Tenemos que hablar (también) de esto en 2020 (última parte)

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En el diario español El País, Joaquín Estefanía inicia su artículo “Cuando enferman las democracias”, con el siguiente análisis: “Las democracias se han estremecido este año atrapadas en una pinza entre la “rebelión de las élites”, que ignoran el bien común, y la sublevación del “precariado”, víctima de un malestar difuso y harto de que le tomen el pelo. Como resultado, el contrato social ha saltado por los aires. Una polarización cada vez más extrema donde el mensaje es agresivo y va a las vísceras.”

Pocos párrafos describen de forma tan precisa por el momento que atraviesa la democracia en nuestros tiempos. Síntomas que si bien no son nuevos, han explotado y dinamitado los puentes, generando el ya conocido fenómeno del populismo, en el que agentes sin ideología, pero legitimados en las emociones pro-igualitarias y conservadoras de nuestras sociedades, se lanzan a encabezar regímenes que solo terminan ensanchando más las diferencias, tanto económicas como culturales y sociales entre los distintos estratos de la sociedad. No son un remedio, sino por el contrario, un agravamiento de la enfermedad descrita.

Lo cierto además es que no son las sociedades ni los ciudadanos comunes los culpables de esta situación. Fundamentalmente lo son la clase política y las élites que rondan a su alrededor, enclaustradas en una realidad que solo a ellos aplica y en un código moral que a cualquier otro indigna y ofende. La corrupción, como un elemento que permite al sistema funcionar, a favor de los que más tienen (sea poder o dinero), cada día más evidente en todos los sistemas políticos del mundo, ha venido a dinamitar las esperanzas en los actores políticos tradicionales, pero también en los reformistas de buena fe, que no coinciden en la lógica de una refundación extrema y radical, que desoiga las conquistas del pasado y obvie las lecciones que la historia nos ha dado a lo largo de siglos.

Por eso, como consecuencia de las crisis de derechos humanos, desigualdad y luego la propia corrupción, la crisis misma del modelo democrático nos ha alcanzado. Es de suma importancia que no caigamos en la trampa de suponernos superiores a la sabiduría de siglos, que además, con todo y sus evidentes fallas, nos ha traído hasta aquí: a un estado de cosas que no se pudo imaginar décadas atrás, en cuanto a bienestar general y reconocimiento de derechos. Insisto: no hay que ser triunfalistas, pues queda mucho por mejorar, pero tampoco tenemos porque aceptar el discurso maniqueo del que surge la postura de que todo lo está mal y solo empeora. La democracia ha traído resultados positivos y solo sus vicios son los que han permitido sus peores caras. A ellos debemos enfocarnos con un sentido de responsabilidad y seriedad que no nos lleve a extraviar el camino del progreso por el de un retroceso melancólico y enfermizo de lo que, por las mismas condiciones complejas del mundo en el que vivimos, no podría ser de otra manera.

@CarlosETorres_

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