Comentarios Libres El cólera en México

Comentarios Libres El cólera en México

Los seres humanos de todo el planeta llevan más de 5 meses luchando en contra de la pandemia covid-19 derivada del coronavirus. A lo largo de la historia en países diversos, han existido otros tipos de pandemias y epidemias. En el siglo XIX, se presentó en la Ciudad de México la epidemia del cólera. Existen testimonios que dan cuenta de cómo se vivió, y la forma en que las autoridades de aquel tiempo enfrentaron el problema. Uno de ellos es el del periodista Francisco Zarco.

Este periodista, fue una de las figuras más influyentes y connotado ideólogo del liberalismo, avanzado mexicano del siglo XIX. Sus editoriales lo convirtieron en uno de los más destacados exponentes de las ideas de la Reforma que dominaron el Congreso Constituyente de 1856-1857, y en el cual surgió como una de las figuras centrales y determinantes.

En las páginas 3 y 4 del diario El Demócrata, se publicó el 12 de junio de 1850 un artículo suyo titulado como indica esta colaboración, y refiere lo siguiente: (Por tratarse de datos históricos, me permitiré reproducirlo textualmente)

“Se nos ha informado que en días pasados a causa de que no se les pagaba a los que por su voluntad ejercían el oficio de sepultureros en el cementerio de San Dieguito, que está a cargo de la municipalidad, no había quien enterrara a los muertos que allí se llevan, y que se ha adoptado la medida de que hagan aquel servicio los que conducen a la diputación por ebrios, resultando de aquí que las zanjas que se abren tienen tan poca profundidad, que personas que lo han visto, aseguran que a veces se descubre no solo el cajón, sino la ropa de algunos cadáveres.

Si tal cosa es cierta, no sabemos cómo se puedan calificar tan punibles descuidos de parte de las autoridades; ya que hablamos de esto, permítasenos lamentar la poca previsión con que se han dictado, o la ninguna observancia que tienen todas las disposiciones relativas a la epidemia. No basta sólo dar bandos, ni crea la autoridad que su deber se limita a pensar bien o mal una disposición y hacerla publicar en seguida, sino cuidar de su cumplimiento y de que las subalternas secunden lo que se propuso poner en práctica: para eso tiene cuantas facilidades presta el empleo que sirven, a eso conduce la superioridad que tiene demarcada, y por eso se le reconoce como centro de donde deben partir todas las disposiciones que dirigidas con acierto y sostenidas con la energía de que debe revestirse, han de dar los resultados que se desean. Desgraciadamente parece que todo esto se ignora, y la apatía o la indiferencia han venido a reemplazar aquellas cualidades.

Desde mucho antes que el cólera invadiera la capital, indicamos las medidas que era del caso adoptar, y tuvimos el gusto de que todos los periódicos abundasen en las propias ideas: se nos aseguró de que ya con mucha anticipación las autoridades a quien correspondía, tenía tan adelantados sus trabajos sobre este particular, que se vería como por encanto brotar lazaretos, médicos, eclesiásticos y cuanto más se necesitase para tan apurado caso. De todo esto, solo tres cosas positivas hemos visto: algunos miles de pesos salidos de la tesorería para gastos en la epidemia, un bando de prohibiciones y otro reglamentario de ciertas medidas: el dinero suponemos que está ya empleado en su objeto, aunque no vemos los resultados: un bando se cumple por algunos, y del otro nadie ha hecho caso, consintiendo la autoridad todas las infracciones.

En los lazaretos que se nos dijo estaban listos, no se habían hecho más preparativos para recibir enfermos que designar el local; sólo el de San Cosme, gracias a que entre sus vecinos han costeado todo lo que para él se requiere, está dispuesto para servir a su objeto, y en los otros, sin el cuidado de los particulares, no se podrán ministrar socorros a los epidemiados. Los miles de frazadas, que como se decía desde mucho antes, tenía comprada la autoridad que en esto intervino, hasta ahora según sabemos, no se entregan por el contratista, quien en compensación ha recibido todo su importe. Las juntas de socorro de tal manera están, que no se sabe las que hay establecidas, en dónde, ni cómo: ellas existen formadas por la filantropía de los vecinos, pero no pueden, gracias a la autoridad regularizar sus esfuerzos.

Los médicos a quienes se ha mandado marcar sus casas, en todo piensan menos en obedecer y como otra parte están seguros de que la autoridad no tiene esa fuerza de voluntad que se requiere para hacerse respetar, muy poco les importa que el desgraciado sepa donde vive, con tal que ellos sepan en dónde pueden encontrar modo de aumentar su fortuna.

Pero lo que más resalta en este aflictivo cuadro que hoy presenta la Capital de la República, es por sin duda, el clero. Cualquiera diría que los destinados a poner en práctica las saludables lecciones evangélicas y los que espontáneamente tomaron esa carrera serían los más asiduos y…

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