Instantáneas

Instantáneas

Instantáneas. La sola palabra evoca más algún termino que se relaciona con la fotografía. Con sus mecanismos y resultados. Ahí donde el tiempo no procede según las normas que conocemos. Se paraliza en un instante. Y lo hace para que observemos los detalles con detenimiento a la vez que nos castiga frente a la perpetuidad de lo que queda dentro del cuadro que decide el fotógrafo. Por eso cada uno tiene su propia e inimitable técnica, así como cada escritor tiene su propia propuesta narrativa. Se trata de originalidad. No hay mucha diferencia: uno perpetúa y somete un instante del tiempo; otro perpetúa y somete un instante de la memoria a través del tiempo. “Instantáneas” (Anagrama 2020), es el título del nuevo libro de Claudio Magris.

A mediados del siglo veinte se comenzó a relacionar lo “instantáneo” con lo que era capaz de traspasar el tiempo, no solo de paralizarlo. Podías acudir al súper y adquirir café instantáneo. Años más tarde las sopas instantáneas incluso se convirtieron en obras de arte. Lo instantáneo sacudía entonces al mundo.

El tiempo también se sacudió. Quiero decir que ya no había tiempo de nada. Todo se volvió “pronto”. Y hoy en día quizás y hasta podríamos hablar de “lecturas instantáneas”: aquellos PDF que descargas de Internet y que lees en unos cuantos minutos, cuando no segundos, mientras esperas a que salga tu vuelo en el aeropuerto o bien en la fila de las tortillas o del pan o mientras esperas a que te den tu café en una de las tantas cafeterías. Las lecturas que haces desde la pantalla de tu celular o de tu tableta, por ejemplo.

El mundo “moderno” se volvió instantáneo. Dedicarle tiempo a un libro de más de 500 páginas nos parece actualmente una eternidad; no así dedicarle más de cincuenta horas a una serie en Netflix.

Y Claudio Magris nos presenta sus propias instantáneas. Fotografías tomadas con palabras. Suena raro, pero no lo es, se los puedo asegurar, y ustedes estarán de acuerdo conmigo una vez que lean “Instantáneas”. Como si se tratase de un álbum de fotografías familiar no importa el orden por donde decidan comenzar la lectura. De cualquier manera se disfruta cada una de las instantáneas: son independientes, no guardan ninguna relación entre sí, acaso media una frontera temática o geográfica, pero esta es muy delgada, apenas perceptible.

Así que una vez que tengan “Instantáneas” en sus manos, ábranlo por donde se les venga en gana y déjense sorprender con la prosa de un autor italiano que año con año suena como candidato al Premio Nobel de Literatura.

La mayoría de las “Instantáneas” de Claudio Magris ocurren en Trieste, Italia, su ciudad natal, este es el telón de fondo donde el autor enmarca las fotografías que describe con palabras luego de montarlas en anécdotas que en ocasiones son sencillas, sin que por ello sean simples, y en otras son complejas.

Me parece pertinente señalarles algunas de dichas instantáneas, al menos aquellas que más llamaron mi atención. ‘El menú de la revolución’, por ejemplo, es una instantánea donde Magris juega con los tonos narrativos y con el lector: lo lleva de una propuesta irónica, delirante, enferma, hasta llegar a esos páramos terroríficos propios de los polos opuestos “gastronómicos” del poder, de la miseria de los que son condenados a servir y de los estómagos llenos de los que se encuentran en condiciones de mandar. Una instantánea imperdible para aquellos cuyos tufos revolucionarios aún se encuentran frescos.

Claudio Magris no sólo nos ofrece una propuesta narrativa en cada una de sus instantáneas sino que, además, al conocer el lenguaje, al saber emplearlo, recurre en varias ocasiones a imágenes que son altamente poéticas, pues el narrador italiano sabe que narrativa y poesía son capaces de encontrar un equilibrio perfecto cuando se dominan bien los dos géneros literarios y sus elementos, por ejemplo: “en una educación sentimental en la que se aprendía de una vez por todas la relación entre eros y el mar”, cuando Claudio se refiere a la playa de Barcola, en Trieste, Italia. Otro ejemplo: “uno de esos días perfectos, cuya belleza marina provoca un sentimiento de gloria, pero también una punzada dolorosa porque, como se ha dicho del amor, hace que sintamos lo que nos falta”.

Algunas de las instantáneas parten de otro punto. De alguna noticia que una buena mañana Claudio lee en el periódico y que lo lleva a una reflexión. A una crítica. Ese volverse sobre sí mismo y encontrar la luz en el pensamiento y en las ideas. En todas las instantáneas encontramos el ejercicio de la construcción de quien dialoga con su entorno inmediato, del hombre que se preocupa por la intolerancia y por los quehaceres espirituales y políticos, por la situación de los migrantes en Italia y por los límites que lleva a los prejuicios a un mundo al borde de la locura. Pero también del hombre que consigue extraer una lección de la pareja que toma café en silencio en la mesa de enfrente.

En el caso de la instantánea ‘Un nuevo escritor: el censor’, Claudio Magris le da un revés al ignominioso papel del censor contemporáneo y con buen tino crítica “la timorata estupidez” de una “etapa decisiva en la historia universal de la censura” en Dinamarca respecto a un cuento de Andersen, para inmediatamente presentarnos una incomprensible historia de censura que bien podría ser la trama principal de un cuento porque, ya se sabe, en literatura todos los vasos son comunicantes.

Hablemos un poco más de “Instantáneas”, un libro que se lee en una sentada, mientras ustedes esperan su cita en el dentista o en la clínica del IMSS, o entre semáforo en rojo y semáforo si ustedes van manejando y pierden la cabeza por el tránsito. Textos breves, pero certeros. Tal como aparecían las fotografías de las cámaras que entonces nos prometían fotografías instantáneas, ¿recuerdan?

En una de las instantáneas aparece, en una pantalla, supongo que de televisión, un “polémico y torrencial” Günter Grass tras la caída del Muro de Berlín el 3 de octubre de 1990, una vez que invitan a Claudio Magris a la fiesta de la reunificación de Alemania, y así es como describe Magris a Grass: “la boca se abre agresivamente bajo el llamativo bigote, pero no sale ningún sonido del escaparate, como en una vieja película muda”.

Hay un punto que para mí es importante señalar y que creo destaca por sobre todas las instantáneas: el humor. De hecho, en más de una instantánea encontré un tono irónico muy semejante al de nuestro querido Jorge Ibargüengoitia. Y eso, créanme, es algo muy difícil de conseguir. Ahora mismo podría señalarles a muchos escritores mexicanos, jóvenes y no tanto, que lo han intentado, que lo siguen intentando (en un afán presuntuoso de creer que lo hacen bien) y que se han quedado en payasitos de circos. Y Magris, sin embargo, lo consigue. El doble sentido sin llegar al lenguaje soez, porque no es necesario. El burlarse de la tragedia sin que parezca que lo hace. El humor en ocasiones muy voluntario y disfrazándolo a cada momento. Pero sin colocarse bajo los reflectores con nariz roja.

En otras, sin embargo, contrasta porque Magris nos habla de la crueldad y la estupidez que impera en los seres humanos: ‘El vagabundo y la modelo’ es una instantánea donde Magris desentraña las manecillas puntuales del asesinato, así se trate de un perro vagabundo, de la intolerancia que reina contra los desprotegidos, repito: así se trate de un perro, lo mismo en Italia que en México, así como de los altos honores de quienes en su sacrificio “rasguñan”, nos dice Magris, “el rostro de Dios”.

Una más antes de que les termine de contar todo el libro y los de Anagrama la agarren conmigo. La esposa y una de las hijas de Thomas Mann dudan en tocar la puerta del estudio del escritor y darle la funesta noticia del estallido de la Segunda Guerra Mundial para no interrumpirlo, escribe Magris, “en las ‘horas sagradas’ de su creación literaria”. Por favor, que alguien advierta que aquí hay un buen pretexto para un argumento cinematográfico. Lo que sigue se les queda a ustedes de tarea…

Otra: la extraordinaria instantánea de un hombre que sólo vivió 24 horas y cuya existencia, nos cuenta un siempre reflexivo Magris, es, sin embargo, más interesante por ser más secreta y desconocida, es decir, agrego yo, paradójica, y Claudio se pregunta si en esas 24 horas existió para aquel hombre el mal o la felicidad en lo que bien parecería un cuento orquestado por Jorge Luis Borges, un autor por quien Claudio señala admiración.

Suena absurdo lo que voy a decir a continuación, pero “Instantáneas” me parece uno de esos libros que te invitan a “pensar”. Hay párrafos en los que debes detenerte durante algunos segundos y trazar tu propio camino independientemente de lo que te sugiere Magris, asociar conceptos, relacionarlos con otras lecturas, con tus propias lecturas, tal vez con tus propias experiencias, un acercarse y alejarse de la instantánea con la precisión de un cirujano y luego sentirte iluminado por esa luz que dejan las lecturas sabrosonas, esas a las que puedes volver una y otra vez. Me despido con una mala noticia: el libro llega hasta mediados de marzo a librerías mexicanas, sin embargo, están a tiempo para anotarlo como imperdible en su agenda y para ir juntando; lectura recomendable, sin duda. ■

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