Babel vs. esperanto

Babel vs. esperanto
La Torre de Babel. Pieter Brueghel. Óleo sobre tabla.1563. Museo de historia del arte Kunsthistorisches, en Viena, Austria.

La Gualdra 476 / Elucubraciones

 

Hay dos fantasías simétricas que recorren la historia (y la prehistoria) de la lingüística: la primera, ya definitivamente abandonada, concierne la búsqueda de un habla original, supuestamente practicado por Adán y Eva. Cuando Cristóbal Colón se topó con los primeros indígenas, muchos creyeron que estos eran los habitantes del paraíso, pero al intérprete Luis de Torres, que el almirante genovés había tomado la precaución de llevar consigo, de nada le sirvieron sus conocimientos de hebreo, mozárabe y árabe. Lo que no le impidió “traducir” lo que oía por medio de analogías dudosas, produciendo confusiones poco menos que desopilantes (“caribe” se transformaba en caníbal, y de caníbal pasaba a la idea de can, luego explicaba doctamente que existiría una tribu de caníbales con cara de perro).

La segunda fantasía consiste en la creencia, y para algunos el anhelo, que todos los idiomas acabarán juntándose, reuniendo a la Humanidad toda, hermanada en un mismo destino. En otro orden de ideas, Noam Chomsky, el célebre lingüista norteamericano, lleva décadas buscando identificar lo que él llama la gramática universal, común a todos los idiomas. Y lleva décadas, también, dándose de bruces con una realidad plural que se niega a obedecerle. La idea de un idioma común no deja de ser loable porque, de realizarse, despejaría los escollos de la dificultad de comunicación entre los pueblos, inducida por el plurilingüismo. Del volapük al esperanto (que el poeta Michel Deguy llama maliciosamente “desesperanto”), muchos fueron los intentos de creación de lenguas artificiales que aspira(ba)n a sustituir las lenguas naturales. Ahora bien, ¿qué sucedería si alguno de estos proyectos se concretizara? ¿Qué se perdería, o más bien, qué se pierde cuando un idioma desaparece? Aquí cabe recordar que 25 lenguas mueren cada año, aproximadamente una cada 15 días.

Una idea común es que los idiomas no son sino una serie de palabras, y que cada término tiene su equivalente en cualquier habla. En verdad, cada comunidad hablante lleva en su idioma una cosmogonía propia, es decir, un modo de representarse la realidad según categorías que le son propias, y que la realidad no impone de por sí. Dicho de otro modo, nuestro pensamiento es como cautivo del idioma que lo genera, que lo estructura y lo moldea. Las categorías aristotélicas del ser, vaya casualidad, corresponden exactamente a las categorías gramaticales del idioma griego. Es probable que Aristóteles, de haber sido hispanohablante, por ejemplo, habría pensado en otro sistema de categorización, al disponer de dos verbos ad hoc: ser y estar.

Más cerca de nosotros, cronológicamente hablando, el psicoanalista francés Jacques Lacan propuso una de esas frases sibilinas que únicamente él sabía acuñar (no vamos a discutir aquí ni su pertinencia ni su sentido, la propongo a título de ejemplo): “hablar es ser hablado”. Con este uso inédito, e incluso incorrecto, de la voz pasiva, pretendía doblegar a la gramática, para lograr lo que se llama un “efecto de sentido”, algo común en poesía y, por cierto, también en filosofía. Volviendo a las hipótesis gratuitas como las que me hicieron imaginar a un Aristóteles hispánico, el lingüista francés Michel Launay observa finamente que un ciudadano del imperio romano jamás hubiera podido forjar esta idea, pues el verbo “hablar” en latín, loquor, ya es de por sí una voz pasiva. El latín no se dejaba doblegar así nomás. Aristóteles y Lacan, y todo ser pensante, son tributarios y cautivos del idioma en el que piensan.

Un libro maravilloso publicado en Francia, y cuyo tamaño es inversamente proporcional al enorme valor de su contenido,[i] traza con mucho humor las pautas gramaticales de los idiomas más improbables, los que se practican “en el culo del oso”, según la poética expresión estoniana (existen, hoy, unos 6000 idiomas, y muchos de ellos no cuentan con una descripción). En él me entero, por ejemplo, que en kalam, lengua papú de Nueva Guinea oriental, “vi un animal de este tipo” se dice Knm nb nŋnk. No tengo la menor idea por qué oscura razón, saber esto me pone a mí tan feliz. Es muy improbable que algún día este conocimiento me sirva para algo, más allá de presumir en este artículo. También me gusta saber que, en georgiano, con transcripción latina, gvprckvni significa “nos la pela” (¡hablando de frutas!).

Pero estas consideraciones fonéticas y lexicales son menos interesantes que aquellas meramente gramaticales, más reveladoras de la cosmogonía antes mencionada. En lengua tariana, practicada en la Amazonia brasilera y en Colombia, en el departamento Vaupés, se usan unos sufijos llamados evidenciales, que indican de qué manera la información transmitida fue adquirida. Si uno dice “un perro lo ha mordido”, debe indicar si fue testigo ocular del hecho, o si lo supo porque escuchó gritos y ladridos, si alguien se lo contó, si lo dedujo al ver las heridas, o si llegó a esta conclusión tras una larga reflexión. El uso inapropiado de dichos sufijos hace que lo consideren a uno mentiroso, aunque a nuestro entender (de hispanohablantes) nos parezca que dijo la verdad. Este tipo de mentiras, desconocido en otros lugares, nos sería útil en sumo grado en estos tiempos de fake news y de “hechos alternativos”.

En aymara, lengua andina hablada, entre otros lugares, en el norte de Chile, la idea de pasado se proyecta hacia adelante, incluso en los gestos, mediante la palabra nayra, que también significa “ojo”, “a la vista” o “al frente”. El término que traduce el concepto de futuro es qhipa, y quiere decir “detrás”, “a la espalda”. Es una visión del tiempo radicalmente diferente de la que conocemos, pero se justifica plenamente, dado que al pasado ya lo conocemos, lo podemos “ver”, mientras que el futuro es siempre incierto. A mí, que me cuesta tanto someterme a la tiranía de la “flecha” del tiempo, me procura cierto sosiego saber que al menos un pueblo ha logrado invertirla, más no sea conceptualmente.

El trabajo de lingüistas y gramáticos es, a veces, ingrato, siempre indispensable, y en ocasiones heroico, cuando atraviesan selvas impenetrables durante meses para compartir la existencia de pueblos remotos, y aprender y describir sus lenguas. Quiero rendir homenaje a una de ellas, Ana Fernández Garay, quien reunió a los últimos ancianos locutores del idioma tehuelche, antaño practicado en la Patagonia, y hoy ya difunto. Solamente puedo imaginar lo que sintió cuando se dio cuenta de que nunca conocería la verdadera pronunciación del tehuelche, porque los poquísimos hablantes que a duras penas aún lo podían practicar ya no tenían dientes.

*Traductor, profesor de la Universidad d’Evry-Universidad Paris-Saclay.

[i] Poésie du gérondif, J.-P. Minaudier, ed. Le Tripode (2017).

 

 

 

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