Miscelánea Para Pepe Enciso, que sabe enseñar la historia ¡ENSEÑAR LA HISTORIA!

Miscelánea Para Pepe Enciso, que sabe enseñar la historia ¡ENSEÑAR LA HISTORIA!

La lectura de la revista “Proceso”, número especial, segunda parte: “Guerra Civil. Remembranzas de una España Indómita” de reciente publicación, removió las “fibras de mis recuerdos” sobre la manera emotiva como se enseñaba la historia en la instrucción primaria: cargada de anécdotas, de ejemplos en alusión al amor a la patria y permeando invariablemente la ética- laica.

“La Patria es primero”, “va mi espada en prenda, voy por ella”, “si hubiera parque no estuviera Usted aquí”, hasta el niño héroe que se lanza al vacío cubierto con el manto de la bandera de México y tantos otros momentos históricos contados con las palabras que sólo el amor a la patria es capaz de reproducir.

Me impresionó la crónica sobre la muerte y sepelio de Manuel Azaña, Presidente de la República Española en el exilio y enemigo acérrimo del dictador Francisco Franco. Se narra en la revista: Manuel Azaña, perseguido él y su familia por una falange española enviada por franco, muere bajo el amparo de la embajada mexicana en Francia, cuyo embajador era Luis I.Rodríguez.

“Luego siguió el incidente con el Prefecto de Montauban, quién pedía que el entierro no se convirtiera en una manifestación republicana. El embajador mexicano le explicó que no podía evitar que acompañaran a Azaña sus compatriotas refugiados y la bandera republicana.

El prefecto amenazó incluso con disolver violentamente el cortejo si este era muy numeroso. Y sugirió que el féretro se cubriera con la bandera franquista y no con la republicana. “No lo haré nunca, ni tampoco autorizaré semejante blasfemia”, le respondió Rodríguez.

Y cubrió el féretro con la bandera mexicana y pronunció la célebre frase: “Está bien. Lo cubrirá la bandera de México; para nosotros será un privilegio, para los republicanos una esperanza, y para ustedes, una dolorosa lección”.

Una mirada retrospectiva sobre la manera de “enseñar la historia” me llevó a recordar varias anécdotas que nos contaba mi padre en torno a la mesa del comedor:

Sobre Miguel Hidalgo: previo a su fusilamiento pidió, como último deseo ¡una taza de chocolate! Que, al serle llevado se le hizo tan poco que dijo al carcelero: “No porque me vayas a matar me des menos chocolate”.

Sobre Lázaro Cárdenas del Río, a quien mi padre tuvo la oportunidad de conocer y ser médico de su cuadrilla de trabajadores en la Hacienda de Galeana, en Michoacán:

El General Cárdenas, a pesar de su gesto adusto permanente, era un hombre a quien le encantaba hacer bromas, las que gozaba hasta llegar a explotar en una sonora carcajeada. El General tenía un tío que aun siendo cura había sido pareja de varias mujeres, las que le dieron un buen número de hijos.

Cuando el General se encontraba con su tío e iba acompañado de algunas personas, le decía a uno de ellos: “pregúntale a mi tío cuántos hijos tiene”. El buen parroquiano caía en la trampa y cumplía el consejo del general: Cura, ¿cuántos hijos tiene? “Mira hijo: Hay hijos legítimos, hay hijos Naturales, hay hijos de Dios y hay hijos de su tiznada madre que se meten en lo que no les importa. ¿Tú de cuáles eres?- Soy hijo de Dios –era la inmejorable y casi obligada respuesta- Ve pues con Dios – concluía el tío-cura-. Y el general lanzaba tremenda carcajada.

Otra anécdota, también de Michoacán cita a Melchor Ocampo, autor de las Leyes de Reforma y colaborador leal e imprescindible de Benito Juárez:

Es detenido por el ejército conservador (de los conservadores de entonces, abuelos de los de ahora). Es condenado a morir fusilado en tanto los intentos de Juárez por salvarlo fueron en vano. En su celda y previos minutos antes del fusilamiento, llega un sacerdote hasta Ocampo y le ofrece realice el acto de confesión y comunión.

Ocampo seguro de sí se niega a confesarse y a recibir el sacramento, diciéndole al sacerdote: “yo estoy bien con Dios y Dios está bien conmigo”. Enseguida es sacado de la celda y se le lleva ante el pelotón de fusilamiento, donde el Jefe de grupo le ordena al condenado a posición “de rodillas” para proceder. Ocampo, sin perder la compostura responde: “Así. De pié para estar a la altura de las balas”.

La historia cuenta que, siendo muy pequeño, Ocampo fue llevado por su madre a la iglesia, donde una mujer con su hijo muerto pedía “de caridad” al sacerdote permitiera el entierro de su hijo en el “camposanto” aledaño a la iglesia. El sacerdote se negó al no tener la humilde mujer dinero para pagar el derecho de lote. La mujer preguntó al cura que haría con su bebé, a lo que este le contestó: “sálalo y cómetelo”.

Este hecho fue presenciado por el niño Ocampo, de donde surgió su rechazo a todo lo que fuera creencia religiosa.

Como sea. La historia contada con “aquellas pequeñas anécdotas” plenas de patriotismo narraban mejor la historia haciéndola inolvidable.

Esperamos que el Presidente López Obrador, ahora que rescate las fechas históricas que nos robaron los salinas, Fox y demás neoliberales, nos regrese “nuestra historia” y sus hermosos como emotivos detalles y pasajes.

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