La Paloma y el Lobo, de Carlos Lenin

La Paloma y el Lobo, de Carlos Lenin

La Gualdra 480 / Cine

 

Paloma (Paloma Petra) y Lobo (Armando Hernández) son una pareja que se encuentra en un momento complicado dentro de su relación. Los dos viven en algún lugar de Monterrey, donde todos los días se ven obligados a lidiar con algún conflicto, ya sea en sus respectivos trabajos o con el resto de los habitantes del lugar. Ambos viven, como almas errantes, con cierta nostalgia por su pasado y por los recuerdos de su pueblo, sitio que tuvieron que abandonar debido a la violencia provocada por el crimen organizado. Una violencia que, de nuevo, poco a poco, se va asentando en sus vidas, y de la que al parecer nunca lograrán escapar.

En La Paloma y el Lobo (2019), ópera prima de Carlos Lenin, el director representa, dentro de un contexto donde imperan la violencia y la inseguridad, una historia de amor que tiene todo en su contra para mantenerse en pie, pero cuyos protagonistas realizan hasta lo imposible para hacerla florecer.

El realizador utiliza una puesta en escena que se aprecia menos convencional y mucho más contemplativa. Así, en lugar de narrar un relato como tal, la película va mostrando una serie de viñetas que se van hilvanando una con otra y que están repletas de significado.

Lenin, en colaboración con el director de fotografía Diego Tenorio, va armando dichas secuencias, en su mayoría montadas a partir de planos largos y fijos (con un ocasional dolly o paneo), y que buscan capturar la cotidianeidad de ambos personajes. Al mismo tiempo, cada una de estas postales logra representar las emociones, frustraciones y, sobre todo, los temores de Paloma y Lobo.

A primera vista, puede parecer que Lenin no sabe cómo aterrizar las ideas de su historia, pero en realidad el cineasta apuesta, de manera deliberada, por un lenguaje fílmico cuyo principal objetivo es evocar las emociones de aquellos que han sido marcados por la violencia que azota a México.

Como muchos otros, Paloma y Lobo viven en un purgatorio, más cercano al inframundo, y del que no son capaces de salir. Así, cada escena de la película se va estirando hasta el infinito, como una enorme prisión hecha a partir de cuadros dentro del cuadro.

Dicha represión, emocional y de espacios, está trazada de manera excepcional en el primer plano de la película, donde se muestra a Lobo nadar, de manera casi desesperada, dentro de una presa hasta llegar a la orilla. El plano, que dura minutos, se va haciendo cada vez más largo, y así el protagonista se vuelve apenas una ínfima parte dentro de la enormidad del cuadro en el que se encuentra. A su vez, dicha secuencia hace juego con el cierre de la cinta, a manera de espejo y al mismo tiempo señalando su narrativa circular.

En ese sentido, La Paloma y el Lobo es una película que apuesta por lo elemental. Si el agua en la que nadan Paloma y Lobo, casi a contracorriente, representa su búsqueda de redención y de una nueva vida, la violencia de su pasado se encuentra en el fuego que todo lo consume. El viaje de ambos es un acto de perseverancia y solidaridad dentro de un páramo desolado, una tierra de nadie. Un sitio donde el simple acto de amar se ha vuelto la única esperanza.

 

 

 

 

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