MEC: ¿refrito que perpetúa el statu quo?

MEC: ¿refrito que perpetúa el statu quo?
AMLO, Trump y Trudeau, inicio del T-MEC ■ foto: la jornada zacatecas

“Nunca segundas partes fueron buenas”, dijo Miguel de Cervantes, príncipe de los ingenios al hablar de refritos. Y mucho menos cuando las primeras del TLC, anunciando el paraíso, legitimaron, sacralizaron la antinatural desigualdad. Con el T-MEC hoy se anuncia lo mismo; se repite el falso relato ideológico que no admite alternativas. Hablemos primero de historia.

Cosas insólitas han pasado y pasan en México. La historia, la nuestra, se obstina en repetir vergüenzas. Hemos vivido y vivimos épocas en que todo se vale. Tal vez eso obedezca a la frase lapidaria de Fiódor Dostoyevski: si Dios no existe, entonces todo está permitido. Y desde hace tiempo, para muchos, Dios no existe. Claro que es oportuno decir que su existencia no depende en absoluto de nosotros, pobre mortales.

Mortales muchos que se obstinan en tropezar varias veces con la misma piedra; que creen en absurdos, en todo y nada, menos en lo esencial; que trastocan, envilecen naturaleza humana y casa común con mitos de género, lucro voraz y contaminación suicida; que consumen la vida en vanidades. Constantes cosas esas, unas de ayer, de hoy otras.

Asentado lo anterior, señalemos que hay un hecho de la historia de México, de muchos, poco conocido. Ocurrió al final de la guerra de intervención de los Estados Unidos en México, a mediados del Siglo XIX. Guerra esa injusta por la que se nos despojó de la mitad del territorio patrio. Culminó la misma con la firma del Tratado Guadalupe Hidalgo, de fecha 2 de febrero de 1848.

La nación ocupada por las tropas estadunidenses, perdida la guerra, nuestra bandera abatida y desgarrada, y la Asamblea Municipal de la Ciudad de México, en manos de liberales como Francisco Suárez Iriarte y Miguel Lerdo de Tejada, ofrece un banquete en un paraje conocido como Desierto de los Leones.

Era el final de enero de 1848. ¿A quién se ofreció tal banquete? Nada menos que al general invasor Winfield Scott y a su Estado Mayor. Es decir, a quienes nos arrebatarían, pocos días después, la mitad de nuestras tierras con la firma, bajo ocupación militar del país, del tratado que antes mencioné. Y en esa vergonzosa ocasión, los liberales puros del Ayuntamiento, brindaron por la derrota mexicana, por los ocupantes vencedores y porque se ¡anexara, de una vez, todo el territorio mexicano!

James Polk era en ese entonces el presidente del país invasor, el undécimo, ¡propietario de esclavos y fanático del expansionismo y destino manifiesto de su gobierno despojador!

Es el llamado “Brindis del Desierto”. Un brindis traicionero, repulsivo hasta la náusea, rastrero hasta la ignominia. Hoy a 172 años de ocurrido, lo recordamos con indignación, con tristeza inmensa en el contexto de lo que a continuación narro.

Pues bien, aunque usted lector inteligente no lo crea, el pasado 25 de junio de este año, de funesta memoria en todos sentidos, se dieron a conocer palabras pronunciadas por un economista neoliberal. Economista cuyo nombre quiero evitar por aquello de que se dice el pecado y no el pecador. Palabras esas reproducidas en un periódico especializado. Entre el Brindis del Desierto y dichas palabras, hay paralelismos notorios en cuanto a fondo y designio, guardadas proporciones y circunstancias.

Lo que dijo ese economista acerca del T-MEC, es una especie de brindis neoliberal por parte de un discípulo de la Sibila y de Apolo. La Sibila de Cumas era una profetisa, y Apolo, una divinidad vidente que profetizaba los acontecimientos. Se le consultaba a este último en el Oráculo de Delfos, y la Pitia traducía su respuesta en la Grecia antigua.

Aquí lo dicho por el discípulo de la Sibila en foro sobre el T-MEC, donde también participó el negociador mexicano de tal tratado: “Cuando se escriba la historia de la integración económica de América del Norte en 150 años -2170 DC- se va a identificar a los presidentes Trump y……. como padres fundadores de la integración de América del Norte”. Cuando leí la nota periodística en su encabezado, pensé que era una broma, un sarcasmo, pero no lo era. Se decía en serio. Algo insólito. Pero no tanto, pues se trata de lo dicho con el fanatismo ideológico de un neoliberal consumado. A dichas palabras se les podría llamar, el elogio, el Brindis Viral, el del Callejón sin salida.

El T-MEC es un instrumento al servicio de la plutocracia. Plutocracia que “perpetúa los poderes excesivos de los conglomerados contaminantes”. Es una herramienta ideológica y política, ese tratado, de “alto proteccionismo, sin precedentes”. No lo digo yo, lo han dicho especialistas como Chomsky, como John Saxe-Fernández en un texto reciente publicado en un periódico de circulación nacional que tituló, “Claudicaciones neoliberales”.

Saxe-Fernández cita en su artículo a la doctora Josefina Morales, del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM: “en varios trabajos -ella- advierte que el Capítulo 13 del T-MEC, sobre el gobierno y la administración pública, abre plenamente toda la actividad pública, cuyo presupuesto representa más de la quinta parte del PIB: compras gubernamentales, adquisiciones de bienes y servicios y la construcción de obra pública, en particular, los proyectos de infraestructura”. En el Capítulo 33 de dicho tratado, señala la Dra. Morales, “se pierde autonomía en materia de control de la política monetaria”. ¡Nada menos y nada más!

Para rematar, Saxe-Fernández afirma: “queda consignada la intención de transformar a México en provincia de la América del Norte (como dijo el fino personaje al mando de EU) como se puede inferir del artículo 32.10 del T-MEC”. China en la mira.

El salinismo por otro lado, debe estar de plácemes con semejante profecía, y dentro de 1000 años, es decir en el 3020, de cumplirse la misma, será recordado como el abuelo precursor del T-MEC. Hago votos porque nunca se cumpla tal vaticinio.

Desde hoy sabemos, en la honda perspectiva humana, qué es el trumpismo y qué representa. Es un enemigo jurado de los mexicanos -a quienes insulta a diario-. Es el que enjaula a niños migrantes de nuestro país y Centroamérica, el que los separa de sus madres. Mucho comercio y nula humanidad.

Trumpismo promotor del libre comercio que “culpabiliza y estigmatiza a los pobres”, levantando muros que degradan dignidades humanas de carne y hueso. Integración económica neoliberal elevada a la enésima potencia por el trumpismo. Estrategia comercial supremacista a favor de unos cuantos. Estrategia esa que hace creer que la desigualdad obedece a un determinismo cósmico y no a la antinatural injusticia del sistema como bien advierte Piketty. “No hay injusticias necesarias”, señores neoliberales de izquierda, derecha, centro, arriba, abajo.

Neoliberalismo inepto, incapaz de asimilar la catástrofe humana, en todas sus dimensiones, provocada por la pandemia. La catástrofe exigiría una revolución copernicana para ver el mundo con otros ojos, para “reescribir un relato alternativo”. Pero no, pensamiento único, legitimación de la desigualdad, dinero improductivo, consumismo cuasi religioso, lo hunden más en su naufragio civilizatorio.

¡Qué tristes historias paralelas, qué lamentables brindis y refritos! Muñoz Ledo de nuevo advirtió de los peligros de la instrumentación del T-MEC. Prácticamente nadie lo escuchó, ni morenistas que se dicen legisladores, ni la oposición partidista, timorata, ciega y con harta frecuencia, oportunista. Tropezar con la misma piedra parece ser en México una costumbre inveterada, funesta. Y tropezar no es transformar ni mucho menos, es caer en lo mismo o en lo peor.

Por ello y por lo pronto, México seguirá siendo rehén del statu quo, la mediocridad, la ideológica dependencia estructural. Ojalá que esa situación se revierta un día y se levante el vuelo. Tal anhelo es lo que Albert Camus llamó una vez, utopía humilde. Es decir, realizable con buena voluntad, conciencia clara, inteligencia, coraje, personalidad nacional y visión de largo alcance para que se “redistribuyan saberes y poderes”, en búsqueda, junto con naciones hermanas, de otros horizontes, de un nuevo paradigma civilizatorio, tras la lección de la pandemia.

Dedico este artículo a la Sibila y Apolo para que reprueben y reconvengan a su discípulo, y vaticinen para México un reencuentro con lo mejor del ser humano: su espíritu compasivo, su generosidad, su grandeza.

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