Lenguaje de obsidiana: David Shock

Lenguaje de obsidiana: David Shock

La Gualdra 423 / Libros

 

 

“Cada mañana sale el sol sin sacrificios humanos”, expresa David Shock en Lenguas de Obsidiana (primera traducción al español hecha por Pablo Jofré; Los Perros Románticos, 2019). De lenguaje universal y atrayente, la circunvalación de este poemario presenta distintos vehículos verbales para empalmar cualquier sociedad con la mexicana, y en momentos, aglomerar el viejo mundo. Sucede que nadie está libre de estas representaciones occidentales, por supuesto, también latinoamericanas, y el aparato versal de un poeta se suscribe a estas posibilidades globales y locales pero ahondando en la construcción de una identidad colectiva. David Shock aprovechas estos sincretismos del habla y bien cita al ají y al choclo chilenos, junto al mezcal prehispánico, asociado a las nuevas excavaciones en torno al lenguaje y sus imbricaciones culturales y sociales:

 

“Cajones para los muertos, si acaso. Como el hijo de Jorge: el cuerpo hinchado con la saliva del río, ojos vidriosos con mezcal”.

 

Como cajón de sastre donde la muerte y la vida caben en un mismo verso sin necesidad de sacrificios. De esta forma, Shock plantea un puente semántico que forja una tabla de contemplación entre múltiples latitudes literarias e históricas: desde la vieja Tenochtitlán y los barrios marginales del Estado de México, hasta Weslaco y El Paso, Texas, volviendo al árbol del Tule en Oaxaca y al extinto DF —CDMX—, en un ciclo de entregas de versos que van y vienen por la condición humana demostrando que: “La ciudad huele mal. Con la primavera el alcantarillado florece”.

En un sentido estricto no hay demostraciones totales, nada se puede circunscribir a una atadura conceptual y es lo importante en este poemario, la cascada de sensaciones, imágenes y hechos que muestran su posición sin edulcorantes: el poema está ahí tendido entre las playas de Acapulco y Los Ángeles junto a la arena pisada por personas que simplemente eligen ver el sol y no mojarse los pies con la sangre que llega rodando como sueños cercenados en busca de esa costa, como el Río Balsas, tan cercano a la frontera entre Michoacán y Guerrero, o el Río Bravo, en el norte de un país que duele: México

 

“Esta noche vimos a un niño luchar con una gaviota en la arena. Le afirmó las alas, extendiéndolas como un avión de juguete. Le rompió los hombros. Bendijo su comida y caminó por la playa”.

 

Este libro tiene vocación de radar. Sus cartografías interiores develan el exterior que homogeniza latitudes y longitudes volviendo todos los sitios un mismo hormiguero: “El teléfono no deja de sonar. Otros nos llaman desde cementerios lejanos y verticales”. Su composición devela la posibilidad para releer nuestro entorno como quien espulga una lengua; resignifica las interrogantes más allá de la burocracia hostil y vertical; sugiere la constante necesidad de limpiar los residuos de nuestro interior y otorga voz a los alfileres que atraviesan lenguas sumisas:

 

“Los poetas son apedreados y están solitarios o están solitarios y son apedreados y tal vez el zorzal fue alguna vez un pájaro”.

 

Este poemario posee aptitud de aeroplano. Hugo Hiriarte, Eduardo Lizalde y Francisco Hernández surgen como aftas en la lengua de fondo en algunos pasajes para ampliar la resonancia de esta pequeña biblia de héroes silvestres, a veces apedreados por su propia ansiedad. Lectores que ocupan una silla dentro del libro, o libros que toman las riendas de nuestros pájaros. David Shock, en su habilidad por habitar ciudades se pega a la vida como cemento, y desde ahí nos habita con sus reflexiones que van desde una lucha por elegir el color de un mondadientes hasta las cartas que revelan intimidad de familias reales en departamentos de interés social, extrapolando la veracidad de lo frágil hecho personas. Su apuesta por decir las distancias entre la extracción de obsidiana y su comercialización para beneficiar a un pueblo ante la explotación de los recursos a ciegas, denota que su apuesta poética retrata además de lo social, la imperiosa labor de movilizar el habla: “Mi lengua es un timón como la aleta de un pejerrey que nada”. Lenguas de Obsidiana abre sus comisuras para mostrarnos a un poeta que se despierta en la madrugada debido a los estallidos de la realidad. Como una alarma sísmica, cada poema nos prevendrá de un posible terremoto y quizá hasta del hambre, de lo contrario terminaremos devorando nuestra propia lengua.

 

 

***
Lengua de obsidiana, David Shock, Chile, Los Perros Románticos, 2019, 64 pp.

 

 

 

 

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