La Utopía en el Hogar (20): La vivienda

La Utopía en el Hogar (20): La vivienda

El casado casa quiere, dice un dicho que acude a la memoria de muchas personas que hacen de los recuerdos y los conceptos con que la gente común guardaba sus páginas de historia y cultura para la posteridad. Cuando una pareja se acepta en matrimonio, entre tantos asuntos preventivos que condicionan la unión, destaca el del espacio donde iniciarán una nueva familia. Incluso, cuando los profesionales jóvenes renuncian a la vida en pareja y pueden mantener su independencia, buscan un lugar donde puedan continuar su vida en un ambiente de privacidad. Es uno de los derechos sociales contemplados con mayor celo en las reglamentaciones que tienen que ver con la política y la justicia social. No obstante, se cometen muchas imprudencias en la búsqueda de este beneficio.

En los ciento cuarenta días de confinamiento voluntario a los que la población ha estado expuesta, entre tantas novedades, se ha tenido que confrontar con la administración de la vivienda por parte de las familias y sus miembros, en la mayoría de los casos se ha podido solventar de una manera sana y armónica a pesar de que dados los estándares de calidad de vida, sus dimensiones no son las ideales, la mayoría de la población con los ingresos per cápita que se fueron deteriorando en los últimos treinta y seis años, las crecientes privaciones y otras calamidades, ha sido capaz de superar el hacinamiento al que está condenada, por ahora, la mayor parte de los mexicanos. Pero como todo lo que significa bienes y servicios, la distribución de la vivienda es totalmente desproporcionada e injusta.

No es la carencia de habitaciones en el país el mayor de los problemas relacionados con este asunto. Si se administrara correctamente todos los ciudadanos podrían aspirar a una mejora en cuanto a las condiciones con que sus vidas transcurren logrando que, en la justa repartición de la riqueza, se incluyera la vivienda como requisito primordial en la mejora de la calidad de vida.

El problema de la vivienda, desde otra perspectiva, consiste en una apreciación un tanto sesgada de lo que significaría la solución de este asunto. Hay muchos fenómenos que se conjugan en esta demanda, la explosión demográfica con el consiguiente crecimiento irracional de la especie, los valores derivados de la creencia de que quien más tiene más vale, el abuso tecnológico, la sobreproducción, la desertificación, la ignorancia inducida y tantas otras manifestaciones de decadencia que valdría la pena considerar.

Para comenzar, sería bueno tener en cuenta que la actual sobreoferta de vivienda se está haciendo en forma más que anárquica. Cualquiera que cuente con las influencias o los permisos de construcción necesarios con sabe qué artes, puede sin más ni más, comprar tierras de vocación agrícola, de pastoreo o como parte de los límites de los asentamientos humanos y cambian el uso de suelo, sin importar la violación de los derechos de la naturaleza y su biodiversidad. El problema no termina ahí, puesto que, al agotarse los antiguos campos de producción de alimentos, los mercaderes de la construcción voltean sus codiciosas antenas hacia terrenos que pueden desmontarse, destruyendo de paso toda forma de vida y los ecosistemas que los sustentan, iniciando así un nefasto y violento círculo vicioso cuyo fin último, si bien es cierto que se abandera con la necesidad que tiene la gente por adquirir una vivienda digna, a la larga está cobijada por la codicia y la depredación que caracterizan a quienes realizan estas ilegales e inmorales maniobras.

Hay muchas maneras de solucionar este problema que manifiesta la mayoría de la gente. Pero como en todo, hay que pensar primero en qué es importante y prioritario. No se puede seguir ignorando los daños irreversibles al ambiente y las violaciones a las leyes y la burla a las instituciones que están ahí para protegerlos. Al menos, durante el presente siglo los tratados nacionales e internacionales para la protección ambiental han sido avasallados por los intereses de unos cuantos que han mercantilizado el valor de la tierra, sin aportar nada a cambio, mucho menos un mínimo respeto para el lecho en que los ancestros pudieron desarrollarse a través de los siglos. El gobierno de México y los del resto del mundo tienen una deuda inaplazable, deben voltear sus ojos y empeñar sus acciones más inteligentes para recuperar la salud de la única vivienda que es afín a todos: la Madre Tierra. ■

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