■ Alba de Papel La tristeza de junio

■ Alba de Papel La tristeza de junio

Están por transcurrir seis meses, de un año incierto para el ser humano. De un lapso de sufrimiento, donde la nada, como metáfora del vacío carcome en forma invisible la identidad resiliente de familias y pueblos completos, arrojándola a una ociosa “normalidad”, cada vez más turbia, ensombrecida por la muerte y una violencia imparable, propia de nuestra finitud y barbarie.

La nada es para siempre el detenido reloj del universo, escribió León Felipe en su poema “Calendario muerto”, en una asociación indivisible del tiempo y la muerte, frente a la pregunta crucial ¿Cuánto ha llorado el hombre?… y cuánto más deberá hacerlo, por su soberbia y su constante estupidez por atesorar aquello que no habrá de llevarse cuando muera, a sabiendas de que sólo resonará el eco de lo que fue capaz de compartir y dar a los demás, como su legado inmortal.

En este tiempo de la pandemia por el Covid-19, el péndulo de la vida para muchos, no deja de girar abruptamente, porque no hay certeza del porvenir y porque la ansiedad fustiga con crueldad al sistema familiar, a las instituciones, al mercado capitalista y al gobierno, cualquiera que sea su punto geopolítico y su bandera militante.

¿Qué quedará antes y después de esta penumbra forzada?… Posiblemente, la amenaza de una prolongación del estrés ante lo desconocido?.. O bien, golpear la sombra para despabilarnos y llenarnos de esperanza, e intentar en un día lluvioso, mirar con nuestros ojos, el arcoíris.

Junio es triste, pesaroso para contarlo y llorarlo por los afectos que ya no están, por la madre niña que murió de tristeza con sus pulmones desgarrados; por los ancianos enfermos de tedio y abandono, por las mujeres pueriles y otoñales, que caen como mustias flores, por los hombres, jóvenes y mayores que caen acribillados, en un círculo fúnebre donde se marchita la vida.

Esa pareciera ser la condición humana en la aldea global, frente a una luz decolorada que se debilita de modo constante, a causa de nuestra fragilidad e insatisfacción de lo que somos y tenemos, bajo el sino de la codicia y la ambición, en una carrera frenética de embates y siniestros.

En lo familiar y social, todos vamos perdiendo algo: trabajo, juventud, patrimonio, dinero, amor, y lo más grave, personas queridas que fueron y son parte sustantiva de quienes somos y nos dejan una herida que no sana y que a la postre, al paso del tiempo, cicatriza, pero igual, pincha como clavo en los más inusitados momentos de dolor.

En los reportes de números de contagiados y de fallecidos por la funesta crisis sanitaria, sólo encontramos cifras, unas que son impasibles y malvadas, pero que detrás de ellas, desvelan miles de historias de personas que tuvieron una vida y que de manera súbita, fue arrancada, bajo una estela de llanto, impotencia y desesperación de sus seres queridos y sus amigos.

Ciertamente morir es el antónimo de vivir, pero nadie espera que sea de golpe, por un errático contagio que por mala fortuna, simplemente llegó e invadió un cuerpo mortal para corroerlo sin piedad.

En México se espera que las cifras se incrementen; cómo no sería de esperarse, de un país que a pesar de animoso y extraordinariamente rico, es descuidado en extremo en políticas de alimentación, sanidad y salud mental?… Tenemos una nación de enfermos, de cuerpos que somatizaron el dolor, la angustia y el hambre, y se convirtieron en diabéticos e hipertensos, en alcohólicos y fumadores. Un país, donde la venta de comida chatarra, nos eleva a los primeros lugares de obesidad.

Donde el mal del Covid-19 se aprovecha de ello y contamina hasta matar las posibilidades de la vida del desdichado en cuestión. Y lo hace igual con aquellos irresponsables que lo niegan y en la lejanía de su círculo protegido, no lo creen hasta que lo viven de manera infausta, por no haberse guardado y protegido, con responsabilidad individual y colectiva.

Cuando “te toca, te toca”, dirán algunos, no obstante, junio sigue siendo un mes difícil, donde el llanto no deja de brotar. Su nostalgia, es debido quizá, a que es parte central de la andadura de este año fortuito, inesperado y contingente, a que es constitutivo aleatorio, de nuestra reverencia a la muerte, casi contracultural, por la complejidad para abordarla.

Como mexicanos podríamos aceptar que una tumba es más o menos, del tamaño de una cama, como también el poeta León Felipe lo arguyó al escribir que “una sábana es lo mismo que un lienzo que sirve para dormir, lo mismo que una mortaja”. Junio es pesaroso.

Un nuevo tiempo se vislumbra y al parecer, no estamos preparados para descifrarlo y confrontarlo: se requiere fuerza y trabajo en la fortaleza interior; disciplina y forja en el compromiso familiar y social; honestidad y valores para una vida empática y solidaria y por supuesto, leyes urgentes para un desarrollo físico y mental, más saludables.

Se necesita, por otro lado, la lista misma que podría hacer el lector de esta columna, una vez que se pronuncie a pesar de la adversidad, por el impulso vital y el gusto por la vida, de una vez por todas, consciente de su letalidad, pero reconciliado con su belleza.

Junio es un intervalo de cenizas, fulgurante de recuerdos y de posibilidades. ■

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