José Vicente Anaya: ‘un poeta luminoso en la noche del mundo’

José Vicente Anaya: ‘un poeta luminoso en la noche del mundo’
José Vicente Anaya. Foto de María Vázquez Valdez.

La Gualdra 463 / Dossier José Vicente Anaya

 

 

El 1 de agosto del aciago año 2020, la presencia física de José Vicente Anaya dejó un vacío equivalente a su sólida trayectoria durante décadas como destacado creador vinculado con causas nobles y profundas de la cultura, como escritor con una obra enorme y diversa, y con un interés igualmente múltiple por dar a conocer a autores y poéticas de numerosas épocas y lugares del planeta; pero especialmente, dejó un vacío entre quienes tuvimos la fortuna de caminar  con él por las rutas generosas y fraternas de la poesía y la palabra.

Poeta de importancia acentuada y singular en las letras mexicanas, con un gran margen de capacidad creativa y analítica, agudeza crítica y generosidad desinteresada hacia otros creadores sin importar edad, género, formación o condición social, José Vicente —ante todo— estableció lazos profundos y significativos con muchos otros escritores, especialmente poetas.

Muchas veces pensé que José Vicente Anaya era un alma muy antigua, una conciencia nada común en el mundo que le tocó vivir. Muy cercano al brillo de lo místico —desde los monjes trapenses y Thomas Merton, a quien pudo comprender a cabalidad y desde su propia práctica y búsqueda—, tanto como a la obra de mujeres como Concha Urquiza, Hildegard de Bingen, o Hadewichj de Amberes, o a la de hombres como Antonin Artaud, Allen Ginsberg o Jim Morrison. Tan cercano a la poesía y el cuento escritos en países lejanos como Japón y China, como inmerso en la obra de las y los poetas beatniks en conjunto, a quienes no solo tradujo y estudió con ahínco, sino que comprendió hasta recónditas costuras.

Un alma muy antigua que además desarrolló la cualidad de iluminar la palabra de los rarámuris, los huicholes, las poetas contemplativas, los errantes inmolados por la intensidad: así la conciencia y la profundidad de José Vicente Anaya, y su inquebrantable dedicación a la poesía y a la pasión por un camino de impulso hondo y sostenido de por vida.

Más allá de gremios y movimientos literarios, las inquietudes de José Vicente Anaya se desarrollaron genuinas, perdurables y diversas. Los profusos umbrales que su inquietud le llevó a explorar con dedicación y empeño sorprenden por su cantidad y profundidad, a la vez que dificultan toda aproximación a su obra.

Ese es uno de los principales obstáculos que encontré al escribir este texto: ¿Por qué aspecto comenzar a definir la obra de José Vicente Anaya? ¿Cómo condensar en pocas líneas la gran diversidad de su obra? ¿Cómo ordenar esa complejidad?

Otro gran obstáculo que me dificultó escribir este texto fue sin duda la renuencia a escribir acerca de una pérdida importante para mí. Han pasado poco más de tres meses, y me resulta tiempo insuficiente para escribir en pasado acerca de una persona que continúa tan presente en mi vida.

Por ambas razones —que son mucho más que obstáculos, por supuesto— creo que debo comenzar por el principio: volver a aquel atardecer de finales de 1996 en que tuve la fortuna de conocer a José Vicente, durante la planeación del primer número de la revista de poesía Alforja, que se publicó en la primavera de 1997.

Ese día comenzó, de manera inmediata, una de las amistades más largas, entrañables y significativas que he tenido en mi vida, con una conexión indeleble de cariño, respeto, fraternidad, camaradería y comprensión mutua. Un cuarto de siglo de una amistad profunda e ininterrumpida, y también el encuentro con uno de los mejores maestros que he tenido, y un sabio, honorable y solidario compañero de esfuerzos editoriales de largo, larguísimo aliento. Un gran hermano mayor.

Desde esa tarde de finales de 1996, hasta la edición del número 45 de Alforja, publicado en el verano de 2008, compartimos durante doce años innumerables reuniones con muchos poetas, escritores, artistas plásticos, al menos una vez a la semana, pero que extendíamos y multiplicábamos en interminables sesiones de trabajo editando la revista —y después varias colecciones de libros—, corrigiendo, revisando materiales, a tiempo completo.

Alforja era un cosmos deslumbrante para muchos de nosotros, una escuela viva, apasionante, y para José Vicente era también la materialización de uno de sus mayores sueños, que comenzó a gestar y a concebir décadas antes.

Desde aquel 1996 descubrí una de las grandes cualidades de José Vicente: una sensibilidad profunda, una generosidad sorprendente hacia los demás, sobre todo hacia los jóvenes —que atestigüé personalmente con una sorprendente cantidad de libros, discos y tiempo que me regaló con el transcurrir de los años—, así como una forma de ser en el mundo más allá de prejuicios de edad, género o prestigio. José Vicente tenía también la claridad de ver más allá, desmenuzar la pose, detectar la afectación, y expresarlo sin importar las consecuencias.

Con el tiempo, y con una amistad creciente y respetuosa, pero siempre honesta y directa, tuve la fortuna de conocer muchos aspectos de la vida de José Vicente: la raigambre de su recorrido. Al conocerle, en 1996, me regaló una de sus primeras creaciones, Los valles solitarios nemorosos, una edición de la UNAM, de 1976. Con ese libro comenzó mi acercamiento a una de las pasiones más perdurables de José Vicente: el orbe de los místicos.

Ese mismo año en que se publicó ese libro, también apareció una antología de los infrarrealistas, donde participaban, además de José Vicente, otros reconocidos miembros de ese movimiento, como Roberto Bolaño y Mario Santiago Papasquiaro. Esto no lo sabría hasta después, cuando poco a poco fui conociendo la historia de José Vicente, distinta y distante de la que en esos años finiseculares comenzara a circular en torno al Infrarrealismo, y que pronto se acrisolaría en la versión de Bolaño vertida en Los detectives salvajes, ligeramente matizada también en su 2666.

De esos años recuerdo también el interés de José Vicente en los místicos, San Juan de la Cruz, Fray Luis de León, Hafiz o Hildegard de Bingen, de quien me regaló una colección de discos compactos que reunían una elaboración de su obra. Aún recuerdo la potencia que produjo en mí la revelación de ese encuentro, tan perdurable y significativo como el encuentro con los beatniks que me obsequió, en 1998, con Los poetas que cayeron del cielo. La generación Beat comentada y en su propia voz, un volumen entonces recién salido del horno de Juan Pablos Editor, y el Instituto de Cultura de Baja California.

En esos años comprendí también que Híkuri es la principal obra poética de José Vicente. Comenzó a escribirla a finales de la década de 1970, y alcanzó a ser editada en 1987, con numerosas reediciones en 1988, 2004, 2005, 2010, 2014. El primer volumen de Híkuri que me regaló José Vicente —entre muchos otros— era justamente la edición de 1987, que incluye Morgue, editado años antes por primera vez, en 1975.

Ya en el primer lustro de este siglo tuve la fortuna de editar, en la colección de Alforja Ediciones, la primera versión de Peregrino, que José Vicente considerara parte de una trilogía encabezada por Híkuri y Morgue. Esa fue una oportunidad de profundizar en los tres libros, y de conocer a profundidad la obra de José Vicente desde la óptica de su edición misma.

En ese periodo otros libros surgieron en un arco de producción creativa de José Vicente, entre ellos Piratas/Poetas (y notas de navegación), en reediciones a partir de la primera edición de 1982, editada por la Universidad Autónoma del Estado de México y la Universidad Autónoma de Querétaro. Años después surgiría Astros Fugitivos, de un exiguo tiraje, editado por Piedra Cuervo en 2013.

A la par de estas ediciones y reediciones, la labor de José Vicente como editor y traductor era simultánea, e igualmente prolífica y apasionada. Generalmente trabajaba en varios proyectos a la vez, y sin descanso. Muchos de sus extensos trabajos los desarrollaba en forma manuscrita con tintas de diferente color, con las cuales rotulaba carpetas azules en algunos casos con letras muy grandes, especialmente en una época en que tuvo graves problemas oculares, que afortunadamente se solucionaron con una cirugía.

Todo esto, sin embargo, no le impidió llevar a buen término numerosos trabajos, continuar con su trabajo editorial, sobre todo en Alforja, e impartir numerosos talleres en muchas partes del país, especialmente en el norte, no solo en su tierra natal, Chihuahua, también en lugares como Zacatecas o Sinaloa, donde desarrolló una incipiente y fructífera escuela entre creadores jóvenes.

En esta entrega profunda a la palabra y a la poesía, sobresalía también un constante recordatorio de José Vicente acerca de la ausencia de crítica en la cultura actual en México. Por ello él mismo hacía una crítica constante a procedimientos de poder en medios culturales, prebendas de los gobiernos subyugando la creación, y un desenmascaramiento de ciertas mafias culturales, así como el señalamiento constante de figuras emblemáticas como Octavio Paz.

En la obra de José Vicente hay una intención explícita por ahondar en la ética, la estética y la política, así como hay un impulso por reordenar el pensamiento por medio del ensayo. Hay, también, una intención por situar al experimentalismo en una perspectiva fundamental de la creación, tanto como por iluminar vetas relacionadas con la etnopoesía, la traducción y la poesía escrita por mujeres.

En el impulso orientado a esas tres vetas, en numerosas ocasiones recibí enseñanzas de José Vicente, como cuando hicimos una larga entrevista al poeta Jerome Rothenberg, cuya obra —en gran medida centrada en la etnopoesía— José Vicente conocía a profundidad. En cuanto a la traducción y la poesía escrita por mujeres, la enseñanza fue también prolífica y perdurable, sobre todo a partir de un regalo que me hizo José Vicente al comienzo de este siglo: cerca de 8 decenas de libros de mujeres poetas de Estados Unidos, muchas de ellas beatniks.

Con esa colección selecta, que incluía en su mayoría valiosas ediciones que trajo a México en numerosos viajes que hizo a Estados Unidos, puso en mis manos la obra de numerosas poetas, así como varias antologías de poesía en inglés, de gran valor también. Este regalo me impulsó no solo a leer a estas poetas, también a traducir a varias de ellas, e incluso ir a entrevistarlas, como en el caso de Margaret Randall y Anne Waldman, y establecer con ellas lazos significativos y entrañables, por lo que José Vicente me entregó mucho más que un grandioso conjunto de libros: puso en mis manos —yo no lo sabía entonces, pero estoy segura de que él sí— una tarea de traducción, estudio e investigación, y una serie de umbrales de gran valor.

Este pequeño dossier que hoy compartimos a manera de breve homenaje, tiene como antecedente el tributo que realizamos en agosto con varios poetas y escritores, a iniciativa de Sigifredo Esquivel Marín y yo, y en el cual participaron generosamente Margaret Randall y Sergio Mondragón. Es por ello que textos de ambos poetas enriquecen enormemente este conjunto dedicado a la obra y la vida de José Vicente Anaya, pues hay un vínculo intrínseco, insoslayable entre Alforja y El Corno Emplumado —esta última revista sería inspiración e ilustre antecedente para el surgimiento de Alforja poco más de treinta años después.

Los vínculos entre Margaret Randall y Sergio Mondragón con José Vicente Anaya son significativos e importantes, y están matizados a través de sus valiosas aportaciones.

Sin duda este es un homenaje tan merecido como insuficiente —si acaso es un portal, una ventana para destejer otras oportunidades para profundizar en la obra de José Vicente—. Si acaso es un abrazo de despedida para siempre pendiente destinado a un poeta entrañable que nos deja un legado indeleble, y cuya presencia es y será inolvidable.

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_463

 

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