reúnen para discutir qué salió mal y sospechan de un traidor. En la estructura el guion se hace más complejo porque los saltos temporales mantienen al espectador al filo del asiento, atento al más mínimo detalle. Además de esto, el robo nunca sale a cuadro, así que las acciones de la narración se limitan a la reunión posterior al atraco fallido y los recuerdos de los momentos de planeación. Con esos saltos el director nos presenta los rasgos de carácter de cada personaje, así como los temas más profundos que se abordan en la cinta como la traición y la lealtad. Esta película, además, contiene momentos de reflexión profunda y otros hilarantes. En resumen, después de todo, me parecía una película en la que todos — tanto mafiosos como los guardianes del orden— pierden la partida por engreídos y confiados.
Cuando leí Perras de Reserva (2023), de Dahlia de la Cerda, me pareció una obra muy superior, aunque sé que está escrita en un lenguaje muy distinto al cinematográfico y no tendría por qué confrontarlas. Sin embargo, la evidente referencia hacia la obra de Tarantino me permitió establecer esa comparación en la que De la Cerda sale ganando. Con el vuelco de género expresado en el título, la autora plantea un universo totalmente distinto y aunado a eso, la arrogancia que termina ahogando a los perros de reserva se esfuma y —en un giro de 180°— la autora muestra cómo la astucia puede hacer que los personajes femeninos de los relatos que conforman esta novela salgan victoriosos. Quiero pensar que la intertextualidad quedó muy clara para la generación de los ochenta y que eso fue evidente con el éxito de Los Simpsons: empezamos a buscar —y a encontrar— en todas partes los subtextos que nos permitieran entrelazar los distintos lenguajes de la vida misma; a partir de ello la usamos con más intención para reescribir(nos) en distintos registros y espacios, para resignificar(nos) y dignificar(nos). Así es la novela de Dahlia.
La poética de la autora pone al lenguaje como protagonista. Se retrata en la historia el registro léxico de mujeres de diversos estratos sociales, con distintas historias que, en muchos casos, las hacen converger. Lo que une a todas ellas es que son personajes que se apropian de su historia y no juegan roles de víctimas, sino de mujeres cuya fe está en sí mismas y sus habilidades para sobrevivir en el mundo que las rodea. Hay una continua reivindicación del sentido barrial, un cuestionamiento constante sobre el papel de las mujeres en distintos espacios sociales e incluso las muertas y desaparecidas pueden contar su historia. En este libro encontramos violencia en sus diversísimas expresiones: estructural, de género, patrimonial, etc., de hecho, es la violencia el hilo conductor de la historia. Es a través de ella que las voces de estas mujeres se relacionan y se pueden escuchar con claridad.
Este libro es una segunda edición que se integra a partir de trece relatos que, originalmente, fueron tomando forma de manera independiente, lejos uno del otro en el tiempo, pero unidos por una poética de la violencia. En 2023 y después de un largo camino, quedó esta edición final a cargo de la editorial Sexto piso. Entonces, se preguntará el lector, ¿son cuentos o es una novela? Me parece que, aunque nacieron como cuentos, terminaron conformando una novela coral que turna democráticamente las voces de prostitutas, brujas, nepobabys, amas de casa y que, además, no queda un solo cabo suelto. En esta novela nada es gratis —de ahí que también pude compararla con el cine de manera tan natural— toda acción está cubierta, no hay dudas, no hay espacios vacíos para el lector. Debo decir que fue un elemento que me hizo sentirla como fascinante, pues en numerosas ocasiones, al mirar una película o serie, me quedé pensando en qué habría pasado con tal o cual personaje que nos presentaron y cuyo desenlace no se vio después.
Finalmente, la presencia de la música popular dota a la novela de ritmo y sonoridad. Cada personaje muestra su identidad a través de la música. De la Cerda dialoga con otras autoras de su generación con las que claramente comparte una educación musical —como si la vida tuviera su propio soundtrack—, así que un popurrí de géneros, estilos musicales, canciones y versos se encuentra perfectamente distribuido a lo largo de la historia.
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