El maíz nació aquí, en Mesoamérica, hace más de siete mil años. Sin embargo, el país que le dio origen depende hoy del grano importado de Estados Unidos para alimentar a su población y a su ganado. Mientras el agricultor mexicano lucha por cubrir los costos de la siembra, su contraparte estadounidense exporta toneladas de maíz subsidiado, mecanizado y vendido por debajo de su costo real. Esa es la paradoja que refleja la historia reciente del campo mexicano: un país agrícola que se volvió dependiente del exterior en su propio alimento esencial y lucha por recuperar su soberanía.
Subsidios millonarios al norte, apoyos modestos al sur
De acuerdo con el Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA) y el portal de datos USAFacts, los agricultores norteamericanos recibieron en 2024 más de 20 mil millones de dólares en subsidios, de los cuales el maíz concentró alrededor de 3.2 mil millones, equivalente a 30 por ciento de todos los apoyos federales agrícolas (usafacts.org). Estos subsidios -seguros de cosecha, precios de referencia, créditos preferenciales y subvenciones al etanol- permiten que los agricultores de los Estados Unidos de América (EUA) puedan vender su maíz por debajo del costo de producción, sin perder rentabilidad.
“En términos simples, el Estado estadounidense garantiza la utilidad del productor de maíz, incluso cuando el mercado mundial cae”, explica el investigador José Luis Calva, del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM. En México, la situación es opuesta. El principal programa federal, Producción para el Bienestar, otorga apoyos de entre 6 mil y 24 mil pesos por productor al año, dependiendo de la superficie y el tipo de cultivo (programasparaelbienestar.gob.mx). La diferencia es abismal, mientras un productor estadounidense recibe ayuda por tonelada o por pérdida, el campesino mexicano recibe un pago único que apenas cubre parte del costo de los fertilizantes.
La brecha tecnológica que brinda 12 toneladas contra 4
El rendimiento del maíz sintetiza la desigualdad. Según la Purdue University y el USDA, en Estados Unidos el rendimiento promedio nacional es de 10 a 14 toneladas por hectárea, mientras que en México es de 3.8 toneladas, y en regiones de temporal puede caer hasta 2 (agry.purdue.edu). “Más del 60 por ciento de los productores de maíz en México siembran sin riego y con tecnología básica; no tienen acceso a semillas híbridas o maquinaria”, advierte Víctor Suárez Carrera, exprofesor de Chapingo y actual subsecretario de Autosuficiencia Alimentaria de la Sader.
La Universidad Autónoma Chapingo y el Colegio de Posgraduados (Colpos) han documentado que esta diferencia en rendimiento obedece a la falta de tecnología, sistemas de riego, escasez de crédito agrícola y mínima inversión en innovación pública.
Tecnificación y uso eficiente del agua para fortalecer la producción de maíz
El productor Silverio G. López García consideró que la tecnificación del campo debe ser el eje central para fortalecer la producción de maíz, tanto forrajero como de consumo humano. Señaló que no puede hablarse de un aumento real en la producción sin garantizar primero el acceso al agua mediante presas, pozos y distritos de riego.
Recordó que México sigue dependiendo de la importación de millones de toneladas de granos, pese a que las semillas mejoradas ofrecen mayores rendimientos por hectárea frente a las nativas. Sobre los programas de fertilizantes, pidió que los apoyos se dirijan a quienes realmente los necesitan y se evite su uso con fines clientelares o electorales.
López advirtió que el precio del maíz incide directamente en el costo de las carnes y el huevo, por lo que es urgente una política integral que impulse la sanidad, la inocuidad y la trazabilidad de los alimentos. “Solo así podremos aspirar a dejar de comprar y comenzar a vender nuestros productos al mundo”, concluyó.
Dumping y el fracaso del libre mercado
Desde la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en 1994, México eliminó los aranceles al maíz estadounidense. El resultado: las importaciones crecieron más de 400 por ciento en una década. El Institute for Agriculture and Trade Policy (IATP) calculó que, entre 1997 y 2005, el maíz estadounidense se vendió en México con un dumping promedio del 19 por ciento, es decir, por debajo de su costo real de producción (iatp.org).
“Eso arrasó con el mercado interno. Los productores nacionales no podían competir con un maíz que llegaba más barato que producirlo”, señala Ana de Ita, del Centro de Estudios para el Cambio en el Campo Mexicano (Ceccam). Entre 2000 y 2010, más de dos millones de campesinos abandonaron la producción por la caída de precios, según sus estimaciones.
Costos estructurales: el caso de Zacatecas y Sinaloa
Los costos de producción por hectárea muestran otra arista de la desigualdad, en Sinaloa, el principal estado productor de maíz blanco, el Fideicomiso de Riesgo Compartido (FIRA) reporta costos de alrededor de $52,901 MXN por hectárea, con rendimientos esperados de 12 toneladas y precios de venta de $5,582 por tonelada, lo que deja una utilidad estimada de $14,083 MXN/ha
En Zacatecas, en cambio, los productores de temporal enfrentan costos de entre $35 mil y $40 mil pesos por hectárea, con rendimientos mucho menores -entre 2 y 4 toneladas-, lo que deja márgenes prácticamente nulos o incluso negativos en años de sequía.
El investigador Gonzalo Flores, de la Universidad Autónoma Chapingo (UACh), advierte que “el diferencial de productividad y costos entre Sinaloa y el altiplano seco de Zacatecas refleja la ausencia de una política nacional de fomento a la autosuficiencia: mientras unos pocos estados exportan, la mayoría apenas sobrevive”.
El maíz barato como instrumento de poder
“Estados Unidos no vende maíz barato porque sea más eficiente, sino porque su sistema está diseñado para ganar”, resume un informe reciente de la Universidad Autónoma Chapingo. La combinación de subsidios públicos, economía de escala y control tecnológico ha convertido al maíz en un arma económica y política: un producto capaz de influir en precios internacionales, alterar mercados y debilitar la autosuficiencia de países vecinos.
Para México, el dilema es claro. El maíz que llega de Iowa o Nebraska es más barato, pero cada tonelada importada representa una pérdida de soberanía alimentaria, una hectárea menos cultivada en el país del maíz. Y mientras el campesino zacatecano mira el cielo esperando lluvia, los agricultores del Medio Oeste cosechan con precisión satelital. La brecha no es natural: es política, económica y, sobre todo, histórica.
Acuerdos temporales incluyen apoyo de 950 pesos por tonelada de maíz
Por parte del Gobierno de México, en la conferencia de prensa del 29 de octubre, se anunció el acuerdo con productores de maíz de Jalisco, Guanajuato y Michoacán para otorgar un apoyo de 950 pesos por tonelada, con un límite de 200 toneladas por productor, informó la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (Sader).
El convenio beneficiará a 20 mil productores, que en conjunto representan 1.4 millones de toneladas. Además, se ampliará el programa Crédito Cosechando Soberanía, con una tasa de interés anual de 8.5% y seguro agropecuario, y se creará el Sistema Mexicano de Ordenamiento de Mercado y Comercialización del Maíz para establecer precios de referencia y eliminar intermediarios.
La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo anunció que el próximo año se presentarán apoyos adicionales para pequeños productores del sur-sureste que cultivan maíz nativo, con el fin de conservar la biodiversidad y riqueza cultural del país.



