Mircea Cărtărescu. Una narrativa única

Mircea Cărtărescu. Una narrativa única

La Gualdra 472

 

Cuentan que la narrativa de Mircea Cărtărescu (Rumania, 1956) no es sencilla.

Adscrita al ciclo que va del advenimiento del socialismo, posterior a la segunda guerra mundial, y la caída del muro, generadora de una especie de capitalismo renovado, su obra es por derecho ganado durante años única.

Novelas y relatos, ahora también memorias, que si bien afirmadas en las más diversas vivencias del llamado socialismo real, específicamente el rumano, disparan sus universos a tradiciones más lejanas.

Autor prontamente de culto, inserto en el canon de la creación europea de los años más recientes.

¿Serán estos los escollos de las letras cărtăresquianas?

Circula la segunda entrega (de tres) de lo que podría denominarse la memoria viva del autor, proyecto antes publicado en su idioma bajo el título Orbitor, y que funciona como el broche de aceptación del narrador de parte del lector hispanoamericano, poco acostumbrado a las letras rumanas.

Un relato ciertamente extenso que rebasa las mil páginas y que en la novedad, parte 2, El cuerpo, rebasa las quinientas con una limpia traducción de Marian Ochoa de Eribe y limpia, se subraya, ya que se lee sin sustituciones localistas ni aclaraciones forzadas.

Pienso que quien desee adentrarse por los rumbos más imaginativos de este autor rumano podría acudir a cualquiera de sus novelas y relatos, El Levante, Nostalgia, El Ruletista, Solenoide. Mientras quien busque otro tipo de imaginarios, cualitativamente distintos, habría de hacerlo en Orbitor.

La lectura lo llevará a los aconteceres de una infancia que Cărtărescu reencuentra en el tiempo y con el dominio del ejercicio literario. Como inventando una verdad que se oculta. Siempre entre los bloques y pliegues del Bucarest “irreal, místico, incesantemente exacto”. La ciudad, el país entero, visto a la distancia como “una casa en ruinas” que desde la reelaboración literaria el memorioso se empeña en exorcizar.

“Cuando soy feliz, pienso, respiro y mi corazón late. Soy las funciones del pájaro, soy las alas desplegadas sobre el cráneo del diamante”.

De ahí a esa imagen auto proyectada en la narración, “imagen de adolescente levitando como un pez abismal en mi habitación”.

“Melancólico panorama” este de Cărtărescu en El cuerpo, que trasciende lo coyuntural y verificable, al menos desde la historia misma. No espere aquí el lector detalles del trágico final de Ceauşescu, el desmoronamiento de la dictadura, pero tampoco, “hipócrita lector”, “el desastre y la desgracia de mi cuerpo”.

Sí, en cambio, un gran número de bellas descripciones de cotidianidades y detalles al azar en la vida de un pequeño de ocho años. “El triste desorden de las seis de la mañana…”. “La huella de mis dedos en la piel aceitosa de la plastilina…”. “La carpa grande del circo Sidoli derrumbada y los periódicos (que) no daban abasto con los detalles del trágico suceso…”.

Pulsiones de infancia que se detienen a registrar (multiplicación de imágenes ad infinitum) la entre triste y tierna figura de los securistas, esos temidos policías políticos de la nomenklatura rumana, la Securitat. “Tenían miedo de sí mismos, de la farsa que tenían que fingir, tenían miedo de la muchedumbre sombría, de su soledad en medio de ella”.

O como las que desde la misma inocencia primigenia resume el hecho histórico:

“Los rumanos se liberaron de los fascistas y, a continuación, el 30 de diciembre de 1947, echaron al rey. Entonces se proclamó la República Popular de Rumanía. Al rey lo expulsaron del país los comunistas, que se habían hecho con el poder. Expulsaron también a los terratenientes y a los propietarios de las fábricas, y ahora era como la canción: «Hermanados con los campesinos, / los trabajadores cantando y bailando / celebrarán por siempre / la libertad del mundo»”.

 

Nuestro pueblo

Y abunda la narración de El cuerpo:

“Pero sin los soviéticos no habrían hecho nada, pues estos habían liberado su país. Incluso el himno nacional decía: «Hermano será siempre nuestro pueblo / del pueblo soviético libertador».

Certero y detallista al diseccionar la realidad, su más cercana realidad, Cărtărescu (considerado como el primer escritor en lengua rumana que podría obtener el Premio Nobel de Literatura) es tal vez por ello un autor no sencillo. Convincente frente al espejo, ahora que en castellano vamos accediendo al grueso Orbitor, y al que los lectores le agradecen su llamada a comprendernos mejor, todos.

“Comprender, por fin, qué te ocurre, por qué has ocurrido. Por qué eres necesariamente tal y como eres. Por qué sería imposible que no hubieras existido nunca. Al fin y al cabo, qué son todos los hechos de tu vida: las casas en las que has vivido, los rostros que has visto, los libros que has leído, las palabras que has pronunciado, los monstruosos edificios de tus sueños, los tranvías en que has viajado, las ciudades por las que has pasado, sino estrellas agrupadas por ti en las constelaciones ilusorias, tal y como las verdaderas estrellas”.

El cuerpo, quinientas páginas para leerse sin prisa, acaso durante las lentas horas del quédate en casa, luego de las cuatrocientas de El ala izquierda, en espera de las otras tantas de Aripa draptă.

 

RECUADRO

Salvación

Porque la salvación no la alcanzas tú, sino que sucede a través de ti, es el milagro del paso de un estrato del mundo al otro. Tú eres tan solo la llave de la puerta entre los mundos, pero una llave que se fundiría en la cerradura y que, con ella, generaría la puerta y el espacio mágico del otro lado.

 

Mircea Cărtărescu, El cuerpo, Traducción del rumano Marian Ochoa de Eribe, Impedimenta, España, 2021, 522 pp.

* @mauflos

 

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