La precariedad en la educación

La precariedad en la educación

Desde hace un par de años, me comunico con George Abtahi mediante correos electrónicos. Un hombre inteligente y poco usual. Por muchos años, como él suele asumirse, fue periodista de ocasión y profesor de secundaria por vocación. Ha impartido varias asignaturas, desde geografía e historia estadounidense hasta inglés y literatura anglosajona. Me encanta repasar nuestras conversaciones. A pesar de que estamos a kilómetros de distancia, siento que él está frente a mí. Él con su taza de café y yo con té. Curioso.

En uno de sus correos, me relató que siempre le asignaban grupos difíciles. “Quizás el coordinador quiere hacerme una mala jugada”, me dijo, “pues muchas veces he estado en contra de sus acciones en la escuela”. Luego, me explicó que no es una persona que procure a los alumnos y al profesorado. “Todo lo hace con mala gana, incluso al saludar. Parece que sus ojos se tuercen por el esfuerzo que significa para él decir un buenos días”. Así hay personas. Espero no ser una de ellas.

Por lo regular, sus colegas le comentaban sus razones por las que no disfrutaban estar con ellos. Una decía que solían mofarse de su vestimenta. “Claro, si ella supiera qué colores combinan con el rosa sería otra cosa”, el señor Abtahi escribió, “incluso nosotros notamos que no sabe vestirse”. Otro le decía que no ponían atención a las instrucciones, tanto en clase como en los exámenes. Usual. Los alumnos se distraen con cierta facilidad y necesitan de estímulos para mantenerlos atentos. “No es que sean malos, amigo, más bien son distraídos y otros dispersos… jóvenes finalmente”.

Así terminaba ese correo.
Luego, sin prisa, le respondí. Le conté mi experiencia como docente en una universidad privada. Era la primera vez que me enfrentaba a un grupo. Antes di un par de clases, pero siempre bajo la supervisión de un tercero. Mi experiencia como profesor sin supervisión fue buena. Sin embargo, la primera sesión fue divertida. Mis alumnos no creyeron que yo era su profesor. Pensaron que era un estudiante más. Una chica, siempre olvido su nombre, me dijo sorprendida que tragaba años y otro me pedía mis secretos para mantenerme así. No tengo idea. Siempre me han pedido mi identificación oficial cada que voy a tomar una cerveza con mi hermano o mis amigos. Quizás sean mis genes o mi condición de salud. No importa, lo disfruto mucho.

Meses después, me enteré por uno de mis colegas que ese grupo era difícil. Me sorprendió el comentario. Nos divertimos bastante. En parte, mi clase permitía ciertas facilidades. Por ejemplo, leímos un capítulo de “La Ilíada” y cada uno de mis estudiantes presentó memes para contar la historia. Un ejercicio de comprensión lectora. Me sorprendieron. Bastante creativos e hilarantes. Su sentido del humor era interesante. Unos más retorcidos que otros. ¿Un grupo difícil? Lo dudo. Conmigo fueron alumnos estupendos y generosos. Nos tuvimos mucha paciencia. Era un docente novato.

El señor Abtahi me respondió pronto. Escribió una realidad. Los alumnos siempre son generosos con aquellos profesores que también lo son. Me escribió: “si ellos se encuentran cómodos y felices, su respuesta va a ser así”. Es una dinámica de dar y recibir. Bastante sencillo, en realidad. “Además, ellos son siempre generosos con los docentes novatos, pues de alguna forma se sienten identificados”. Éramos nuevos, ellos en sus estudios y yo en la docencia. Las dos caras de la misma moneda. Sin duda, esto me hizo sentir contento. Mis alumnos fueron felices, claro no todos.

Luego, él mencionó que ocurría algo curioso. “Cada fin de ciclo tengo los buzones de mi correo electrónico y de mi despacho llenos con cartas de mis alumnos solicitando que repita un ciclo más con ellos”. No pretendo juzgarle, más bien me causa mucha admiración de que un hombre como el señor Abtahi sea tan solicitado en una escuela pequeña, en donde su población no rebasa los trescientos alumnos de todos los grados escolares. Trescientos. Acá es la cantidad de cada turno, en escuelas públicas. Una vez me ofrecieron ser docente en una secundaria privada. Aún era estudiante de maestría. Sería docente de literatura y redacción en cuatro grupos. Cincuenta alumnos por grupo, sin contar que la forma de educación sería mixta: clases presenciales y virtuales. No temía estar a cargo de doscientos alumnos, con problemas distintos, unos más conscientes que otros. Unos más amables que otros. Unos más que otro. Temía que el salario no fuera suficiente para cubrir lo más básico. Acerté y, por tanto, no acepté el trabajo. Muchos alumnos y mucho trabajo para un salario tan bajo. Dos mil pesos a la quincena, menos impuestos. Cerca de tres mil quinientos pesos al mes. Ciento cincuenta dólares estadounidenses al mes. Carencias y precariedad laborales, al menos en la educación. Un tema bastante desagradable.

No quise escribirle con esta realidad de la educación en mi país. No tanto por evidenciar lo que ya sabemos, sino porque el señor Abtahi afirmaría, como siempre: “trabajan y se esfuerzan mucho, pero ganan tan poco… ¿por qué?”.
No tengo idea. Desigualdad y ¿desprecio? ■

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