spot_img

Dos sistemas a la deriva: Fjord, de Cristian Mungiu

Más Leídas

- Publicidad -

Por: SERGI RAMOS •

La Gualdra 721 / Desayuno en Tiffany’s, mon ku / Cine

- Publicidad -

El rumano Cristian Mungiu se llevó su segunda Palma de Oro en el Festival de Cannes con Fjord. El realizador deslocaliza la habitual ubicación en su país de origen, trasladándola a Noruega. Un viaje del sur al norte de Europa, eligiendo un país que es citado como un modelo de democracia por los defensores del estado del bienestar en todos los debates políticos del viejo continente.

 

Dos sistemas frente a frente

Mihai y Lisbet Gheorghiu, un matrimonio rumano-noruego, junto con sus cinco hijos, se mudan a vivir a Noruega después de unos años pasados en Rumanía. Los Gheorghiu, interpretados por Sebastian Stan y Renate Reinsve, aquí casi irreconocibles, son una familia numerosa que practica un evangelismo estricto. 

Un día, la profesora de gimnasia descubre unos moretones en los hombros de la hija mayor, cuyo origen Mungiu deja sin resolver, y toma la decisión de poner en marcha el protocolo de protección de la infancia. A las pocas horas, el estado retira a los Gheorghiu la custodia de sus hijos y los confía a familias de acogida. 

A partir de ahí, la película pone frente a frente dos sistemas, las rigoristas creencias de la familia, que se autoriza a repartir alguna zurra, y el implacable mecanismo de la justicia noruega, que bajo el argumento de la protección de la infancia no duda en hacer estallar el núcleo familiar. Más allá, establece la incompatibilidad y la incomprensión de dos sistemas culturales distintos, el rumano y el nórdico hasta sugerir una cierta xenofobia e intolerancia.

 

Elegir a su espectador

Mungiu construye una película de tesis, al desmenuzar los dos sistemas y sus férreas lógicas, pero también juega con las emociones del espectador, al centrarse con detalle en el sufrimiento de la familia. RMN, su anterior largometraje, construía una trama alrededor de la inmigración para dejar al final que se expresaran todas las voces, desde las más progresistas hasta las más xenófobas, en un espacio de discusión que tenía más de dispositivo cinematográfico que de posibilidad real de diálogo y compromiso. 

En Fjord, esta observación entomológica, aparentemente equidistante de los dos polos estudiados, está en realidad dirigida a un espectador concreto, el progresista que debe relativizar la eficacia de los sistemas de protección, para cuestionar sus propias creencias y percibir sus posibles derivas, procediendo a una crítica del wokismo

Sin embargo, al poner toda la carga emocional en la familia, parece dejar de lado el hecho de que los otros espectadores, cada vez más numerosos, los que adhieren a las tesis ultras, tomen al pie de la letra la desgracia a la que se ve sometida la familia para justificar el ya bien iniciado desmembramiento del estado de bienestar.

 

Ironía mística

La puesta en escena retoma algunos rasgos característicos de Mungiu, en particular en su arte para hacer dialogar y crear tensiones en el espacio doméstico, a través un montaje y una composición rigurosos y transparentes. Pero también incluye algunas metáforas visuales, como por ejemplo los aludes de nieve que se ciernen sobre los edificios del pueblo, cuya solidez ha sido pensada para contener esas catástrofes. 

También, con cierta ironía, cuando los hijos adolescentes, que han iniciado una amistad con su vecina noruega, deciden hacer una escapada saltando por el balcón, con un ángulo de cámara que multiplica la distancia real con el suelo hasta convertirlo en un salto del ángel. O en la secuencia final, en la que le da un nuevo giro al misticismo. Los jóvenes, parece querer decir, son los únicos capaces de superar los conflictos culturales de cuya herencia son las principales víctimas. 

 

 

- Publicidad -
Artículo anterior

Noticias Recomendadas

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Últimas Noticias

- Publicidad -
- Publicidad -