Seguir en la inactividad: injusticia social y pauperidemia

Seguir en la inactividad: injusticia social y pauperidemia

La vida no se detiene, aun cuando llega un virus mortal las personas deben comer, curarse, pagar deudas, tener luz, agua, drenaje y gas en su casa, etcétera. Es decir, para que una parte de la población pueda estar en casa refugiado del virus, otra parte debe trabajar para que lleguen los alimentos o la electricidad a todo mundo. Los médicos, como es obvio, no pueden dejar de trabajar, y además con altísimos riesgos. Tampoco los responsables de la seguridad o del funcionamiento de la economía, como los servicios financieros, la captación de impuestos, el funcionamiento de gasolinerías que mantienen en movimiento a todo mundo, la distribución de alimentos desde los surcos a los centrales de abasto y a la venta al menudeo.

Y la paradoja es que las personas que podían estar seguros en su casa, recibiendo comida y todos los servicios sin arriesgar el pellejo, al pasar el confinamiento, regresaron a su trabajo sin problemas, mientras muchas de las personas que estuvieron asumiendo el riesgo, quedaron sin trabajo y sin los ingresos esenciales para llevar el pan a la mesa de su casa. En el sector salud es lo más dramático: médicos con base pidieron permiso para no tomar riesgo y los suplentes sin seguridad en el empleo se enfrentaron al peligro a cambio de salarios bajísimos. Y al terminar el aislamiento, el médico suplente sale despedido. Los trabajadores que tienen contratos con seguridad social pudieron retirarse a su casa y los trabajadores informales estaban expuestos y su precariedad se elevó hasta el vacío. Así las cosas, la correlación que se estudió sobre contagio respecto al estrato social, resultó que el contagio adquirió una fuerte marca de clase social. Tanto los estudios sobre profesiones e ingresos, como los que hacen georreferenciación de los infectados, arroja que las colonias pobres tienen 500 por ciento mayor frecuencia de contagio que las ricas. Tanto los efectos económicos de la pandemia, como los sanitarios, se cargan en los más pobres.

Una conclusión que revuelve el juicio justo (y el estómago) es el siguiente: los trabajadores esenciales eran/son desechables y marginales. Con la tercera ola de contagios la dispersión del virus vuelve a subir y la pandemia toma la dimensión de pauperidemia: el demos o pueblo empobrecido de forma genérica. Estamos ante una verdadera ‘regresión sanitaria’, porque se protege la salud de los menos pobres a costa de sacrificar la calidad de vida y la salud misma de los más pobres. La inactividad de unos pocos privilegiados genera un estado de regresión y pauperidemia social. Desgraciadamente el Estado no ha regulado esta injusta situación: la población de ingresos medios y altos que pueden estar aislados deberían pagar un impuesto especial para darle mejores condiciones a los más pobres que están en riesgo permanente y sufriendo los efectos económicos de la inactividad.

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