Una postura política (de ética personalísima) para el 2021

Una postura política (de ética personalísima) para el 2021

México, como todo el mundo, enfrentará al 2021 arrastrando al 2020 y sus consecuencias. En el mejor de los casos recordaremos al 2020 como el annus horribilis de nuestra generación; en el peor, será solo el comienzo de una época turbulenta, inestable y compleja. Es realmente muy optimista suponer que el 2021 superaremos la fatal herencia que nos dejó su antecesor. El año pinta para ser una repercusión constante y cada vez más cruenta de lo que empezó el anterior. Sin embargo, el 2020 solo provocó una implosión de problemas que ya nos aquejaban antes y que enumerar no tiene mucho sentido, pues abundan textos al respecto mucho más robustos que éste. Lo que trato de contextualizar es que los mexicanos, y en general la humanidad, tenemos serios retos para nuestro porvenir, y que de seguir en la inercia de la agenda que nos ha venido acompañando, no habrá sino de complicar nuestro estado de cosas. México, además, tiene otras tantas asignaturas que no pueden soportar más: la violencia, la más entre ellas. Pero también el de la salud, cuyo sistema no está lejos del colapso y cuya recuperación no se dará exclusivamente con la vacuna.

Por todo lo anterior y porque además de todo esto, en este 2021 México enfrentará el ya multicitado proceso electoral más grande de su historia, en un ambiente de polarización, en buena medida alimentado por las ya no benditas, sino inhabitables redes sociales; del que hacen eco, actores políticos que más que dialogar, se gritan sin escuchar a los demás, pero tampoco a sí mismos, en un ambiente de suma cero y con una sociedad que lucha por su supervivencia sin ver de su clase política el nivel de sensibilidad y mínima condescendencia. En ese contexto, de una convivencia política cuasi imposible, es que es necesario fijar postura. Con antecedentes tan poco optimistas como los que acabo de compartirle amable lector, hay una esperanza superior a toda invención política: la de la ética personal, y yo quiero compartirle la mía: En México cada vez hay más historias de tristeza: entre la violencia, que ya estaba y la pandemia, tendremos tremendas tareas de reconciliación, recuperación y resiliencia. Sin solidaridad; empatía y una fuerte ética común, no lo vamos a lograr: el 2021 debe ser una oportunidad que no debemos ni podemos desperdiciar. La política debe ser puente y no obstáculo. Este año será un año de grandes retos para la humanidad, ésa y no otra es la patria, el partido, la religión y la ideología que nos debe interesar. Más allá del lugar común, todo acto o declaración que polarice o vulnere la dignidad de las personas es contrario a esta idea. Lamentablemente en la vida pública se ve repetir lo mismo: un camino que va en contrasentido de la dignidad de las personas. Y éste no es momento de pugnas intestinas o intereses menores, sino de seriedad, responsabilidad, sensibilidad, empatía y generosidad en la vida pública y la política. Particularmente no me sumaré a ninguna trinchera que no sea la de generar ideas, propuestas, debates e incentivar la deliberación por un consenso mínimo posible que nos permita salir lo mejor posible de este contexto de crisis y emergencia. Porque sí las ideas no están encaminadas a atender la necesidad cotidiana y fundamental de las personas, no tienen sentido, ni tendrán eco en el futuro: o nos salvamos o todo lo demás, está demás. Reconozco que quizá esto me lleve a perder cierta agudeza o rudeza en mis posiciones; hace meses lo vengo haciendo deliberadamente. He decido dejar los adjetivos fáciles, los sesgos cognitivos y retarme a entender cada vez más a los que no piensan como yo, y también a los que coinciden conmigo. Creo en que la complejidad del momento nos obliga a dar y pensar más. A entender la emergencia, el sentido de urgencia, pero también a no renunciar a las ideas que nos salvarán de ésta y muchas otras: libertad, tolerancia, igualdad, democracia, respeto y rescate del medio ambiente. Pero solo si estas ideas tienen una vinculación directa y apreciable en la calidad de vida y en la dignidad de las personas, tienen sentido, si no, carecen de él y son palabras sueltas al aire, no al oído. Suena a lugar común, y a su vez a sentido común. Sí, pero es que el sentido común está ausente de la vida pública y la polarización irracional quedó en su lugar. Rescatémoslo sin caer en el simplismo. ■

@CarlosETorres_

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