Al filo del aguamiel: Ramón López Velarde y los zacatecanos

Al filo del aguamiel: Ramón López Velarde y los zacatecanos

Esta es la historia del agua dulce, aguado, mudo, que llamamos aguamiel. Tiene color áureo claro como el oro, pero se transforma en albo cuando camina el sonoro sol. El hombre náhuatl disfrutó del fermento llamado pulque y nosotros lo preferimos pasado también. Si el ardiente fuego lo quema con su flama, lo transforma en suprema bruna miel. Aunque en otras partes no se beba la médula del maguey, en Zacatecas se prueba como si fuera nueva breva. Por lo tanto, esta no es una historia cualquiera, sino la de “el poeta nacional” y de la gente nacida en el soberano Zacatecas que degustó y degusta del elíxir emanado del suave grave agave, el aguamiel. 

Ramón López Velarde estaba orgulloso de ser zacatecano. Ahí admiraba los campos de maíz con desliz, a las codornices volando como emperatrices y a la vendedora de chía proveyendo semillas con alevosía. En ese estado aprendió que “El Niño Dios (nos) escrituró un establo / y los veneros de petróleo el diablo”. Por eso, cuando visitaba Jerez, su pueblo natal, solía ir a misa matutina al Santuario de Nuestra Señora de la Soledad y a la Parroquia de la Inmaculada Concepción. Posteriormente, pasaba horas contemplando a las muchachas en los atrios de las iglesias, en el jardín principal, en el Edifico de la Torre y en el Jardín Grande. En cada una de ellas, buscaba a Fuensanta. Obviamente, para no colgarse del calor que le hacía huir del amor, sobrellevaba las mañanas soleadas bebiendo aguamiel. Ese líquido sagrado del maguey encendía su tibio corazón para seguir buscando una mística boca. La estrategia del poeta, era pues, ablandar el calor con sorbos nacidos en los cogollos que no encontraba en los perifollos. 

Aprovechaba también la cercanía de Jerez con la ciudad de Zacatecas. De cuando en cuando iba a misa a la actual Catedral Basílica de la capital del estado. En la ciudad practicaba el mismo rito: oír misa, beber aguamiel, buscar a Fuensanta y desplegar su pasión por la poesía para alejarse de la apostasía. Al igual que Jerez, Zacatecas lo envolvía en la lujuria por la escritura. Su grafomanía se acrecentaba al contemplar el estilo churrigueresco de la catedral que está labrada con cantera rosada. Dicen por ahí, que los repiques de las campanas a medio día, hacían vibrar tenuemente las esculturas, nichos y torres de la fachada principal, pero sobre todo estremecían el ser intelectual del poeta. 

Un día, a la salida de misa, divisó a su amada. Estaba sentada en la escalinata del Teatro Fernando Calderón. Frente de ella, un hombre con un burro le ofrecía un jarro de aguamiel que ella gustosa bebió. López Velarde caminó hacia ella e imaginaba el reflejo de la Plazuela Goitia en los “ojos inusitados de sulfato de cobre”. De súbito, ella caminó hacia los portales, pero él no pudo alcanzarla porque unos perros noctívagos lo rodearon con algarabía. Al sentir la partida de la muchacha, el poeta inhaló y exhaló un suspiro y pronunció… Fuensanta. Más tarde regresó a Jerez y escribió sin distracción: “Humilde te ha rezado mi tristeza / como en los pobres templos parroquiales / el campesino ante la Virgen reza”. Esa noche, su mal crónico y su amor enfermo sucumbió al imaginar el dulce agave que su amada disfrutó.

Así pues, el aguamiel es una bebida que consumió “el poeta nacional” en Jerez y en Zacatecas, tal como se consumió en los tiempos prehispánicos en Teotihuacán, Tulancingo y Tula. Obviamente, los chichimecas, huachichiles y zacatecos también la consumieron y heredaron la tradición hasta nuestros días en el actual estado de Zacatecas. Por eso, el poeta y su amada bebieron aguamiel que vendían los tlachiqueros-aguamieleros en burros cargados de jarros de barro. Afortunadamente, hoy en día todavía es común encontrar aguamieleros con burros deambulando en el centro histórico de la ciudad de Zacatecas con el propósito de vender el preciado bálsamo dorado. 

Para algunos, el aguamiel es solamente la savia extraída del cogollo del maguey y que tiene un sabor dulce. Para nosotros, los zacatecanos, es un néctar que nos regala la madre tierra y con el cual refrendamos el orgullo de nuestro pasado y costumbres ancestrales. Por eso, conservamos la tradición de salir al centro histórico de la ciudad para buscar los burros que cargan la bebida, en el Jardín Independencia, en el Jardín de la Madre, en la Fuente de los Faroles y en los Arcos. Deseamos probar la esencia dada por los dioses prehispánicos. Sabemos que el aguamiel nos permite probar el sabor a tierra-hierva-dulce mientras disfrutamos de la armonía urbana conformada por calles estrechas, edificios de cantera rosada, fachadas barrocas y plazas coloniales. Por lo tanto, la persona que lo bebe, en la ciudad de Zacatecas, experimenta un momento mestizo único porque sus papilas gustativas son receptoras de un néctar indígena mientras que sus pupilas dilatadas contemplan ornamentos europeos en la ciudad. 

Más allá de la capital del estado, el aguamiel es popular en todos los pueblos zacatecanos. Sus habitantes siguen consumiéndolo cotidianamente ya sea crudo (aguamiel), hervido (miel de maguey) y/o fermentado (pulque). Por ejemplo, en el municipio de Juan Aldama todavía hay lugareños que plantan magueyes para consumo privado o para la venta ocasional. Entre ellos se distingue la familia Casio, en el barrio los Casio, porque produce anualmente miel de maguey a través de la cocción del aguamiel. La demanda del producto es mayúscula para la familia porque la gente del pueblo acostumbra comer la miel de maguey con torrejas durante la Semana Santa y la Pascua (las torrejas también son conocidas como torrijas, tostadas francesas, caballeros pobres). Por ende, la miel de maguey tiene una gran relevancia en la gastronomía mestiza juanaldamense y zacatecana. Es decir, en el estado, nadie come una torreja espolvoreada de azúcar y canela como en Europa. Nadie come una torreja con azúcar glas o miel maple como en Estado Unidos. Nosotros, los zacatecanos, la comemos exclusivamente con la miel negra de maguey, y si no es así no es torreja tradicional. 

En suma, el aguamiel es importante para los zacatecanos y también lo fue para López Velarde, por eso lo incorporó en el poema “Suave Patria” como emblema nacional: “y a tus dos trenzas de tabaco sabe / ofrendar aguamiel toda mi briosa / raza de bailadores de jarabe”. En consecuencia, el aguamiel es parte de las riquezas, virtudes y bendiciones de la nación mexicana, de allí la mención del poeta. Por otra parte, los zacatecanos también celebramos ese bien que nos ha dado la tierra. Inclusive lo loamos en nuestras leyendas. Dado que en la capital de estado hay un gran número de leyendas populares, en este siglo nació una nueva: Las mujeres solteras que beban un baso de aguamiel cerca de la escultura de López Velarde, que está en Plaza de Armas, encontrarán el amor verdadero para vindicar los amores frustrados del poeta con Josefa de los Ríos (Fuensanta). 

* Luvia Estrella Morales Rodríguez (USA) también conocida como Luvia Estrella Rodríguez Mendieta (México) es doctora en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Oklahoma y licenciada en Derecho por la Universidad Autónoma de Zacatecas.

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