Covid y el factor miedo

Covid y el factor miedo

Desde que el Covid tocó a Donald Trump sobran especulaciones sobre su salud: si ha usado oxígeno o no, qué tratamiento recibe, si tiene fiebre, etcétera.

También recrudecieron las críticas sobre su gestión ante la crisis sanitaria, y hasta las notas que plantean los escenarios si muriera.

Su notoriedad obliga comprensiblemente a ese efecto mediático, pero no es muy distinto de lo que con sus debidas proporciones viven los “simples mortales” que contraen la enfermedad.

Como en otros males con estigma como el sida o la diabetes, los pacientes covid lidian con frecuencia con las murmuraciones sobre “qué hicieron mal” o “en qué fueron irresponsables” para adquirir el SARS-COV2.

Además, al ser una enfermedad contagiosa, hay una obligación moral de avisar a las personas con quien se estuvo en contacto, encontrando como respuesta todo el abanico de posibilidades que permite la condición humana.

Es comprensible, enfrentamos una enfermedad que si bien objetivamente está muy lejos de ser tan terrible como muchas otras con las que ya hemos aprendido a vivir, tiene la característica de ser nueva con todo lo que ello significa, lo principal: ser testigos en tiempo real de la lenta construcción del consenso científico.

Covid es una enfermedad en la que nuestros médicos de confianza no ofrecen mucha certeza y los epidemiólogos del mundo entero se han quedado cortos cuando han querido anticipar qué esperar.

De parte de la ciencia tenemos hoy más dudas que respuestas, y sólo se atreve a sentirse dueño de “La Verdad” (con mayúsculas) aquel al que le basta la experiencia del “primo de un amigo” o lo leído por ahí en fuente inescrutable.

Ante eso cunde el miedo que también alcanza a parte del personal sanitario, que encontrados hoy en la primera línea de la emergencia, han tenido respuestas tan plurales como el resto de la gente.
Por un lado, profesionales al pie del cañón haciendo gala de su vocación; por el otro varios miles que han antepuesto su integridad personal y familiar por encima de la necesidad colectiva y el espíritu de servicio.

Todo lo nuevo, incluso lo bueno, causa miedo; incertidumbre.

Es comprensible, mucho más si se considera que si bien la humanidad ha sufrido otras pandemias, o la aparición de otras enfermedades recientes, la conectividad del momento y las propias características del SARS-COV2 hacen de ésta la más difícil de lidiar en términos colectivos.

A ello habrá que sumar que en lo mediático no se ha puesto suficiente atención en lo que es útil para la gente y ha predominado la nota política. Se habla más del número de contagios y muertos que de las medidas de prevención; de la lucha geopolítica por la vacuna que de los tratamientos eficientes.

Han quedado huecos informativos que conducen al miedo y éste no ha tenido buen cauce para transformarse en suficiente prevención.

El miedo salva vidas, es una alerta que permite ponerse a salvo en situaciones de peligro, pero también paraliza o acelera decisiones equivocadas.

¿Qué tanto miedo se sembrará cuando se equipara a la ligera que contraer la enfermedad significa morir, o estar a punto de ello? ¿Qué resultados contraproducentes se generarán cuando se estimula medidas de prevención más allá de las científicamente avaladas? ¿Cuánto de ello habrá abonado a la discriminación de personal sanitario por considerarlos focos de infección? ¿Se habrá aportado a que la gente se resista a hacerse la prueba o acudir al médico por considerar que ser positivo es casi una sentencia de muerte? ¿Qué repercusiones en la salud mental conlleva exagerar los riesgos de contagio y de agravamiento? ¿Y en la economía?

Covid obliga al reto mental (individual y colectivo) de encontrar el punto de equilibrio. Cierto es que hay negligencia, sensación de invulnerabilidad y pensamiento mágico que lleva al descuido. Contra ello hay que estar.

Pero cierto es que también hay ansiedad, paranoia, discriminación, confrontación social, y por momentos un aire de “sálvese quien pueda” en amistades, familiares, e incluso profesionales de la salud. Ese otro exceso tampoco nos mantiene a salvo. ■

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