Armando Ramírez: ¿Qué tanto es tantito?

Armando Ramírez: ¿Qué tanto es tantito?
Armando Ramírez. Ilustración de Rik Camacho.

La Gualdra 416 / Literatura

 

El camarógrafo me dio la voz de empezar a hablar,
no sé muy bien qué dije de la historia de la fábrica de textiles y de la colonia Obrera, de los trabajadores y trabajadoras textiles, de los cabarets, de la calle Bolívar, no sé por qué recordé los grandes cabarets de la colonia Obrera.

Armando Ramírez

 

 

 

Nomás pasando las doce, me aproximé a la silla donde daba “bola” Don Gumaro, porque yo sabía que ahí iba a encontrar a Armando Ramírez. El de sobra conocido por los maloras de la Colonia Tabacalera como “Chin-chin El Teporocho”, llegaba a esas horas con pasos de Don Chingón y ágilmente se trepaba al asiento de la bolería, aunque sus cacles no necesitaran brillo. Uyuyuy. Pero esto era parte de su rutina. Pasear por Reforma, pararse en la esquina de Lafragua un buen rato, leer los encabezados del Esto mientras echaba a retozar el ojo, le daba la sensación de poseer efectivamente al centro de la ciudad que tanto amó.

Armando Ramírez: escritor, novelista, periodista, cronista y promotor cultural, era un meteoro en la tertulia que se armaba después de las 5 de la tarde en la Librería Reforma ―frente a la entrada principal del periódico Excélsior, cuyos convocantes involuntarios eran el poeta andaluz Juanito Cervera y el sabio, historiador y poeta Xorge del Campo. Era un ambiente idóneo donde Armando echaba al sartén enormes chorizos de su verbo acá.

Caray, qué diversidad de rollos: él repasaba la obra de Federico Gamboa, Artemio Del Valle-Arizpe y Salvador Novo de seguidilla, sin tropezar, de un solo respiro. Su universo de narrador del barrio producía un exótico platillo salpicado con lenguaje tradicional y culto, y con ribetes de caló; de vez en vez se daba sus licencias, sobre todo cuando nos acribillaba con una lluvia de albures de gran calado, de tres bandas, nomás para agitar las exclamaciones del “respetable”.

 

Armando Ramírez. Ilustración: Rik Camacho.

 

Armando cargaba en su bolsa un montón de historias, chismes, y episodios del boxeo, la farándula y el bajo mundo. Por ello, no es nomás por decir, era considerado un personaje indispensable de la vida de una enorme ciudad que se perdía con pasos acelerados en el resumidero, acosada por los tambores guerreros del moderno urbanismo depredador. Encontrarse con él era una albricia a todo dar para la gente absorta, depresiva y triste, que luego no encontraba con qué responder a una realidad inclemente. Sabía decirle con paciencia: “Usté nomás pique, lique y califique”.

Armando era un cronista simpático, un hermano de confianza al que se podía recurrir para obtener una respuesta rápida de un tema menudo; era un costal de mañas histriónicas, de chistes buenos diseñados en un tris, un alquimista del albur y un poseedor de chorros de sencillez y humanidad. Uyuyuy.

Como narrador tenía mucho orgullo y no se iba por las ramas: “No me interesa tener el respeto de la clase media, de la universidad o las sociedades culturales, nunca tuve una beca ni me he acercado a los grandes gurús para que me palmeen la espalda”. Sopas.

 

*

Ese día, en la bolería de Don Guma, se cumplían cuatro del terremoto destructivo del 19 de septiembre de 1985. La gente aún transitaba por las banquetas con miedo a las réplicas y con frecuencia volteaba hacia arriba. Yo tenía el compromiso de recoger a Armando para irnos al último cuadrante del barrio de Tepito, allá por Carranza, Tenochtitlan y Aztecas, donde pasó casi toda su vida, y entregar los trebejos que habíamos reunido en la tertulia para repartirlos entre la gente que se quedó sin nada. Después, habría que ir al barrio de San Camilito, atrás del Mercado de Garibaldi, para ver qué había pasado con nuestro ídolo Don Luis Villanueva, alias “Kid Azteca”.

Partimos en su viejo vochito naranja modelo Malena, repleto de bártulos de cocina, entre las calles polvosas de una ciudad que aún vivía confundida en el desastre. Armando había participado en el movimiento del 68, fue aguerrido activista y agitador de la Voca 7, situada en Tlatelolco, y sabía mucho de los movimientos y demandas populares. Un día me dijo: “Soy hijo de la educación pública, aprendí a leer en los Libros de Texto Gratuitos y me alimentaron los desayunos escolares”.

A pesar de ser nativo de Tepito no era bueno para el “trompo”, pero no le sacaba al encontronazo. “Nací donde está la Plaza de Fray Bartolomé de las Casas, en el 11, ahí no hay para donde hacerse”. Me sentí seguro con él a la hora de entrar en los pasillos laberínticos de tres vecindades. Ahí habló con soltura y energía a los vecinos y los instruyó acerca del reparto de las cosas, preguntó por las familias y sus hijos, y les recomendó que no cayeran en el agandalle ni en la rapiña. Era un auténtico líder. Uyuyuy.

 

Armando Ramírez, verbo acá.

1972.

 

Después, de una puerta estrecha, en una vecindad que milagrosamente no perdió la compostura, me refiero a San Camilito, salió a recibirnos el “Kid”, ¡Don Luisito!, con su camisa perfectamente planchada y tirantes. Siempre pulcro y muy dandi, de chanclitas de charol y pantalón negro con una tirilla de seda en los costados. Si usted lo hubiera visto: “Kid Azteca” no era exactamente un galán, pero sí un caballero senil que inclinaba gentilmente la cabeza ante el paso y la fragancia exuberante de una joven beldad. Y nos dijo con una voz casi gangosa, de ultratumba, procedente de su nariz rota y desfigurada, consumida por millares de golpes: “Por mí no se preocupen, chamacos. Estoy muy bien. Gracias por las cosas, pero las regalaré más adelante a la gente que las necesite”.

*

¿Por qué escribo esto? Porque mi carnal Armando Ramírez ―valedor, barrio, banda― se nos adelantó en julio del 2019 y yo no había escrito algo acerca de él. Pero en estas cosas no hay plazos fatales.

Tengo que comentar lo mucho que él me alimentó cultural y espiritualmente, con las novelas de librerías de viejo que me invitó a leer (rescato la lista: Moravia, Lovecraft, Marechal, Musil, Istrati, Arlt, Koestler). Lo recuerdo por sus reclamos airados en contra de los grupos de millenials que hablan de la ciudad sin conocerla “y nomás vienen al centro a ponerse hasta atrás y vomitarlo”, y por sus sabrosas charlas pletóricas de personajes bizarros. Pero sobre todo, por sus imágenes del 68, cuando corría apenas un pelito adelante del macanazo traidor. Él lo decía muy bien: “Un buen tepiteño sabe vivir del verbo”.

Armando, orgullo del barrio, murió muy pobre. No tuvo dinero para una operación delicada. Falleció ante la presencia de sus hijos que lo amaban y admiraban. Se nos fue sin un diez en el bolsillo, pero nos dejó sus novelas y sus reportajes, testimonios de su divertida estancia en esta canica. Uyuyuy.

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_416

 

 

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