La muerte de una camelia

La muerte de una camelia
Portada de la edición de La dama de las camelias. 1885. Autoría de Albert Lynch.

La Gualdra 440 / Literatura

 

 

¿Quién al contemplar la figura de una camelia no es seducido por su forma, gracia y, quizá, por su tenue aroma a libertad? En el siglo XIX, Francia fue seducida. La obra La dama de las camelias (Alejandro Dumas) se planta en una sociedad con añoranza de voz propia; surge en 1848, justo en el meollo de la guerra de clases sociales e ideologías políticas francesas. Su aparición en esta década no es casualidad, sino causalidad.

En el siglo XIX ocurren separaciones entre la burguesía alta y baja,[1] lo cual fragua la revolución de 1830 que derroca a Carlos X. Luis Felipe es el mesías para la clase burguesa, puesto que hace retomar su antiguo sueño: “el sueño de un rey-ciudadano, un rey burgués”.[2] Esta desigualdad entre clases sociales ya no solo excluye a los proletarios, sino a una parte de la burguesía, indica Marx: “La que dominó bajo Luis Felipe no fue la burguesía francesa, sino una fracción de ella”.[3] Los burgueses bajos no tenían cabida en esta voraz hambre de poder gestada por el pleno dominio de los burgueses altos. Dos personajes en La dama de las camelias tienen raíz en este panorama: Marguerite Gautier y Armand.

Marguerite Gautier, una joven de veinte años, proveniente de una familia proletaria. ¿Qué se suponía que debía hacer al no tener voz en aquella sociedad burguesa? Al ser bella y joven, tuvo una posibilidad, ser una entretenida (mujer que vive a expensas de sus amantes). Armand, un burgués bajo, se enamora de ella, quien en un primer encuentro lo cataloga como anticuado y aburrido, cosa que ocasiona que se alejen por tres años. Al cabo de este tiempo vuelven a encontrarse y llegan a ser amantes. Así germina la fábula trágica de este amor desinteresado, sincero e inmoral.

Armand se presenta como un revolucionario, pues se enamora de Marguerite. Esto lo condena social y emocionalmente, porque un burgués solo podía obtener favores carnales y sociales de una entretenida, mas no amarla. El amor que profesó fue correspondido, llevándolo a oídos del señor Duval, su padre.

Dumas imprime en el señor Duval la voz de autoridad de la sociedad y la esencia de lo que significa lo burgués en Francia. El choque ideológico sucede cuando conversan Armand y su padre sobre el futuro de la relación: “No puedo prometerle nada padre, […] Marguerite no es la chica que usted cree, […] su amor es capaz de desarrollar en mí los más honorables sentimientos”.[4] Esta querella no muestra solo el deseo de un burgués enamorado dispuesto a derrochar su herencia por obedecer sus sentimientos, sino esa pasión del ser humano por romper lo establecido. Allí se encuentra su peor virtud, su voluntad.

Dumas profirió un fuerte grito de autonomía redactando esta historia “digna de ser contada”, pues a pesar de “no ser apóstol del vicio, se hará eco de la desgracia donde quiera que la oiga implorar”.[5] Y así fue: narró un fallecimiento amnésico y un amor sufriente arraigado al silencio. Marguerite muere… sola y enferma, en cama, mientras espera su fatídico destino marchitándose cual camelia extraída de su hábitat, pues Gautier dejó su vida de entretenida para morir en el olvido. El amor no triunfó. ¿O sí? Esta muerte debía ser proclamada, no pudo ser sigilosa, tuvo que existir otra forma de no ser olvidada; esa forma fue Armand, el burgués que dio todo por la chica que odiaba e idolatraba.

Murió… y con ella muere también la Francia burguesa. Sin embargo, como las camelias, floreció, de allí, de la noche, de la nada, más frondosa y bella que nunca; Marguerite permanece en el recuerdo de Armand y Francia en la nueva revolución, donde surge la II República.

 

 

* Alumno de la escuela de Letras, UAZ.

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_440

 

[1] Términos acuñados por Marx en Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850 al designar a los burgueses más importantes (dueños de ferrocarriles, minas, etc.) como altos y a los demás (dueños de almacenes menores, etc.) como bajos.

[2] Escarpit, Robert, Historia de la literatura francesa, FCE, México, 1948.

[3] Ídem.

[4] Dumas, Alexandre, La dama de las camelias, Cangrejo, Bogotá, 2007.

[5] Ídem.

Related posts

Banner Home Videos 578 x 70
¡Suscríbete!
Suscríbete a nuestro Boletín Informativo para recibir las noticias más recientes de La Jornada Zacatecas en tu e-mail
TU EMAIL AQUÍ
¡Suscríbete!
Suscríbete a nuestro Boletín Informativo para recibir las noticias más recientes de La Jornada Zacatecas en tu e-mail
TU EMAIL AQUÍ