■ México Lindo y Podrido… y Zacatecas otro tanto La vida en los tiempos del virus de la doble corona

■ México Lindo y Podrido… y Zacatecas otro tanto La vida en los tiempos del virus de la doble corona

Quisiera – si me lo permiten – compartir fragmentos de mi vida en estos tiempos de alarma e incertidumbre que nunca habíamos vivido, no se diga nosotros sino la humanidad entera a través de los siglos de habitar este planeta que alguna vez fue de un intenso color azul.

Son los tiempos de un aislamiento forzoso que nos lleva a enfrentarnos con nosotros mismos y repensar los motivos que nos trajeron y que nos llevaron a estos momentos difíciles en donde en teoría tendríamos que entrar en un dialogo, en una dialéctica con nuestro propio ser, frente al espejo donde no podemos ser fuente de contaminación o de contagio de nuestra imagen reflejada en el mismo o de nosotros mismos. Este dialogo puede ser de enorme utilidad para entender muchas cosas y representa una acción que tendría que ser altamente recomendable ahora que tendríamos que estar prácticamente solos dentro del entorno privado en él que nos hemos refugiado, lejos de las garras – por que las tiene – de ese virus invisible que habita allá fuera y al que no queremos permitirle la entrada ni a este sacrosanto sitio – el de nuestros hogares – ni mucho menos al interior de nuestro cuerpo, instancias que intentamos permanezcan puras y no violadas o violentadas por esa nueva agresión que hace algunos meses no imaginamos que llegaría algún día a tocar a nuestras puertas.

Las rutinas propias de una persona de la tercera edad como las que un servidor realiza religiosamente todas las mañanas son seguidas por la preparación del café matutino acompañado de algunas galletas que no he podido retirar con todo y que contribuyen a mantener una figura nada deseable. Pero que se le va a hacer, con el café en la mano y sus correspondientes galletas, me siento frente a la computadora para acceder a lo que tratan de comunicar – no siempre de la mejor manera – los medios impresos tanto locales – 3 o 4 – nacionales – también 3 o 4 – y algunos internacionales como el país el periódico más importante de España.

Existen algunos editorialistas que son de lectura rutinaria y que intento leer diariamente, algunos de izquierda, pero también otros de derecha, intentando mantener un equilibrio ideológico, porque ellos, unos y los otros siguen siendo independientes en lo que escriben con todo y que los medios a los que representan hayan ido cambiando sus líneas editoriales cada vez más críticas a cualquier acción – con razón o sin ella – que realice el gobierno federal, el de la cuarta transformación.

Debo reconocer que en las dos últimas décadas sigo siendo un fiel seguidor de los medios impresos más que los electrónicos, de los que me ido alejando día a día por la imprudencia extrema de algunos comentaristas sobre todo televisivos que desde mi punto de vista, mantienen una animadversión cuasi visceral hacia el régimen, se dedican a desinformar a quien se deja – y cada día hay más personas que lo hacen – Y confieso que tal vez soy demasiado viejo para asomarme a las redes sociales, que si bien en algún tiempo fueron la esperanza para conformar un nuevo mundo de opinión sobre lo público, recientemente han sido invadidas por las mismas corrientes de desinformación que lejos de comunicar en forma veraz tienen intereses de otro tipo que manejan con toda predisposición alevosía y ventaja y que día a día dejan más que desear.

Pero no es esto lo que trato de compartir con quien lea estas líneas, sino la visión de un día de esta vida bajo la amenaza de recordamos lo vulnerables que somos, por lo que con este pensamiento en la mente decido alejarme de la computadora, de las mentiras de los medios y rompiendo los esquemas que nos han impuesto, salgo de casa con la intención de tomar algo del aire que aún es libre, gratuito y agradable, intentando cumplir las reglas de mantener mi sana distancia con los demás si es que con alguien me encuentro en el camino.

A una cuadra solamente de mi casa puedo acceder a la pista de dos kilómetros y medio del Club al que asisto diariamente desde hace ya muchas décadas, el club ha cerrado como todos saben sus puertas, pero las áreas verdes se mantienen abiertas para quien desee recorrerlas – que no son muchos – las calles que me permiten acceder a esta pista están desiertas, normalmente por la mañana van y vienen una gran cantidad de vehículos con diferentes destinos, llevar a la escuela a los niños y a los no tan niños, realizar las compras rutinarias, acceder a los sitios de trabajo etc. Pero ahora solo como excepción veo pasar algún vehículo aislado, el conductor ni saluda ni voltea la mirada, su mirada esta – no en el camino – sino en el celular con el que conversa, supongo que traerá conectado algún tipo de piloto automático, no lo sé y de eso no se tratan estas reflexiones, se aleja tal como se acercó indiferente al resto de la raza humana, yo sigo mi camino y llego a esos maravillosos jardines que rodean la pista. En las dos vueltas que doy, logro llenar mi organismo no solo de aire puro sino también de esperanza, en forma esporádica me topo con algún joven corriendo a toda velocidad o con alguien que sale a leer en su jardín sentada en posición de loto pero nada más, el corredor levanta su mano y me saluda de lejos y yo siglo caminando y con la vista del escenario lleno de árboles y jardines provoca dentro de mí una sensación de plenitud que me hace pensar que superaremos estos tiempos y los que vengan. Pongo a Chopin en mi celular y escucho sus maravillosas composiciones la mayoría de ellas al piano motivadas por los amores a los que siguió hasta tierras lejanas, debemos agradecerle a esos amores los maravillosos nocturnos, pero también tendríamos que entender que los mismos amores le alejaron de la música sinfónica dejándonos a deber muchas obras que de haber permanecido en los centros urbanos de la Europa de su tiempo habría escrito, escuchar por ejemplo su concierto para piano y orquesta nos da una pequeña gran muestra de ello.

Y los únicos ruidos que escucho durante mi caminata y con todo y los audífonos puestos son la de las aves que en esos cuasi bosques habitan, mayoritariamente palomas torcazas, algunos cuervos que en otros tiempos predominan, y claro las parvadas de esos pájaros pequeños cuyo nombre desconozco, pero que son una especia de gorrioncillos la mayoría de ellos libres de color, pero algunos con tintes rojos y amarillos que los vuelven espectaculares, algún que otro pájaro carpintero y los colibríes sobre la gran cantidad de flores dentro del camino, y claro mil y una mariposas que nos muestran que la primavera ha comenzado aunque nos hayamos olvidado de ello por las circunstancias que atravesamos.

La fauna que complementa la flora dentro de ese caminar, se ve adornada por cientos de ardillas que si mal no recuerdo no son originales de estas tierras a las que llegaron posiblemente hace dos décadas – o fueron traídas – así como mi hermano menor trajo patos y cisnes a las pequeñas lagunas vecinas de su casa, pero que fueron exterminadas por los golfistas fi fi s, que pensaban les estorbaban en su juego.

Ya hace mucho calor y regreso a casa goteando sudor por todos lados, un buen baño de agua fría y refrescante podrá terminar mi proceso de aislamiento, y después a leer toda la tarde y cuando la luz natural se haya alejado entonces bien poder ver y escuchar algún buen concierto, la vida entonces no es lo malo que sentimos que es cuando vivimos los tiempos de aislarnos y de acercarnos a nosotros mismos. ■

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