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domingo, 22 mayo, 2022
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En qué momento se perdió la confianza

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Por: P. Aurelio Ponce Esparza • admin-zenda •

Llegó y pasó el Buen Fin, este año con mucho menor entusiasmo que años atrás, lo que intentó ser una copia del famoso viernes negro americano se ha convertido en un fin de semana opaco y sin mucho que hacer, por más que el gobierno lo establezca cuando hay fin de semana largo y se adelanten los aguinaldos, al parecer algo no está funcionando. Si lo vemos desde el punto de vista económico podemos argumentar la crisis financiera que padecemos, la caída del peso frente al dólar o la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos y la incertidumbre que está generando. Sin duda que son causas reales.

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Pero a mí se me antoja una razón mucho más profunda. Creo que el fracaso de esta estrategia mercantil radica en que nos hemos perdido la confianza. Los ciudadanos de este país ya no confiamos, ni entre nosotros, ni a las instituciones ni mucho menos al gobierno; y es que como reza el refrán popular, fruto de la sabiduría campirana: “La burra no era arisca, la hicieron”. Resulta peculiar  que las grandes tiendas departamentales tengan que anunciar que sus precios han sido revisados por notario público a fin de garantizar que no hubo aumento de precios para luego ofertarlos, pues de ser así  se trataría de una simulación y por tanto de un verdadero fraude.

La gente simplemente no confía, duda de que se traten de verdaderas ofertas y más bien existe la concepción generalizada de que los comerciantes inflan previamente los precios para luego simular descuentos. Yo no estoy acusando a los empresarios y comerciantes, simplemente señalo lo que considero la razón de fondo de porque el Buen Fin ya no es tan bueno. Es verdaderamente lamentable que hayamos perdido la confianza, que no podamos creer en nosotros mismos ¿en qué momento dejamos que esto pasara?

Dejar de confiar en nosotros es algo realmente grave, significa que hemos perdido la capacidad de ver la bondad que naturalmente existe en los seres humanos, ya no creemos en la honestidad, hemos dejado de buscar la verdad, ésta se ha convertido en un bien de lujo al que ya no tenemos acceso; todo esto nos vuelve desconfiados, inseguros, violentos, porque pensamos que para sobrevivir en esta jungla es necesario estar a la defensiva, pues de no hacerlo se corre el riesgo de sucumbir frente a los abusadores.

No estamos seguros de que los productos naturales realmente lo sean, no creemos que la mujer que pide limosna en la calle de verdad lo necesite, desconfiamos del taxista, vemos con recelo al vendedor, al prestador de servicios, preferimos pagar por la garantía de un producto a confiar en la calidad del mismo y en la honestidad de quien lo vende, la firma de contratos se hace absolutamente necesaria y obligatoria en los trámites más insignificantes.

Esta lamentable realidad no es fruto de la casualidad ni apareció simplemente así, de la nada, es el resultado de todo un proceso de descomposición que vive nuestra sociedad mexicana. En nuestro país encontramos síntomas de descomposición avanzada; esta triste realidad nos ha llevado a esta situación de absoluta desconfianza. México tiene algunos vergonzosos y dolorosos primeros lugares; según datos de la OCDE ocupamos el primer lugar en tráfico infantil, en abuso sexual infantil, en producción de pornografía infantil; primer lugar en mujeres desaparecidas para ser prostituidas, en secuestros, en embarazos de adolescentes; somos el país más corrupto, ocupamos el primer lugar en impunidad, sólo se castiga 1.0% de los delitos.

Entre la lista de los más buscados, al lado de narcotraficantes como el “Chapo” está la foto de exgobernadores prófugos, por quienes se ofrecen cuantiosas recompensas. Cada día salen a la luz las terribles corruptelas de los exgobernadores de Veracruz, Quintana-Roo, Chihuahua, Sonora. Actos verdaderamente vergonzosos e indignantes. Claro que el uso de esta información tiene una carga política tremenda, el golpeteo de los medios de comunicación no es a favor de la verdad, sino en atención a intereses económicos y políticos; pero aún así, no deja de ser triste y lamentablemente terrible que esto haya pasado y siga pasando en nuestro país.

Tenemos motivos suficientes para tener desconfianza, para dejar de creer, para estar a la defensiva; sin embargo, no es posible seguir por este camino, no vale la pena. No dejemos que una pandilla de ladrones y corruptos nos robe la esperanza y la capacidad de creer, de buscar la verdad, de ser felices. Somos mucho más que eso, veamos dentro de nosotros mismos y recuperemos la fuerza y el valor para transformar este panorama feo y gris. El mal no tiene la última palabra en nuestra vida. ■

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