La Utopía en el Hogar (51): De vacunas y otros pinchazos

La Utopía en el Hogar (51): De vacunas y otros pinchazos

Con estas primeras palabras quiero disculparme por narrar este episodio en primera persona del singular, puesto que fui protagonista de un evento que forma parte del esfuerzo que se hace para cumplir con la jornada de vacunación, en este caso a los adultos mayores, de quienes formo parte y en primera persona del plural como parte de esta sección de la población. La semana que concluyó, la veterana y añosa población de esta tierra colorada fuimos invitados a recibir la vacuna antibicho en lugares situados estratégicamente en puntos de la ciudad donde, quienes idearon esta sesuda logística pensaron que sería suficiente.

Después de más de un año de haberse declarado la pandemia y cincuenta y una semanas de confinamiento, donde usos y costumbres fueron severamente afectados en aras del desarrollo de prácticas preventivas para contrarrestar la fuerza de la plaga esta, parece más que una bendición ser invitado a recibir el primer pinchazo conteniendo la primera dosis de la vacuna. Muchos fuimos invitados por teléfono y la gran mayoría de venerable se anotaron en el programa que fue avalado por un folio. Todo muy bien. Demasiado bello, para ser verdad.

Un pequeño paréntesis para echarle una bien merecida porra al presidente de la república y a los encargados de obtener la vacuna por cumplir con la palabra empeñada, que se conseguiría la vacuna tan pronto como esta fuera producida y asignada a nuestro país, a pesar de la gran demanda internacional que existe por la misma. Buen trabajo, Presidente. A nombre propio. Quién sabe como nos estaría yendo con otro gobierno, de veras.

La jornada que tendré que narrar tiene que ver con mi experiencia en la formación y posteriormente en la larga espera por lograr el ansiado arribo a las instalaciones
de la BUAZ, Siglo XXI. Como buen fodongo, arribé al lugar a las 11:30 am aproximadamente; con buena suerte, encontré un lugar muy adecuado para estacionar mi auto cerca de la puerta de acceso, pero tuve que caminar muchos metros hacia atrás para encontrar un lugar en la cola que cada vez se hacía más larga a pesar de que había movimiento en la cabeza de la fila que iba entrando poco a poco hacia el sitio de vacunación.

La cola llegó a medir hasta casi un kilómetro, y no vaya usted a pensar en que se estaba guardando la sana distancia ni mucho menos, como que se tenía la idea de que mientras más apretujados estuviéramos, más pronto llegaríamos. Muchos de los vacunables iban acompañados por algún apoyo personal de terceros, pero la mayoría íbamos solos. Casi todos llevábamos sombreros, gorras deportivas y algunos con sombrillas. Hasta ahí, nadie gritó, ni se quejó a pesar de que no hubo personal de apoyo y orientación salvo una vuelta inexplicable de una servidora de la nación, una sola vez. Nada, todo el tramo que ocupaba la cola estaba totalmente desatendida. El cielo cruel se puso rudo y el sol a plomo fue soportado estoicamente por el desfile de mayores de sesenta años; no hubo ningún puesto de hidratación; ninguna miserable sombrita; ausencia total de una prevención médica, menos de primeros auxilios o alguien que pudiera dar asistencia de último momento a pesar de lo “vulnerable” de este sector de la población. No había baños para los de afuera.

Lo bueno, dentro de estos acontecimientos se manifestó en dos formas, principalmente, la primera, es que nadie la hizo de tos, no hubo escándalos ni motines: nos portamos bien, a pesar del desaire evidente; la segunda, es que no se dieron supiritacos, súpitos, tramafaces, teleles o desvanecimientos múltiples con que se asocia la vida de los susodichos. Se confirma que esa generación está hecha de buena madera.

Porque… Una vez llegado al umbral y traspasarlo hacia las áreas de vacunación todo fue miel sobre hojuelas. Muchísimos asistentes amables y solícitos, super educados y de trato cortés, atendieron a toda la concurrencia hasta el pinchazo final y el posterior período de observación de posibles reacciones negativas, por aquello de las dudas. Todo bien, me imaginé en Suiza, en serio. Gracias por todas las atenciones recibidas a todo el personal que se desplegó diligente y atingentemente para atender la etapa de vacunación, mis respetos.

Luego, aquí se partió una taza, y cada quién para su casa. Puede decirse que se cumplieron los objetivos planteados. Con la experiencia acumulada y la eficiencia desplegada hasta ahora, puede decirse que vamos bien, pero…

Para la próxima, quien sea que programe estos eventos debe considerar los pequeños inconvenientes que se derivan de las colas tan largas. Una de dos, o se hacen colas más cortas, o se debe contar con auxilio inmediato para los que tienen que estar en las líneas de espera. Y no lo digo por la curtida población de sesenta o más, nosotros sabemos como cuidarnos. Esperen que se presenten los más jóvenes. La civilidad va a ser puesta a prueba. Pero puede prevenirse.

Para los muchachos y muchachas de más de sesenta, habrá que tener, para la próxima, un poco de sensibilidad, sensatez y consideración de la buena. Como que a alguien se le olvidó con quién estaba tratando: la población mayor. ■

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