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martes, 28 junio, 2022
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El joven Viejo de Agua

■ Relatos del ombligo

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Por: JUAN BECERRA ACOSTA •

No hay árbol en México que nos identifique más que el ahuehuete, tenemos otras especies, sin duda, pero sólo el Viejo del Agua nos significa tanto más allá de sólo ser una especie vegetal; posee significados místicos, históricos, patrios y hasta religiosos. A los ahuehuetes vamos a bailar y con ritmo pedir un milagro, son testigos del pasar de los siglos y, con ellos, de las vidas de quienes hicieron para que nosotros estemos. Bajo sus frondosas ramas nuestros enemigos lloraron ante la derrota, son símbolo de una resistencia que hoy continúa y, alrededor suyo, se suman nuevos símbolos que nos identifican pues es justo un ahuehuete quien remplaza a la vieja palma de Reforma, un árbol joven con viejos significados que transforma la fisonomía de la Ciudad de México y que nos lleva a lo más recóndito de nuestras querencias mientras construimos el futuro que forjamos y no el que se nos quiere imponer.

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Tezozómoc, señor de Azcapotzalco, gobernó a los tepanecas que dominaron al Anáhuac; nació en cuna de oro pues su abuelo fue el rey chichimeca Xólotl; ascendió al poder cuando tenía 26 años y, al ser heredero de una importante dinastía, decidió que aún mejor que pasar a la historia como un junior precolombino debía forjar la suya propia. Bajo su mando Tenochtitlan se fundó y, vasalla de los tepanecas, comenzó a desarrollarse. Mandó a plantar ahuehuetes por todos los dominios que conquistó y con ello dotó de sombras sabias a Coyoacán, Tacuba, Tlatelolco, Chimalhuacán, Culhuacán, Tepozotlán y, por supuesto, Azcapotzalco.

Antes de que del otro lado del mundo llegara el buey que con el arado sustituyó a la chinampa, y cuando todavía no ponían sus pies sobre suelo mexicano aquellos que cruzaron los mares para encontrar tierra y desecar el agua de los lagos para conseguirla, los antiguos mexicanos no conmemoraban los sucesos importantes con monumentos, como lo hacemos nosotros, sino con la siembra de un árbol que de preferencia fuera un ahuehuete, pues el viejo de agua es sagrado y ceremonial y, al encontrarse generalmente a la orilla de un río, manantial o lago, su existencia es señal inequívoca de que alrededor suyo hay agua, por lo tanto vida.

En 1460 se reconoció a Tepozotlán como un altépetl, ciudad-Estado con independencia propia, hecho que mereció ser marcado para las generaciones posteriores por lo que Quinatzin III –su primer gobernante– mandó a plantar un ahuehuete que hoy se llama, por alguna razón que muchos no acaban de comprender, Lanzarote –igual que aquel personaje de la Mesa redonda que tan poco tiene que ver con el valle de México–. Aunque los vecinos conocen su nombre prefieren llamarlo El Viejo del Agua y con ello traducir la palabra ahuehuete del náhuatl al español. Con 560 años de edad todavía da sombra a las personas que alrededor de su tronco se dan cita para esparcirse en días de campo, y es uno de los muchos ahuehuetes a los que los capitalinos podemos acudir para que ese viejo de agua nos dé consejo.

A Tezozómoc se le reconoce, entre mucho más, porque sabía recibir consejos, como tenía claro que su linaje provenía de las hermosas tierras que hoy conocemos como Michoacán –lugar de ahuehuetes– y que la sombra de los viejos de agua son buenas consejeras, mandó traer ejemplares y semillas para plantarlos. En Azcapotzalco varios de los ahuehuetes sembrados por Tezozómoc continúan vivos, se dejan tocar, oler, sentir y hasta escuchar. De 200 de ellos que hay en tierra chintolola uno es el consentido de los pobladores, quienes saben que representa un símbolo ancestral que es testigo de lo que los libros de historia marcan en sus páginas y también de lo que, aunque en ellas se obvió, permanece en el imaginario colectivo desde los abuelos de nuestros abuelos; se trata del ahuehuete del pueblo de Santa Catarina, primo del Árbol del Tule en Oaxaca y del árbol de la Noche de la Victoria en el que Cortés lloró después de haber sido derrotado por los mexicas.

Al ahuehuete de la Noche de la Victoria, también al sembrado en Palacio Nacional como homenaje a los muertos por covid19 –regalo del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra de Atenco–, y a los de Azcapotzalco, se suma hoy el ahuehuete de Reforma que, sin importar los lamentos de los agoreros, se adapta a su nueva ubicación y con ello es muestra viva del triunfo de una resistencia cuyas raíces son más fuertes que cualquier plaga y que suma nuevos significados que enriquecen la identidad de quienes al reconocer nuestro pasado no queremos regresar a él.

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