La Utopía en el Hogar (38) La buena educación

La Utopía en el Hogar (38) La buena educación

Durante la semana que recién terminó se continuaron sucediendo los momentos que mueven al miedo, como el incremento cada vez más incontrolado de los casos de contagio y peor aún, de defunciones; eso ha provocado muchos dimes y diretes entre lo que se llama clase política porque a todo hay que sacarle gajo y nos ha tocado ser testigos de episodios lamentables generados y atizados por ciertos piratas de la información y sus patrocinadores ubicados en las mismitas miasmas del poder fallido de las administraciones anteriores y sus reminiscencias y que se disfrazan observa este loco carnaval donde no importa cómo, pero hay que mostrar la fortaleza y el crujido de los chicharrones.

En todos estos episodios se vuelve a insistir, qué bajos niveles de educación de todos esos que aspiran únicamente a seguir aprovechando las inercias del flujo del poder buscando el beneficio personal en lugar de una visión solidaria ante todos los que sobreviven contraviento y marea y que a fin de cuenta no son sino electores en sus primitivos sueños de sultanaje o virreinato. Es difícil rescatar a las almas sanas en este maremágnum de vanidades que apuntan a ser las estrellas del 2021. Parece que uno de los requisitos ineludibles es aparentar que a duras penas consiguieron su certificado de preparatoria sin que eso signifique que aprendieron algo bueno.

Y abajo, entre las mareas humanas que no ocultan sus rostros en el hogar donde supuestamente se debiera estar recluido, sino detrás de la máscara que ayude a proteger de los monstruos microscópicos que hoy flagelan a todo mundo.

Se vuelve a lo mismo y nadie parece tomar este clamor en serio y tomar las medidas necesarias para contrarrestar este pavoroso estado de vida resultado de la mala educación. No es de extrañarse que las soluciones geniales para la solución de los problemas colectivos, es que, simplemente, no existe la cantidad de ciudadanos necesarios con educación de calidad para solucionar los problemas que aquejan a todos. En su lugar, desde los recónditos escondrijos del imperio de la ignorancia, se observan día a día cientos de miles que no millones de personas que, desde una plataforma de ignorancia supina, ponen en tela de juicio las pocas acciones dignas que en alguna parte se llevan a cabo. La opinomanía y la infodemia, entre otras, siguen causando todo tipo de estragos en el fluir armónico de la sociedad. Y la manera de comportarse de la colectividad es muy variable y quienes más afectan son los que menos han tenido oportunidad de aprender cosas buenas, independientemente de la clase social.

En otras palabras, se ha tenido que aprender a hacer montones de cosas que hasta hace unos meses ni en cuenta. Lo bueno de todo lo aprendido es que su dominio es vital para estar mejor protegido contra el avance implacable de esta mala onda que a toda amenaza por igual. Los que se han negado sistemáticamente a entrar al aro, son los mismos que echan a perder cualquier iniciativa, lo dramático de este asunto es que esas personas no siempre actúan en forma omisa o negativa por maldad o egoísmo extremo, esto ocurre porque estas personas simplemente no saben hacer nada. En sus experiencias acumuladas jamás aprendieron a hacer algo que valiera la pena, no tuvieron acceso a disciplinas formativas extracurriculares, en sus zonas residenciales de todo tipo se perdieron muchas habilidades que tenían que ver con la disposición al aprendizaje y el uso inteligente del mismo, algo parecido a lo que se puede entender como educación.

Esta necesidad de prioridad nacional ha sido descuidada en la agenda de desarrollo prioritario, erróneamente se cree que con hacer escuelas llenándolas de alumnos, maestros y administrativos se está cumpliendo con la encomienda de hacer saber a todos los miembros de la sociedad las formas irrenunciables de actuación social que esa sociedad necesita para sobrevivir en armonía. Pero se ha descuidado esta parte de definición de un proyecto educativo, parece que nadie sabe a ciencia cierta a dónde dirigirse. El deterioro de lo educativo también alcanzó a lo que se necesita para mantenerla en constante transformación y fortalecimiento. Cual flácidas criaturas, se esconden tras las faldas de la impotencia para cumplir con al menos una pequeña parte de lo que se necesita para librarse del tapón para el desarrollo, en este caso manifestadas por la ignorancia y la chambonería, para decirlo en bonito.

Así como el coordinador nacional de acciones contra la pandemia afirmó que el mayor enemigo de los posibles contagiados era la mala práctica en casi todos los hábitos alimenticios, la producción de alimentos con medios poco recomendados por su toxicidad, la comida chatarra, las bebidas gaseosas y otras tantas causas que no viene al caso seguir abonando a la desnutrición y la obesidad de buena parte de la población. Pero todas estas prácticas se mantienen igual y muy pocos parecen dispuestos a cambiarlas.

El párrafo anterior nos indica la parte medular de esta debilidad y limitante del desarrollo. Parece ser que se ha fallado a todo mundo con esta falacia que en este momento se vende como educación. Hay muchísimos conceptos para definirla y defenderla, pero pocos argumentos concretos que permitan pensar que se está actuando en la forma correcta; más bien, cada día se fortalecen los viejos vicios y a falta de acciones concretas y trascendentes, se inventan vicios nuevos. Alguien debe tener buenas alternativas que ayuden a levantar este cadáver y ofrecer rumbos confiables al país, y al mundo. La tarea no es fácil, pero no hay vuelta atrás.

De una vez por todas hay que asegurarse una o más ideas que apunten a la formación de individuos ideales que a su vez formen parte de una sociedad y que siempre tenga claro hacia dónde conduce su futuro.
Pero antes hay que definir qué es la buena educación que nos libere de una vez por todas del actual proyecto de educación chatarra. ■

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