‘Llegó Pancho Villa a ver qué estaba pasando… Siete estudios sobre Zacatecas, la revolución y el villismo’, de José Enciso Contreras*

‘Llegó Pancho Villa a ver qué estaba pasando…  Siete estudios sobre Zacatecas, la revolución y el villismo’, de José Enciso Contreras*
Francisco Villa en Zacatecas, en junio de 1914. Cat. 33414. Colección Archivo Casasola. Fototeca Nacional-INAH.

La Gualdra 456 / Historia / Libros

 

 

“Era el veintitrés de junio, hablo por los más presentes, fue tomado Zacatecas por las tropas de insurgentes”, así inicia el corrido popular “La Toma de Zacatecas”. “Ya tenían algunos días que se andaban agarrando, cuando llegó Pancho Villa a ver qué estaba pasando”. Parafraseando el corrido, José Enciso Contreras da título a su libro. Qué festiva y zacatecana forma de sugerir su lectura. Seguramente no en todas partes se conoce el corrido, pero de que muchos zacatecanos se lo saben, ni duda cabe.

Desde los primeros estudios de la Revolución Mexicana hasta los más actuales, por más que sean carranclanes o zapatistas, qué decir de los villistas, no faltará en su trabajo un capítulo especial para abordar el conjunto de acontecimientos previos, al momento, y posteriores a la gran batalla de Zacatecas de 1914. Es siempre un verdadero honor que de pronto te inviten a comentar un libro, más cuando se trata de contenidos que entran en la esfera de los que no te son ajenos, y que proviene de quien sabes de su estilo narrativo, apasionado, desenfadado y comprometido y que, además, sus textos van siempre acompañados de una firme convicción de aportar y difundir el conocimiento de la historia nacional y regional.

Fue en febrero de este año cuando recibí la invitación para participar con mis comentarios, y el texto todavía estaba con olor a imprenta. Nadie tenía la más mínima idea de lo que estaba a punto de ocurrir a nivel global, de lo que se convirtió en la pandemia del COVID-19. Ya saben ustedes que ciertas actividades fueron suspendidas por razones de salubridad: la administración pública, los tribunales, las instituciones de educación, la crónica del estado, la economía entera; prácticamente todos tuvimos que detener nuestras labores cotidianas para pasar a un largo confinamiento, ante las consecuencias devastadoras en pérdida de vidas y de parálisis económica que ya conocemos. Algo bueno en todo esto: el confinamiento me dio todo el tiempo del mundo para leer el libro al que ahora le hacemos los honores.

Faltaba más, faltaba menos. Se trata de un libro que se agrega a la ya extensa colección de los que lleva publicados mi compañero de licenciatura, mi maestro de doctorado, mi hermano de toda la vida, y con quien empecé a historiar desde hace ya bastante tiempo, el recurrente tema de la Revolución Mexicana de 1910.

Al comenzar la lectura medité sobre algunas preguntas que, como es normal en todo proceso investigativo, asaltan a los estudiosos en la materia: ¿acaso aún quedan cosas que descubrir sobre los acontecimientos que se presentaron en las distintas etapas de la Revolución Mexicana? ¿Vale la pena seguir reflexionando sobre aquellos hechos de cara al México actual? ¿Algún nuevo significado hace referencia a estas alturas de la vida ―intelectual o no― de los zacatecanos, a los actores de la revolución? La respuesta es un sí contundente, porque cómo pueden olvidarse las enseñanzas de tus profesores en posgrado cuando te convocaban a ver con otras miradas y perspectivas temas ancestralmente tratados: los viejos temas, precisan de nuevas miradas, decían, y siento que no hay quien se oponga a una afirmación así.

Por otra parte, es claro que José Enciso, en Llegó Pancho Villa a ver qué estaba pasandoSiete estudios sobre Zacatecas, la revolución y el villismo, refleja abundantemente con su quehacer aquello que los viejos historiadores como don Luis González recomendaban a sus alumnos al momento de emprender una investigación: criticar y confrontar las fuentes bajo el principio de que ninguna puede ostentar la verdad absoluta; es más, Enciso, en el contenido del libro hasta se da el lujo de tumbar algunos episodios convertidos en mito, sobre ciertos personajes de la revolución en Zacatecas.

No está de más, a propósito de la abundante historiografía existente, de autores nacionales y extranjeros, recordar el estado actual de los trabajos que han hecho de la Revolución Mexicana su objeto de estudio, colección a la que ahora se agrega el trabajo de Enciso. Álvaro Matute encuentra que los trabajos sobre la revolución tienen tres grandes momentos, el primer bloque está integrado los que escribieron habiendo sido testigos de los hechos, pero no presenciales pasivos, sino protagonistas más o menos decisivos en los acontecimientos; esto es, fueron testigos activos de la revolución porque les tocó muy de cerca: con Madero si son maderistas, con Zapata si son zapatistas, con Carranza si son constitucionalistas, tal como claramente sucedió con los trabajos de Roque Estrada, Luis Cabrera o Martín Luis Guzmán.

El segundo gran bloque queda integrado por las contribuciones de los años cincuenta del siglo pasado y se caracterizan por lograr construir visiones de conjunto, con toda independencia de que incluso hayan sido testigos, tales como Jorge Vera Estañol, Jesús Silva Herzog, González Ramírez, José C. Valadés, José Mancisidor y Alfonso Taracena, por ejemplo, sin importar su filiación en alguna de las facciones revolucionarias que en sus escritos puedan reflejar.

El tercer conjunto lo componen escritores que, a partir de los textos y trabajo académico en el aula ―me refiero a casos como los de Manuel Moreno Sánchez, Juan Hernández Luna y Moisés González Navarro, por ejemplo― dieron inicio a cierto tipo de revisionismo del que por cierto aún no se tiene claro si, con las recientes investigaciones, ya se ha iniciado una nueva fase en las investigaciones sobre la Revolución Mexicana. Mas lo cierto es que en este punto la literatura especializada se ha desbordado dentro y fuera de México, sin omitir agregar a todo esto, los copiosos estudios regionales que se han presentado en décadas recientes. Dentro de estos últimos, fácilmente podemos ubicar el texto que ahora nos ocupa pues, se agrega a los importantes trabajos que en los últimos años se han escrito sobre la Revolución en Zacatecas.

Por otra parte, el libro Llegó Pancho Villa a ver qué estaba pasando, ciertamente no es una novela de la revolución, porque hay que decirlo, la Revolución Mexicana dio para impulsar toda una corriente literaria; pero, el estilo narrativo de este texto que hoy comento, los acontecimientos y personajes mencionados en él, me hacen recordar a Los de abajo, de Mariano Azuela, una obra áspera y desencantada si se quiere, escrita al fragor de las batallas de la revolución, justamente un año después de la Toma de Zacatecas, cuando aún resonaban el rugir de los cañones, el estruendo de las carabinas y se percibía el olor a pólvora. Y es que, aunque el libro en comento está escrito en el presente con alusiones muy puntuales a los acontecimientos y personajes del pasado, conforme se relatan las historias de los hombres y mujeres que hicieron la revolución en Zacatecas, pareciera que estos cobran vida, trasladando al lector a los campos de batalla, a las cantinas, a los pueblos, a los bailongos, a los vagones del tren, e incluso al diálogo con los generales, los soldados, las soldaderas y los médicos de la División del Norte.

El libro, que desde el título nos anuncia siete estudios sobre Zacatecas, la Revolución y el villismo, empieza por describir el proceso de conformación y las características que fue adquiriendo la poderosa maquinaria bélica de la División del Norte, al calor de los enfrentamientos con el ejército federal. Más allá de si convencen o no las posiciones de Frank Tannenbaum como el primero de los exponentes del carácter popular, rural, agrario y espontáneo de la revolución, Alan Knight opina que con todo y los estudios del revisionismo que lo cuestionan, esa percepción no se le debe regatear al proceso armado; conforme José Enciso describe a la División del Norte, queda claro que en efecto la Revolución Mexicana fue sin discusión, un verdadero movimiento popular por su específica y humana composición.

Qué mejor forma para describir al ejército del norte que aprovechar, como lo hace el autor, el testimonio de un personaje que le acompañó y sirvió sin cortapisas cada vez que al fragor de la campaña su condición de médico de la División le obligaba a amputar una pierna, una mano, a extraer una bala, a realizar las curaciones que fueran necesarias o de plano ver morir al paciente sin poder hacer más. Papel importante en la redacción del libro juega el documento titulado “La División del Norte por un Testigo Presencial”, del Dr. Brondo Whitt, al que Enciso ya dedicó en otra oportunidad un libro en el que recupera con especial atención las peripecias del médico durante los recorridos y las grandes gestas militares de la División y su general Francisco Villa. Destaca el origen multi-regional de aquel ejército que desde su integración incluyó revolucionarios irregulares de distintas partes de Chihuahua, de Durango y la Laguna, para luego ir agregando fuerzas de regiones más distantes como la de Zacatecas, personajes algunos, a los que en 1913 Villa apenas si conocía. Fueron su habilidad y arrojo los que terminaron dándole su reconocimiento como líder del que se convirtió, ya en tiempos de la Toma de Zacatecas, en un ejército de más de cincuenta mil hombres, reconocido por eso y por su estructura militar moderna, como el ejército revolucionario más poderos en la historia de América Latina. Dice el autor de Llegó Pancho Villa… que la División del Norte era tan heterogénea en su composición que engrosaban sus filas, desde luego, el contingente más numeroso, la carne de cañón salida de las capas depauperadas de la población, así como pícaros y vividores salidos de todas partes, proletarios urbanos y rurales, choferes, músicos, mineros, trovadores, aventureros, bandidos y pequeños ganaderos, entre un larguísimo etcétera. Sin omitirse en ese sentido personajes provenientes de la clase media, como los médicos, odontólogos, abogados, enfermeros, periodistas, veterinarios, cineastas, ingenieros y hasta un clérigo destripado metido a militar; a estos había que agregar a los militares de carrera como el artillero y gran estratega, el general Felipe Ángeles.

Destacan de entre los integrantes de esta enorme maquinaria militar las “viejas”, manera en que se refiere a ellas ―comenta José Enciso― el Dr. Brondo, en absoluta consonancia con sus compañeros de armas y con el lenguaje de la época. Mujeres que, en el contexto de la alteración del orden social y de los valores tradicionales motivada por la revolución, fueron destacando en actividades y misiones hasta convertirse en bravas combatientes. Sobresalieron algunas por haber adquirido un grado militar, como fue el caso de María Quintero, con diez batallas en su haber, muy hábil en todas las destrezas exigidas por el arte de guerrear, lazaba y manejaba las armas como un hombre, iba vestida como tal, de caqui y con sombrero Stetson de ala ancha; alcanzó el grado de coronela. Siguiendo las descripciones del médico Brondo, dice el autor de este libro que, en aquel mundo de gente y trenes, el contingente de mujeres fue numeroso y que en este fueron muy destacadas las soldaderas, mujeres dedicadas a atender a su Juan; también las vivanderas, mujeres empresarias a lo pobre que se dedicaban a proveer de los alimentos indispensables a aquellos soldados que no contaban con su respectiva soldadera; las ametralladoras, mujeres que asustaban por su comportamiento atrevido, forma de vestir y manera de encajar en el al ejército, a las buenas conciencias de entonces; y, finalmente, también se encontraban las nunca bien ponderadas, dice el autor, las incomprendidas queridas. Con aquel enorme contingente femenino, no faltaron en los trayectos los amoríos, los embarazos, las trompadas y, cuando entre batalla y batalla llegaba la calma, tampoco faltó el entusiasmo para entrarle a la bailada, uno de los deportes predilectos del Centauro.

Como el libro lo permite, la lectura realmente puede hacerse de manera muy ágil. Paso a paso van apareciendo los siete estudios, cada uno de ellos, por lo que cuenta en sus primeras páginas es una verdadera invitación para leerlo. Al de la descripción de la División del Norte en comento, le siguen: el de la recreación de la imagen del general Francisco Villa, el de las mujeres de la División, el de la ciudad de Zacatecas y la Batalla, propiamente dicha; el de los cintarazos al Dr. Guillermo López de Lara y a la profesora Beatriz González Ortega, la desbandada del villismo después de 1915 y, por último, el de la cirugía y la práctica médica en el ejército de la División del Norte. En conjunto, los siete estudios contenidos en las 187 páginas que contiene el texto representan una mirada distinta de los acontecimientos, de los actores en todos los frentes, de la percepción que se tiene sobre la Revolución Mexicana y de la realidad vivida en Zacatecas durante la batalla de 1914.

Resulta muy interesante la manera en que José Enciso desmitifica un hecho que, a fuerza de la reiteración, conforme avanzaba el tiempo, la población y aún los historiadores lo manejan como verdad, es decir, se convierte en héroes de la Revolución a personajes de dudosa filiación revolucionaria. Nos referimos al episodio en el que una vez triunfantes los villistas en la Batalla de Zacatecas, el Dr. Guillermo López de Lara y la maestra Beatriz González Ortega, so pretexto de hacer como buenos cristianos obras de caridad, no dudaron en esconder y atender enfermos pertenecientes al ejército huertista, cuestión que le valió a don Guillermo, unos cintarazos de los que le tocaron a Beatricita ―como le decían―, sin ninguna consideración a su sexo, seis sablazos mandados dar por el mismísimo Centauro. Como este episodio se cuentan todas las historias que componen los siete estudios de Llegó Villa a ver qué estaba pasando, momentos todos de la historia de la Revolución Mexicana en Zacatecas contados, debidamente documentados, como lo marcan los cánones de la investigación histórica.

Eso sí, lo que para unos es un acierto, para otros no es exactamente la mejor idea, dado que conozco de sobra al autor y hemos coincidido en múltiples eventos académicos, no ha faltado el colega que, al momento de comentar un texto de José Enciso, haga alguna alusión crítica cuestionando el modo narrativo presente en esta obra. Es cuestión de estilo, dado que lo que importa es el cuidado de las fuentes y la búsqueda de la verdad tanto como sea posible en la investigación histórica. El mejor honor que le podemos hacer al libro es leerlo.

 

 

 

* Enciso Contreras, José, Llegó Pancho Villa a ver qué estaba pasando… Siete estudios sobre Zacatecas, la revolución y el villismo, Crónica del Estado de Zacatecas, Ed. Texere, Zacatecas, 2019, 187 pp. Se presenta este 20 de noviembre por Estéreo Plata y en la página de FB de La Crónica de Estado de Zacatecas, a las 8 de la noche.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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