Emilio Carrasco, transformador de consciencias

Emilio Carrasco, transformador de consciencias
Con Emilio Carrasco. Foto de Pedro López Recéndez.

La Gualdra 454 / Emilio Carrasco. In memoriam

 

 

No recuerdo mi primer encuentro con el maestro Emilio, solo recuerdo que trabajaba en el taller El Topo, del maestro Odín Barrios, cuando llegaron con unas placas para imprimir; ya había escuchado sobre él, Odín me contó que por él había tomado la vocación por las artes plásticas y decidió irse a estudiar a la Esmeralda; imprimimos esas estampas con texturas y tierras adheridas a las placas de madera y me fascinó tan loco trabajo.

Después comencé a tener un trato con él; una vez me contó que en sus años de estudiante en San Carlos había sido secretario de otro gran amigo artista -quien desafortunadamente también yace en el eterno Oriente-, el maestro Felipe Ehrenberg, en aquellas épocas de los grupos del SUMA, No Grupo, Huevo de gallina negra, El peyote y Cía., y muchos otros más; el de ellos de llamaba Proyecto Pentágono. Le hacía bullying, de cargarle maletín, y él se desquitaba regresándome la carrilla, porque así era su personalidad. En cierto encuentro de gráfica conversé con el maestro Ehrenberg, quien tenía en alta estima y consideración al maestro Emilio, y a partir de esa fecha hubo una triangulación de comunicación entre los tres chiflados; ellos me impulsaron y dieron las alas para abrir los proyectos “Rayón 5.5.4 Espacio multidisciplinario de arte contemporáneo” y el taller de gráfica “Pentágono”.

Cada plan, proyecto y trabajo estuvo siempre al pendiente de ver la forma de cómo apoyar; nunca dejó de molestarme y a mi inseparable hijo le tocaba su dosis de carrilla también. Fue su gestión la que hizo posible el catálogo “100/100 la toma de Zacatecas” así como muchos otros proyectos. Emilio era como un niño que gustaba de las travesuras, pero un genio en sus ideas y proyectos, tanto a él como a Chucho los bauticé como “Los malignos” enviados desde San Carlos a destruir a todo intento de artista que no pelara un chango a mordidas, cuya función era darles las herramientas para que pudieran aspirar a ser aprendices de artista y ya el tiempo decidiera si eran aptos o no para tal oficio.

Yo firmo como VANACK, no como Pedro, y eso también fue gracias a Emilio; estábamos trabajando una xilografía para el concurso del Quijote en Guanajuato y yo usaba una madera que se llama lupuna -muy blandita para el tallado-, Emilio me pidió una placa de ese material para hacer una talla en ella; cuando fui a la carpintería a solicitar un pedazo de esa madera me dijeron que ya no la tenían, pero sí otra, una muy bonita parecida a la caoba llamada banack… yo pensé: debe funcionar; se la entregué a Emilio para que hiciera su trabajo y desde el siguiente día comenzó a dar lata -como mosquito a las 2 de la mañana- con un “dónde esta ese pinche maestro banack y su pinche madera banack”, y muele y muele… pero ni sabíamos de qué hablaba. Ya con su trabajo terminado y sus manos llenas de ampollas -resulta que madera banack estaba durísima y él creyó que lo hice a manera de joderlo pensando que no le iba a poder dar ni un gubiazo-, aventó la placa a la mesa de entintado y me dice “A’i tá, qué pensó, que este pinche viejillo no iba a pelar”, me saqué de onda y le digo “qué trae, viejo loco”, nos reímos y me contestó: “Dele un gubiazo, a ver si es tan chingón”… la neta sí estaba cabrón sacarle rebaba a esa placa de triplay; luego le dije que no había sido en plan chingativo, sino que el de la maderería me había dicho que era como caoba y yo pensé que le podría servir… “pero para que no se olvide la anécdota desde ahora firmaré así como vanack todas mis estampas”, le dije, él no creyó que lo fuera hacer, pues decía que el ego del artista es que su firma luzca en sus piezas… esa edición y todas las que le han seguido llevan plasmada la firma VANACK.

Con Emilio Carrasco. Foto de Pedro López Recéndez.

 

De unos años a la fecha diario me mandaba mensajes desde muy temprano para molestar, pues sabía que yo no soy muy madrugador y siempre me picaba diciéndome que qué estaba haciendo, que me la pasaba rascándome ya se imaginaran qué, pero diario… cuando no lo hacía me preocupaba y el motivo era que andaba muy madreado de sus visitas al médico y se justificaba diciendo: “Hoy lo voy a dejar descansar, pero mañana prepárese porque recibirá mi mensaje”.

Emilio siempre me decía que primero ser buena persona antes que buen artista y en sus talleres de dibujo siempre recitaba el testamento de Rodin como introducción; quienes asistimos a sus talleres nos enamoramos del arte mucho más allá de lo bonito, de lo comercial.

Fue un gran maestro y ahora junto a los otros grandes que se han ido este 2020 trazarán desde el lugar donde se encuentren sus obras; las que nos dejó él servirán para recordar siempre que un día en la tierra existió el maestro Emilio Carrasco Gutiérrez, un ser humano común y corriente que pagaba la luz, el agua e iba casi a diario a Correos de México. Emilio, transformador de consciencias.

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_20gualdra_20454

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